
Uno de los pocos tomos de los diarios que
aún me faltaban. Quedé con Alfonso Meléndez, el tipógrafo que maqueta casi
todos los libros de Trapiello, el pasado 21 de noviembre. Puerta del Corte
Inglés de Princesa. Se retrasó bastante porque hacía gestiones tipográficas por
Madrid. Al final quedamos en encontrarnos bajando Princesa yo, y él subiendo.
Él me dijo que llevaba un chambergo verde. Yo una gorra negra. Él me abordó
porque yo esperaba ver un señor con sombrero de ala ancha y no un chaquetón,
que es a lo que él se refería. Ambos teníamos razón. Al enterarse que me
faltaban algunos títulos de sus diarios, en el Facebook, me ofreció uno que le
sobraba: Las inclemencias del Tiempo, correspondiente al año de edición 2001, y
al 1996, el año narrado. No me quiso cobrar nada. Encima ha sacado La Fuente
del Encanto, el libro de poesía y prosa que editó el año pasado también de
autoría trapiellana y me lo ha regalado también. No sabía cómo darle las
gracias. Decir que si se encuentra de segunda mano cuesta un pastizal. Le invité
a comer porque nos habían dado las dos de la tarde pero tenía prisa. Me contó
que acababa de estar con él, con el autor, y que a final de año o principios
del que viene saldría su nuevo libro del Salón de los Pasos Perdidos.
Antes había estado en la Librería Solidaria
de Argüelles y me llevé por cinco euros La vida de los doce césares, de
Seutonio y una biografía de Spinoza, el filósofo que tanto le gusta a Savater.
Qué contento llegué a casa!! Me despedí de Alfonso Melendez diciéndole que
existen los cuentos noveleros de final feliz.
Leer estos diarios de forma tan caótica le da
un aire de película moderna, con saltos en el tiempo adelante y atrás. En este
volumen sus hijos son niños y ellos jóvenes de cuarenta y pocos años. Por lo
demás los mismos temas, siempre tan eternos, la vida de ellos, la nuestra.
Como sé que estos libros estarán conmigo
hasta mi muerte o por causa de alguna catástrofe, me permito de hacer
subrayados e incluso alguna anotación respetuosa o admirativa. Este párrafo no
he podido dejar de plasmarlo aquí tan acertada es su imagen. Podríamos decir
que la esencia de sus libros y de la literatura en general:
“A uno le gusta que le cuenten historias. No
tiene necesariamente que ser exactas. ¿Dónde está la exactitud en los
recuerdos? La única exactitud de un recuerdo está en sí mismo y la única verdad
es que esté bien contada. Una verdad mal contada es media mentira. Y al revés,
media mentira bien contada no es una verdad, pero ha dejado de ser una mentira.
Esto, desde un punto de vista jurídico, sería un atropello. En literatura es la
misma ley de la gravedad, y sin ella no se puede dar un paso”.
No debe ser fácil tratar temas profesionales
con Trapiello. ÉL mismo lo reconoce y algún apunte me soltó su tipógrafo. De
estas tensiones salen casi siempre los mejores trabajos, las mejores obras de
arte.
“Cada tarde estoy yendo a la oficina de la
Gran Vía a trabajar con A. Gran tipo este A. Parecemos los dos, durante horas,
un par de zapateros remendones, metódicos, escrupulosos, pacientes”. “A uno le
gusta del oficio del tipógrafo todo”.
Con estos diarios me ha pasado lo que con
ningún otro libro: la risa y las lágrimas. Sí, a veces he carcajeado con uno.
He llorado con otros. Pero el revuelco emocional al que me transporta él no lo
he encontrado en ningún otro autor. En este caso en concreto la escena de la
desaparición de la portera de su casa de Conde de Xiquena ha sido todo un
ejercicio de abdominales: ¡qué dolor! ‘qué risa! ¡qué milagro esa potencia
expresiva!
Tiene una visita de sus padres. Aún están
vivos. Y me ha tocado la fibra porque he tenido recientemente un episodio
triste con el mío. “Le intrigaban a uno él y ella, padre y madre, y sin que se
dieran cuenta se les quedaba mirando a hurtadillas, como sui les espiase, en el
fondo como a seres extraños en los que nos reconocemos de una forma oscura e
inevitable”.
Y qué decir de la publicación de la carta de
un lector y admirador suyo, cosa que casi nunca ha hecho. Especialmente este
párrafo: “Supongo que soy un hombre mediocre y a veces pienso que el ser un
lector empecinado puede que me redima en parte de dicha mediocridad”. Cómo me
identifico con él y cuántas veces he sentido en acercarme a esta frase. Luego
sigue divagando sobre la frase de Borges: “que otros se jacten de los libros
que han escrito”, etc. Él dice que habría empleado mejor la palabra
enorgullecer.
Alfonso Meléndez me prometió que avisaría
cuando encontrara el Do fuir que me falta para tener todos los Pre-textos de
Trapiello. Ojalá no sea larga la espera. De momento, enseguida, el nuevo Salón
de los Pasos Perdidos.
Una cosa que no he leído nunca en estos
diarios es la narración de alguna elaboración culinaria. A Andrés nunca le he
visto cocinar. Sí comer, reuniones con amigos y en verbenas varias, pero
cocinar nunca. Nadie es perfecto.
Este poema me ha salido de lo más dentro del
corazón.
Una verdad: Si
quien sabe de Cervantes es cervantista
para mí, quien sabe de Trapiello es un trapiecista.
Él dirá que no.
Leo otro de sus diarios, como un niño en el circo
que ríe y llora con sus trucos de magia,
con los trapecistas, el mono y el payaso triste.
Las inclemencias del tiempo.
Ser algo más feliz con su lectura:
las librerías de viejo, Las Viñas, los viajes, las
ratas, la familia,
los libros, el Rastro, el piso de Xiquena, los premios
literarios,
las anónimas personas, los amigos y enemigos,
las mujeres bellísimas, los libros, la enfermedad,
el tiempo y la muerte, los libros, la vida.
El milagro de la emoción concentrada, elevada,
agradecida,
que cierra su libro ya, al fin, con los ojos rendidos.
Los libros.
Él dirá que no.