Por la mañana
quedamos todo el grupo, que lo componen adultos y niños de todas las capas de
edad, en la playa. Por el móvil vamos concretando el sitio: cerca de un
vehículo de protección civil. Hacia allí vamos. Cuando llego veo a un fotógrafo
que levanta una toalla para hacer una foto a una anciana que se ha ahogado esa
misma mañana. Tiene la piel de la cara muy blanca y pegada a los huesos. Es muy
menuda. Cuando cubren otra vez el cuerpo solo pueden verse las aletas; apenas
tiene volumen. Las personas, cerca, siguen con sus baños y sus charlas. Solo
algunos muestran su congoja por las posturas de sus cuerpos. Se va el grupo a
otro sitio. Yo me quedo no sé con qué excusa y espero que venga el forense.
Cuando llega procede con determinación: le quita unos guantes, las aletas, el reloj
y ordena que la introduzcan en la bolsa para que se la lleven. No hay nadie
cerca que llore. Todo se hace deprisa y de manera profesional. Por otro lado
pienso que la pobre señora se ha muerto a edad avanzada y haciendo seguramente
lo que más le gustaba. A la mañana siguiente no puedo evitar la curiosidad y
leo en internet que tiene noventa años que viene a estas playas
desde hace más de cincuenta. Que es madre de un famoso médico naturista y
que es inglesa.
Pienso que firmaría
para mí esa clase de muerte si bien preferiría que nunca encontraran mi cuerpo.




