lunes, 22 de febrero de 2016

KIRK DOUGLAS. YO SOY ESPARTACO.




En la historia del cine hubo películas que pueden considerarse como verdaderas campañas militares, donde no faltaron horrendas condiciones climáticas, bandos encarnizadamente enfrentados, y hasta muertos. Apocalispy Now, Ben-Hur  y ésta podrían pertenecer a esta categoría, aunque Douglas consiguiera terminar Espartaco sin un solo muerto entre sus filas; aunque sí el abandono de un director inmenso como Anthony Man, quien fue sustituido por Kubric debido a insalvables criterios artísticos y de presupuesto. También las consecuencias de verdaderos huracanes de egos enfrentados. ¿Alguien se imagina que ahora una película pudiera tardar tres años de rodaje? Pues esta tardó todo eso, tanto como nuestra guerra civil.
  Pero el impulso a comprar y leer este libro no proviene de la película ni del actor, que me gustaron de siempre, sino de Dalton Trumbo. Para mí, el verdadero protagonista del libro de memorias. Éstas están escritas cincuenta años después de los hechos.
  Después de fracasar como guionista el autor de la novela, Douglas, encargó el trabajo a Dalton Trumbo, quien por esa época ya llevaba un tiempo condenado al ostracismo. Trumbo era capaz de trabajar bien, como el mejor, y encima hacerlo rápido, el más rápido. Para eso, entre otras cosas utilizaba una tabla que acomodaba a ambos lados de la bañera para aprovechar el tiempo del baño.
  También, aparte de toda la triste historia del Macarthismo, se cuenta la historia del fichaje de los actores. Sabrosísima la de Laurence Olivier y su esposa Vivien Leigh. En una cena de éste en la que se encontraba presente Douglas y otros comensales, éstos pudieron escuchar a la mujer de Larry Olivier, quien se encontraba en una estancia próxima. Todos se quedaron incómodamente callados: “Larry ¿Por qué ya no me follas?” Vivien sufría un trastorno bipolar. Cuando llegaron a la mesa ella se acercó a Kirk Douglas y le preguntó: “¿Por qué no me follas tú?”. Su marido se la llevó del brazo e intentó disculparse con todos sus amigos. Poco después se separaron.
  El libro se lee en dos tardes y se hace ameno como pocos. Uno se sorprende cómo pueden existir personas, como este nonagenario, que haya tenido la energía y la convicción suficientes como para embarcarse en tan tremenda empresa,  con todos los factores en su contra. Hay que recordar que en esa época la censura funcionaba en Estados Unidos como aquí en el franquismo. La película sufrió cuarenta y dos cortes sin la autorización de su productor y actor principal. No se podía decir ostras o caracoles, Nadie podía suicidarse en la película, tan solo autorizaron a que se insinuara que lo hacía Laughton, desaparecían también brazos mutilados y a duras penas entró la frase de Espartaco “Nunca tuve una mujer”. Solo les dejaron decir dos veces “malditos”, y por supuesto no toleraron el mensaje político que irradiaba la película: cómo un líder de esclavos iba a poder derrotar jamás a toda una legión romana.  

   En la película debía mostrarse un Espartaco mediano, vencido y ajusticiado. Así se las gastaban en esa época. Pero aquí en España no le iban a la zaga. Stanley Kubric se vino aquí -estamos hablando de finales de los cincuenta- a rodar las escenas de las grandes batallas con miles de soldados de reemplazo; en este caso, soldados españoles. Franco le hizo prometer al famoso director que ningún soldado español muriera en pantalla, no iba a ser que el mito del gran soldado español se viniera abajo.
  El subtitulo del libro es “rodar una película para acabar con las listas negras”, y vaya si lo consiguió. A la salida, un sonriente presidente JFK, declaró que era una muy buena película de romanos. Ese gesto, ese simple gesto, hizo que todo el canalla castillo de naipes se viniera abajo.
  ¿Llegaremos nosotros, la civilización actual, a semejantes niveles de fanatismo e incultura? Pues parece que vamos camino de ello por los últimos acontecimientos.
  Para acabar-pensaba gastar tres o cuatro pequeños párrafos, pero seguiría escribiendo toda la tarde- uno de Douglas sobre su larga experiencia en la tierra:
“Creo que gran parte de las divisiones que hay en el mundo han sido ocasionadas por la religión, incluso en una época como la de Espartaco, en que se rendía culto a muchos dioses. ¿Cuál es la finalidad de la religión? Después de haber pasado noventa y cinco años en este planeta, he llegado a la conclusión de que la religión debería basarse en una única cosa: ayudar a tus congéneres. Si todo el mundo practicara esta religión, la de ayudar a sus congéneres, los ejércitos desaparecerían de la noche a la mañana. Desaparecerían la injusticia, la intolerancia y la inhumanidad. Y jamás se confeccionarían listas negras. Cuán maravilloso sería el mundo”. Ni una palabra más.

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