sábado, 22 de febrero de 2014

14 de febrero de 2014. Fin de semana en Bilbao.





  Hace veinte años hubo una campaña de publicidad para promover el turismo en Euskadi. Era por entonces consejera de turismo Rosa Díaz. El lema era “Ven y Cuéntalo”. Hasta hace poco había terrorismo. Hace veinte años había terrorismo y, claro, había muertos inocentes que algunos se empeñaban en poner encima de la mesa mientras que otros habían de enterrarlos casi a escondidas para no molestar. Mingote, en una de sus viñetas más controvertidas venía a repetir el mismo titular: “Ven y Cuéntalo”, solo que sumaba a los turistas observadores, dibujados con apenas un trazo,  la fotografía real de una mujer mutilada por una bomba.  Bien: por fortuna, las cosas, como decía la canción de Dylan, están cambiando.
  El viernes nos fuimos de excursión a conocer Bilbao. Uno cuando lo fue comentando por ahí en los días previos, no dejó de escuchar alguna vez eso de “yo por allí no voy ni loco”.  Y debo decir de antemano que ha sido una de las experiencias más bonitas que he tenido al conocer una ciudad. Me ha gustado la limpieza exquisita de sus calles. Las soluciones urbanísticas de la zona de la ría; por supuesto el museo Guggenheim que parece haberse creado para estar justo en ese sitio. Las gentes, llenando las calles peatonales tomando cervezas, chiquitos, chacolís, aguas de Bilbao…, copas, qué se yo. La arquitectura, las muchas librerías que vi en unas pocas calles, los pintxos, tan agradables de ver como de comer. El clima: apenas cayeron unas pocas gotas y por la noche, al contrario que el frío seco de Madrid, la temperatura era de unos diez o doce agradables grados.
  Y la normalización, al menos aparente. Bajando por una calle de Portugalete, en la fachada del Ayuntamiento, nos agradó mucho ver lo siguiente: la bandera de la Unión europea, la de Euskadi, la de la población y en el mástil central, la de España. Y al lado de todas ellas un cartel: ETA no. ETA ez.

  Llegamos a las diez y media de la noche al hotel Escortel Coliseo, frente al teatro Campos Eliseos, con su preciosa y merengosa fachada modernista. El hambre aprieta, el viaje ha sido incómodo por la lluvia. En cuanto chequeamos vamos a buscar algún sitio cercano para picar algo. Vemos que detrás del hotel hay una calle peatonal. Nos decidimos por La Taberna de los mundos. Está abarrotado de gente comiendo raciones y bocadillos. Tienen un sistema que no había visto nunca. A cada grupo se le da un aparato electrónico que sirve para avisar de que su pedido está listo. Esto hace que no se vocee como en muchos bares españoles. Todo está muy animado. Luego vamos a dar un pequeño paseo y nos tomamos un gin tonic en un sitio moderno pero con una música mala y lo que es peor, constante.
  La habitación del hotel es una chulada. Muy nuevo. Uno entra a la habitación y ha de bajar unas escaleras, dando la sensación de pasar a un nido. La cama es grande y correcta.
  Por la mañana vamos al inevitable Museo Guggenheim. Antes desayunamos en un bar al lado del hotel. Un camarero argentino nos lleva con dificultades las tostadas, los zumos y los cafés con leche. Le echo un vistazo al periódico El Correo. Muchas secciones de cultura, entrevistas, reportajes. Mucho material y bueno.
  Recorremos la distancia a través de un montón de calles llenas de comercios y varias librerías, lo cual me alegra bastante. Al poco llegamos a la Ría del Nervión: mitad ría, mitad río, mitad mar. Se parece a la solución dada a Madrid para recuperar una zona muerta hasta entonces, o al menos de espaldas a los ciudadanos. Mucha gente paseando, haciendo deporte. La temperatura es agradable, suave. Al poco de caminar uno se da de bruces con la fachada del museo: una verdadera escultura gigantesca. Pocas veces se habrá acertado tanto con tanta audacia. Dentro, sin saber qué íbamos a ver, nos encontramos que está la exposición del artista brasileño Ernesto Neto. Un artista que reivindica la naturaleza como expresión de su arte con materia orgánica en sus composiciones a base de tejidos y semillas. El recinto huele a especias. Nos ha gustado mucho a todos. Y luego a la salida vemos la gran exposición permanente del gran Richard Serra: La materia del tiempo. Uno piensa que el artista imagina en su cerebro la obra, la obra de arte, en este caso mastodóntica, difícil, pesada, y que ha de ponerla en práctica con las dificultades de la física en nuestro planeta, y la pone en práctica y para ello tiene que ensamblar la voluntad, la idea y hasta la economía de un montón de personas. Y salen esas planchas gigantes de hierro que han debido hacerse con la ayuda necesaria de una gran industria. Y las personas pueden meterse dentro y padecer una especie de claustrofobia por sentirse dentro de una materia tan pensada y…, tan cercana. Todo esto, claro, nos ha dado mucha hambre y vamos a buscar un sitio para comer. 
  Los pasos nos llevan hasta la coqueta Plaza Nueva. Una Plaza mayor de Madrid en miniatura. En los soportales un sinfín de gente toma sus bebidas; unos de pie, otros sentados. Nos sentamos en el Café Bilbao a probar sus pintxos. Pedimos para empezar dos botellas de chacolí. Saben conjugar el sabor y el color. Se nos hace tarde para comer y el mismo camarero nos aconseja comer allí mismo a base de ensaladas y raciones. Así lo hacemos. La mesa es perfecta para doce que somos. Ubicada en un saloncito para nosotros solos. El vino y los manjares hacen que pronto estemos contentos y riamos. Es de las veces, cuando se consiguen momentos así, en los que da mucha alegría vivir. 

  Por la tarde paseos y cena en Abando. Un restaurante modesto pero con un apreciable e inevitable bacalao al pilpil. Por la noche paseo hasta la discoteca Salsipuedes. No está mal hacer un poco de ejercicio bailando un poco de salsa. El local está muy bien. Es grande y con una pista bien situada. La música bien distribuida. Pero la gente es muy distinta a la de Madrid. No se hacen animaciones ni ruedas cubanas ni se ve que haya personas que sepan de qué va esto de los bailes caribeños. Pero la experiencia está muy bien. Paseo agradable por toda la calle Rodríguez Arias hasta el hotel.
  Por la mañana excursión hasta Getxo. Aparcamos cerca del transbordador del que el año pasado fue su 120 aniversario. Como dice su página web: un arco del triunfo de la naciente revolución industrial. Luce una mañana fantástica de sol. Los habitantes llevan soportando varias semanas de mal tiempo y salen todos en tromba a pasear y hacer deporte. Nos tomamos una cerveza en el molino cerca de un acantilado de una altura considerable. Me extraña que no hayan puesto barandas. Cualquiera podría caer y deslizarse por un barranco casi vertical muchos metros. Comemos cerca en un restaurante con unas vistas espectaculares. El cielo está azul, el sol nos da a los hombres en el cogote y en el inicio de la ría multitud de pequeños veleros van haciéndose a la mar. Como dice Baroja en el libro que leo estos días sobre Los Ortega, sobre el paisaje vasco: “es el ejemplo perfecto para una cartilla escolar de geografía: allí estaban la bahía y el rompeolas, y el mar y las rías, el tren y los barcos, el astillero, los talleres y el ruido de sus fraguas…”.
  Nada más tomarnos los cafés, ya casi a las cinco de la tarde, nos ponemos en camino de vuelta. Pronto vamos dejando el verde del norte para meternos en las llanuras de castilla. Y a las diez de la noche en casa.
  Un fin de semana delicioso en el que repetiré a los que me voy encontrando: “Es un sitio para ir, y contarlo”.

lunes, 17 de febrero de 2014

“Lugares que no quiero compartir con nadie” de Elvira Lindo.




  Elvira Lindo es la autora de una serie de novelas y libros. Famosa sobre todo por la serie de Manolito Gafotas ambientada en un barrio del extrarradio en los años setenta. Bueno, no sé si está ambientada en esos años pero a mí me recuerda intensamente a mi niñez en un barrio cercano al de Carabanchel de esos precisos años. También es popular porque Elvira escribe en prensa y porque colabora muchas veces en radio; con mucho talento a mi entender.  
  Pasando el tiempo Elvira se casó con uno de los escritores que más me gustan desde que se dio a conocer en esto de juntar letras: Antonio Muñoz Molina. Y años después, cuando éste fue nombrado Director del Instituto Cervantes en Nueva York, la pareja fue alternando su vida entre ésta, la capital del mundo, y Madrid.
  El libro que acabo de leer trata de los lugares de Nueva York, que, por lo que sea, más han llamado la atención de su autora. Nos ha enseñado salas de exposiciones, bares y restaurantes –leyendo este libro he pasado hambre-, gimnasios, casas de neoyorkinos, teatros, lugares íntimos para ella, amigos y acompañantes ocasionales. Y algo curioso, leyendo su libro: he visto que muchas cosas coincidían con momentos contados por el autor de Beltenebros en su propio blog: Un concierto de jazz, un cuadro, una lectura, una visita. Sin duda, un perfecto complemento para los lectores de su bitácora personal.
 Elvira ha sido capaz de enseñar también su lado más frágil, sus miedos y angustias que son las de muchos. Nos ha confesado su angustia de vivir en una ciudad inabarcable, dura para los que no triunfan, que son legión. Desaconsejó vivamente a un paisano en apuros económicos a que se aventurara a irse a vivir allí con su mujer y una niña de seis años.
  A pesar de que siempre le dicen sus amigos y familiares que ella es una privilegiada, a ella no se lo parece y añora tener, como su marido, un horario y unas obligaciones que no sean las de una escritora de artículos y novelas sin unas obligaciones rutinarias. Yo, coincidiendo con sus amigos y familiares, y a priori, diría que quisiera para mí, justo ese estilo de vida.
  El libro es de muy grata lectura. Tan ameno que me salté, la última noche, la costumbre casi religiosa de ver cada noche un nuevo capítulo de Boardwalking Empire. No se me ha ocurrido un elogio más intenso que ese.

viernes, 7 de febrero de 2014

RETRATO DEL ARTISTA EN 1956. JAIME GIL DE BIEDMA

He comprado las obras completas del poeta solo para leer este diario. Y menos mal que las obras completas caben en un solo volumen de papel biblia, con delicioso aroma a iglesia. Todo lo que escribió en vida, que no fue mucho, cabe en un solo tomo. Todo un mundo concentrado en valiosas píldoras. La editorial Galaxia Gutemberg de Círculo tiene unas cuantas colecciones de obras completas y todas son muy atractivas de tener. Pero desgraciadamente es imposible. Solo tengo un tomo con algunas novelas de Pío Baroja y ésta.
  El Retrato del artista en 1956 lo escribió ese año pero no se publicó hasta mucho después. Había material sensible, sobre todo en la primera parte: Las Islas del Circe: su viaje de negocios a las Islas Filipinas. Él era de familia burguesa, acomodada, y después de suspender unas oposiciones a la carrera diplomática llegó, como hemos dicho, a Manila para hacerse cargo, como secretario general, de la Compañía de Tabacos de Filipinas. Allí cuenta escenas escabrosas con muchachos de piel oscura y ojos resplandecientes.
  Jaime no tenía el aspecto que pueda suponérsele a un homosexual. Tenía la voz grave y un punto beodo, se quedó calvo muy pronto aunque siempre fue coqueto; decía que le decían que tenía la línea del cráneo adecuada. Se dejaba barba a menudo y fumaba y bebía, como todos sus compañeros de letras, con abundancia y delectación.
  Manila le sorprendió muy agradablemente. Y cuenta escenas nocturnas que bien pudieran contarse después de un sueño intenso y placentero. Pero también descubrió la miseria más profunda. Hay una en la que cuenta que llega a una habitación que es como una caja de zapatos. Allí duerme el hermano del muchacho, envuelto en una pelliza apestosa. Se acuestan y se acarician y luego a él le entran ganas de orinar y no sabe dónde. E imagina que pronto llegará a su hotel o a Barcelona y se podrá duchar y tendrá su cama y sus libros y el orden y la limpieza y sabrá que hay gente que nace, vive y muere sin conocer nada de eso. Y le afecta.
  La segunda parte se llama De regreso a Itaca y cuenta su experiencia como enfermo de tuberculosis, en Nava, un pequeño pueblo serrano de la provincia de Segovia, como contrapeso a su estancia tropical de las islas. Ahí pasará muchos meses enfrascado en la lectura, la escritura, la música y la conversación con los amigos que van a visitarlo. 
  El resto del libro lo componen sus poesías, claro, y su obra ensayística de crítica literaria. No he nacido para apreciar la poesía. Me pierdo enseguida en los significados ocultos debido seguramente a mi naturaleza perezosa. Y con sus escritos sobre poesía me ocurre lo mismo. No tengo el don para apreciarlos así que camino en diagonal y como por ascuas por encima de todos ellos deteniéndome de vez en cuando por algunas brasas sublimes. Él confesó una vez que su mejor poema era No volveré a ser joven; quizá el más famoso también.
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde ­
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos ­
envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
   ¿No es el menos recóndito? ¿No es el más claro y conciso y brutal? Quizá por este solo poema merezca pasar como uno de los grandes de todos los tiempos.
  Y algunos apuntes:
  1.- Tenían unos intereses comunes que les llevaban a huir de las soporíferas clases de la facultad. Entonces se iban al bar de Juanito y organizaban una tertulia literaria en la que intercambiaban escritos y lecturas. Carme Riera. Da vértigo pensar que habrá ahora mismo estudiantes que se vayan al bar de zutanito huyendo del aburrimiento de la facultad donde estudien a los del 50.
2.- Su hermana Marta hablando de él: No es que leyera el Quijote con siete años, que lo leía, lo que más sorprendía es que se riera leyéndolo; verdaderas carcajadas.
3.- En la crisis me di cuenta que mi vida no había valido para nada. Que la poesía había sido una gran equivocación.
 

miércoles, 29 de enero de 2014

IGNACIO ALDECOA. GRAN SOL.




  Dicen los que saben de estas cosas, los que catalogan a los escritores como si fueran insectos, que Ignacio Aldecoa pertenece a la tendencia neorrealista. Es decir, intenta contar las cosas reales tal como pasan. La novela es de 1957, los años grises de la posguerra española. Tiempos duros en los que las personas debían dejarse la piel para poder llevar un plato de comida a su casa.
  El libro, de aquella colección de El País de lomos rojos, (qué poca prensa apuesta ya por ofrecer libros con sus periódicos), lo tenía desde hace once años y siempre había postergado la lectura precisamente por eso, porque me costaba trabajo meterme en una neorrealidad aumentada por estar encima dentro de un barco pesquero de altura. En El Gran Sol.
  Yo creo que hay novelas que pasan peor que mejor el paso del tiempo. ¿Quién lee hoy a Aldecoa?
  Se explica la difícil convivencia entre los pescadores, el difícil trato de algunos de ellos, entre ellos y con sus familias, las tareas pesadas a bordo, los olores, la bebida, la suciedad, la inmensa negrura del mar en una noche de tormenta, las novelas del oeste para matar el tiempo, las mismas historias masticadas de catástrofes marinas.
  He podido con ella pero se me ha hecho pesada algunas veces. No estamos acostumbrados ya a leer esta prosa desnuda, sin ninguna gana de agradar al lector, donde se cuentan las cosas tal como pueden suceder, tan vanas y vulgares.   Sin embargo uno puede encontrar, si está atento, alguna golosina brillante: “Juan Ugalde redondeaba el vientre con las primeras respiraciones profundas del sueño. En el rancho de proa se sentía el silencio, se palpaba el silencio, sonaba el silencio, compacto, gelatinoso, triste, de las siestas colectivas: prisión, cuartel, barco”.