Día 7 de octubre. Viajamos en vuelo directo a
Praga. En la T4 densidad de viajeros. Veo pasar a mi lado a Luis Alberto de
Cuenca, junto a una periodista cuya cara me sonaba. Lo nombré: mirad, Luis
Alberto de Cuenca!! La periodista se dio la vuelta: Luis Alberto, mira, te han
nombrado. Me sentí avergonzado y me acerqué: soy un admirador suyo, siento
haberlo molestado. Me dio una mano blanda y casi asustada entre el gentío.
Incliné la cabeza como ante un rey y me despedí feliz de haberlo conocido en persona.
A pocas personas he visto que le tengan un amor a los libros más apasionado. Es
un gran poeta y letrista de canciones inolvidables. Para el viaje me había
llevado sin comenzar este libro sobre Venecia de Jan Morris, antes conocido
como James Morris. Durante las tres
horas del vuelo no dejé de leer y temí que se me acabara antes de concluir la
semana de viaje. La literatura que hay en los aeropuertos es generalmente
infumable. Mucha auto ayuda, por qué será.
En menos de tres horas estábamos en Praga, la ciudad de Kafka. Sabía que
me iba a gustar por eso y por su río, el Moldava, que pasa por debajo de sus
puentes centenarios, como el de Carlos IV. Praga tiene magia y sus calles se
recorren a pie mientras de vez en cuando te tomas excelentes cervezas no muy
caras. Para completar la perfección de la ciudad llovía mansamente. Contemplar
el brillo que desprenden los adoquines de sus calles causa un placer inmenso.
Menos para los zapatos con sus tobillos. Visita al cementerio judío donde la
guía nos habla de la leyenda del Golem. Me acordé de la lectura precisamente de
Golem, de Gustav Meyrink, admirado por Borges. Por la tarde nos metimos en un
concierto en la Capilla de los Espejos, donde un joven Mozart tocó el órgano.
Un cuarteto de cuerda junto a una organista y una vocalista que era… guapa,
alta, rubia y con una voz que me hizo erizar los bellos. Sobre todo cuando
cantó, apenas a unos metros de mí, la famosa aria Rusalka, de Dvoràk. ¿Por qué
está tan mal repartida la belleza, el talento? De camino a Budapest pasamos por
Karlovi Vari, la ciudad balneario. Lujo, bosques frondosos, fuentes de agua
caliente, tiendas de las mejores marcas, pastelerías selectas. Por mi lado pasa
una mujer que parece haberse instalado allí. Va caminando con bastones
deportivos. Es más o menos de mi edad. Muy delgada y con un color de muerte
cercana. No se puede tener todo, pensé.
La ciudad más sorprendente, Budapest. Inmensa. Esta sí fue, hace poco la
capital de un gran imperio. El Danubio con sus maravillosos puentes y en las
orillas a través de los kilómetros, palacios, iglesias, mansiones, grandes
hoteles. Desde Buda, la más montañosa, viendo la majestuosidad de las llanuras
de Pest. Qué gran ciudad. El problema: un idioma difícil.
De camino a Viena pasamos por Bratislava. La bala incrustada de un cañón
lanzado por Napoleón nos recuerda las batallas que se dieron en las cercanías. Y
Viena, con sus palacios, sus jardines, su pujanza económica. Mal el guía. Mal
la inflación que ha hecho de esta ciudad preciosa una de las más caras. Sus
teatros de la Ópera. Los ciudadanos bien vestidos, perfectos burgueses que
alegran la vista. Si existen la civilización seguirá a salvo.
Íbamos seis amigos, tres parejas,
incrustados dentro de un grupo de cuarenta y tantos, organizados por una
empresa de esas que trabajan para la Comunidad de Madrid para mayores de 55.
Gentes amables y educadas, algunas, y otras folloneras, zafias, egoístas, de
las que venderían el riñón del vecino por coger antes un asiento de ventanilla
o la mejor mesa de los restaurantes. Cuánto me he acordado de la frase de
Sartre: el infierno son los otros.
En apenas siete días cuatro países: Chequia, Eslovaquia, Hungría y Austria. El
guía local nos dijo que les estaban friendo a impuestos, agravados con una
inflación de caballo. A la vuelta coincidimos, otra vez en la T4, con Jesús
Calleja y Carlos Sobera. Quizá venían de un programa de los suyos. Le hubiera
preguntado cómo era eso de que estaba fuera de un plató. Y luego esa sensación
tan placentera de los viajes: el regreso al hogar, a tu vida, sabiendo que
durante unos días hemos conseguido estirar el tiempo como si fuera un chicle.
Dejo aquí anotado que la voz que nos ha acompañado cada día, el guía
fijo designado, tenía la voz de Pérez Reverte. Si cerraba los ojos podía verlo
como en televisión mientras sermonea. A casi nadie le ha ocurrido. Le recomendé
El Danubio el maravilloso libro de Claudio Magris que no conocía.
El libro de Venecia se lee bien. Está estructurado en apartados tales
como Las mujeres, Piedras venecianas,
Servicios urbanos… Por cierto, de este autor, autora, tenía otro libro, La
coronación del Everest que ha desaparecido de mi biblioteca. Apenas he prestado
un libro en mi vida pero por más que lo he buscado no ha aparecido. ¿Se habrá
ido de expedición? La única explicación es el robo por parte de los que
hicieron la obra el año pasado.
No he ido a Venecia pero quiero remediarlo lo antes posible. Anoche
mismo en un documental vi los problemas a los que se enfrenta en un futuro más
o menos inmediato. Las mareas, los grandes cruceros, la infinidad de
embarcaciones removiendo el cieno, maltratando las fachadas de los edificios.
“Cuando se incendió el Palacio Ducal en 1479, lo único que quedó de las
inscripciones de Petrarca en las paredes fue la libreta de Marin Sanudo, que se
había tomado la molestia de copiarlas cuando inspeccionaba el palacio a la edad
de ocho años. Más adelante, escribió una historia del mundo en cincuenta y
cinco volúmenes”.
“Un solo bofetón en la cara, administrado por una benévola lavandera,
curó a mi hijo mayor, instantánea y permanentemente, de la desagradable
costumbre de escupir”.
“Durante el régimen de Mussolini, fue una ciudad fascista obediente, los
ciudadanos descubrieron que era más fácil encontrar y mantener un puesto de
trabajo si tocabas con la punta del pie la línea del partido”.
“Visto sobre un fondo tan soberbio, donde el arte y la naturaleza se
funden exquisitamente, el hombre puede dar una impresión repugnante”. Eso mismo
pensaba yo observando a algunos, y algunas, de mis acompañantes.
Hay que ver lo que hace un acto al principio baladí: “… una oscura
mañana de 1499, cuando las noticias del viaje de Vasco de Gama llegaron a la
ciudad (mucho antes de que el explorador volviese a Portugal), varios bancos de
Rialto quebraron al instante”.
“Venecia siempre ha sido exhibicionista y siempre ha recibido al
lucrativo turismo con los brazos abiertos, pero fue construida para el
comercio, el poder y el imperio”. “Venecia nació para la grandeza, es una
ciudad construida por Dios y su destino evidente es servir de mediadora”.
“…hoy en día los centinelas se pasean por las ceñudas fortificaciones
cuadradas de los cuarteles con cara de aburrimiento supino, esperando a un
enemigo que jamás, en mil quinientos años de historia veneciana, ha decidido
atacar por ese flanco”.
En la contraportada se dice que es posiblemente el mejor libro de viajes
jamás escrito. Ay las hipérboles. Yo no diría tanto. He disfrutado más con
nuestro paisano Javier Reverte, con Pla sin ir más lejos. No está nada mal. Me
ha dado más ganas si cabe de viajar allí pero debo escoger algo difícil:
establecer cuándo es el mejor mes para que haya la menor cantidad posible de
turistas.