martes, 25 de agosto de 2020

HECTOR ABAD FACIOLINCE. El olvido que seremos.



  Es curiosa la concatenación de hechos que nos llevan a un autor del que apenas conocíamos nada. Un día leo una entrevista a Fernando Trueba. Adoro a cada miembro de esa familia, al menos a los conocidos. Trata sobre la película que acaba de realizar inspirada en este libro. Me lo apunto en la cabeza como una de las obsesiones recurrentes en cuanto a libros. Tengo que hacer unas gestiones en Moncloa y al salir decido ir por una calle paralela a Princesa y veo una librería extraña y desconocida para mí. La regentan dos abuelas amables. Se llama librería solidaria. La gente dona sus libros y ellas los venden baratos, y con lo que sacan, ayudan a otros. Me encanta la idea y veo que tiene libros interesantes. Me voy al principio. Abad. Siempre el primero de la fila en cualquier lista alfabética. Y ahí está, en la edición de 2007 de Seix Barral, a dos euros. Buen estado aunque algo amarillento el canto como todos los libros blancos de S.B. Compro este y dos más. Seis euros en total. Les doy diez y aun así me voy con la sensación de que las he estafado. Tan eufórico estoy que me voy a la Visor que está cerca y me compro sus diarios recientemente editados. Y… Abad Faciolince es ya como de la familia.
  Tengo verdadera adoración hacia cualquier escritor que sea capaz de sacarme una risa o un llanto. Una mañana estaba solo en el patio, escuchando música de Chopin interpretada por Baremboim y leyendo el capítulo sobre la muerte de su hermana Marta. Y he lloré a gusto, sin tener que disimular delante de nadie, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano. Quizá –seguro- me pilló blandito, con las defensas bajas pero, qué porra, se queda uno, eso, tan a gusto. Es tan efectivo, tan contenido a la vez, que es como si hubiera asistido a una desgracia familiar propia y -ahí el milagro- en tiempo presente. Nada más acabar me enfrasco en sus Diarios y dejo aparcados todos los demás.  
  A su padre, médico y activista por los derechos humanos y contra la pobreza y el atraso, es asesinado por, al parecer, la derecha (paramilitares, reaccionarios, sicarios...) en Medellín, una de las ciudades más peligrosas del mundo. Este libro es un homenaje a su vida y a su muerte. Pero es mucho más. La desgarradora muerte de su hermana por cáncer, sus intentos por hacerse escritor. Ahora sé que utilizó las notas de este diario que ahora leo para componer su libro. Y el prestigio, el triunfo han sido implacables. Como dijo Robert Graves: “El emperador Claudio me dio fama y dinero y yo lo saqué a él del olvido”. Pues él lo mismo.
  “Porque todos los felices, para los comunistas, eran en esencia reaccionarios, debido a que lo eran en medio de infelices y desposeídos”. A su papá, como lo llama él, lo persiguieron por izquierdista y luego por reaccionario como vemos.
  Apenas he subrayado párrafos sobrecogido por el dolor tremendo pero en las páginas de la agonía de su hermana he escrito como un grito “¡El horror!” como en la película del Apocalypsis Now. “Yo ya debía haber entendido que nuestra felicidad está siempre en un equilibrio peligroso, inestable, a punto de resbalar por un precipicio de desolación”.
  Cuando he quitado el forro con el que cuido el libro que leo he descubierto que la fotografía es -era- su hermana Marta de la vida real. La violinista. La que sufrió una agonía sin apenas una queja. Dieciséis años. Y la muerte absurda de un buen hombre.
  Que viva Abad Faciolince y Abad Gómez, su padre, y toda su estirpe.

jueves, 20 de agosto de 2020

DIARIOS 1932-1987. MIGUEL TORGA.


 
  A este escritor –siempre seguimos a un escritor porque nos lo recomendaron de palabra o por escrito en algún libro- quise leerlo porque en el diario de Rafael García Maldonado que leí no hace mucho, se hablaba con entusiasmo de él y de los diarios. Me puse a buscarlo y enseguida supe que me iba a costar. En algunos sitios lo tenían de segunda mano pero no eran baratos y encima uno no sabía en qué condiciones estarían así que lo busqué en librerías nuevas. Después de varios intentos lo encuentro en la preciosa librería Babel de Palma de Mallorca y en la Lagún, de San Sebastián; en las demás, nada de nada. Llamé a Mallorca. Me dijeron que acababan de vender el único ejemplar. Pareciera que alguien hacía lo que yo, en el mismo orden: leer los diarios de García Maldonado y seguidamente los de Torga. Tuve más suerte en la librería de San Sebastián. La mujer me dijo que sí, que lo tenía en la mano. Con la cara del escritor de perfil. Hay una versión anterior que no me interesaba. Vi el precio en su página web. 25 euros. Les envié el correo con mi dirección y les dije a qué cuenta ingresar el dinero. La sorpresa: que no valía eso, que como era difícil de encontrar y el precio era alto en segunda mano me cobraban 40 más ocho de transporte. Dudo que eso sea legal. Incluso estuve ojeando la ley de librerías y del libro pero no quise ir más allá. Pagué. Lo considero una contribución a lo mal que lo están pasando las librerías.
  Me ha gustado sin llegar a lo que me gustan los numerosos volúmenes de mi querido Trapiello. Aquí son más diarios interiores que los de Trapiello que habla de interiores, exteriores y lugares. Más explicativo y menos reflexivo.
 1932-1987. A partir del 62 deja de ser historia para convertirse en historia viva: yo ya estaba aquí. A pesar de su amor por España a veces recuerda tiranteces y refranes: “De España ni buen viento ni buen casamiento”.
  A veces instantáneas de la condición humana: “¡El pueblo! ¡Qué solidaridad la del pueblo! Esta mañana y después de la noticia trágica de la muerte de ciento cincuenta pescadores, la única reacción de la criada fue esta:
    -¡Hoy no va a haber pescado en el mercado!”
El papel del intelectual en el rincón llamado Portugal: “Ser escritor en Portugal es como estar sepultado y garabatear en la tapa del ataúd”.
  A los políticos: “Precisamente porque son políticos, confían más en la bonanza de la mentira que en la marejada de la verdad”.
 


  Para los que tienen la pretensión de escribir un libro:
   “Hoy, en el café, alguien ha enseñado un álbum de fotografías del Tíbet. Picos agudos como gritos y agudos como puñales.
-¡Y pensar que todo esto tiene que quedarse redondeado!- se lamentó el compañero.
-¡Aplanado, raso, deshecho! -aclaró otro, con furiosa precisión- Unos miles de años de erosión, y ya está…
  ¡Y yo, oyéndolos con las pruebas tipográficas de un nuevo libro mío en el bolsillo!...”
  Y esta mañana, en el duermevela se me ha ocurrido  que la poesía es también presentar a dos palabras que no se conocen para que se hagan amigas. Cuando leo diarios que me gustan se me pegan cosas, como cuando se le pega a uno el deje si pasa mucho tiempo fuera de casa.
  Caminé por un mar de odio
Y me sepulté en el lobo.
  Del diario de Miguel Torga:
El poema como la doma de un caballo salvaje:
“Exhausto de tanto luchar con un poema. Ya hace un montón de días que andaba huyendo de sus añagazas, paralizado por no sé qué cobardía, y hoy he conseguido enfrentarme a él cara a cara. Y ha sido terrible. Cuanto más porfiaba yo, más se resistía él a caer en las redes de las palabras. Ahora que finalmente he encontrado los dos últimos versos, lo leo con cierto resentimiento. Es que todavía me parece una provocación”.
  Otra vez ganas enormes de irme de viaje a los sitios que describe: Su Coimbra, la ciudad donde vive, su aldea de nacimiento, Sao Martinho de Anta, el parque natural de Géres, el Alentejo, etc.
  “Soy una naturaleza condenada a dos vidas. Una que me gustaría volver a vivir y otra que me gustaría no haber vivido”.
  Y así estamos. Me encantó haber conocido a Adolfo Correia da Rocha, su verdadero nombre.


martes, 11 de agosto de 2020

CANADÁ. RICHARD FORD


 
  Hacía años que no llovía tantas horas en un día de verano en Madrid. Si lo hiciera así cuatro o cinco veces a la semana viviríamos en una zona tropical. He ido al aeropuerto y estaba todo oscuro como si fuera una selva amazónica. Luego he ido a tirar el vidrio y la basura sin importarme los rayos y los truenos, aunque al llegar he sabido que un tipo ha muerto al caerle un rayo. No me canso de oler y de imaginar la tierra sedienta hacer ese ruido que se hace con las pajitas cuando se está acabando un sorbete.
  Canadá. Me ha decepcionado un poco. Las novelas, como yo las llamo, puras, como ésta, no terminan de convencerme. Prefiero las novelas con algo de ensayo o de historia o de viaje o de memoria o de diario. Porque es más rica la realidad casi que la imaginación. Unos padres atracan un banco y eso afecta a la vida de sus hijos gemelos de quince años que tienen que aprender a vivir con esa circunstancia toda la vida. Y emprenden caminos por separado llenos de dificultades, lógico. Y –es la parte que más me ha gustado- en la última, al final de sus vidas se reencuentran para hacer una especie de repaso. Todo eso en quinientas páginas. Un buen novelista, no cabe duda pero yo, a estas alturas, busco algo más, algo más que un contador de historias inventadas. Leí El periodista deportivo y casi me gustó más, sin que fuera tampoco, para mí, algo del otro mundo.
  Acabo el libro inmaculado. Ni un subrayado. Solo una historia que fluye sin grandes sobresaltos. Si acaso una pequeña escena incestuosa con la hermana con el efecto de esas misas de algún músico que arreaba un estruendo en la atonía general para despertar a los durmientes fieles. Dice en la contraportada Eva Cosculluela que la ha recomendado a muchos lectores y que todos regresaban agradecidos. Yo también la compré por algo parecido, muchas recomendaciones y porque es otro de los atractivos ejemplares de los 50 de Anagrama, de  fabulosas portadas. Pero yo no iría a agradecerle nada. No está mal. La he soportado y he aguantado hasta el final sin saltarme página alguna como sí he hecho en otras ocasiones con otras novelas parecidas.
  Comienzo los Diarios de Miguel Torga. La vida de un buen médico defensor de España y Portugal unidos, Iberia.

jueves, 6 de agosto de 2020

EMILIO O DE LA EDUCACION. JEAN-JACQUES ROUSSEAU.



   En el último curso del bachillerato de mi hija pequeña le mandaron comprar –se supone que para leer- este libro pero cuando los primeros alumnos llegaron con su ejemplar en la mano el profe se asustaría –por lo gordo imagino- y desechó la lectura y el estudio en torno a este clásico. Al final eligieron uno de los más finos de Nietzsche, creo. No me enfadé demasiado por el gasto porque el caso es que quería leerlo desde hacía años. Qué pensaba sobre un tema tan controvertido un ser excepcional, tan determinante en la historia del pensamiento europeo hace trescientos años. Leo por ahí que cuando se publicó, tal fue la reacción adversa de los poderes mediáticos, dijéramos, que hubo de exiliarse en su país de nacimiento, Suiza. Creo que si lo hubiera publicado en este año de la pandemia se hubiera tenido que ir también. Lo que no sé es adónde. ¿Y por qué? Por sus ideas en torno a la mujer y a su papel en la sociedad, de lo que se colige que por muy frescos mentales que seamos siempre existirá una sociedad posterior que nos ponga a caldo.
  El libro, de ochocientas páginas de letra menuda se lee bien. Ejem, es un decir. Casi me dejo las pestañas y me he prometido que ya tengo que tener muchas ganas de lectura para embarcarme en semejante odisea. Mis pobres ojos casi sesentones ya no soportan tan menuda tipología. Y por supuesto debe ser con muy buena luz.
  El ser humano nace y debe mirar a la naturaleza. El hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo envicia, lo malea. Esa es en resumidas cuentas la idea de este libro. Pero habla de muchas más cosas. Me recuerda a una reflexión que hice yo hace unos años viendo un programa de pueblos africanos o del Amazonas donde la mayor cantidad de horas las pasaban los niños jugando y buceando en el mar o los ríos cercanos. Y lo comparaba con nuestros niños, sujetos cada día a camisas de fuerza en forma de colegios y actividades extraescolares, como si no tuvieran suficiente.
  “Platón, a quien se cree tan austero, sólo educa a los niños en fiestas, juegos, canciones y pasatiempos; se diría que ha cumplido con todo una vez que les ha enseñado  bien a divertirse”.
  Una consideración sobre los libros en los niños. Algo de eso he pensado siempre. Se inculca demasiado pronto la lectura en niños cuyo interés está a años luz de la letra impresa. “A los doce años Emilio apenas sabrá lo que es un libro. Pero, al menos, se me dirá, que sepa leer. Lo admito: es preciso que sepa leer cuando la lectura le sea útil; hasta entonces sólo es buena para aburrirle”.
  Y una idea que me ha hecho reír porque lo he pensado toda mi vida, incluso desde que me leían el catecismo siendo yo niño: “Si yo tuviera que pintar la estupidez importuna, pintaría a pedante enseñando el catecismo a unos niños; si quisiera volver loco a un niño, le obligaría a explicar lo que dice cuando recita su catecismo”. “…Digo además que para admitir los misterios, hay que comprender al menos que son incomprensibles”. “¡Hay que creer en Dios para salvarse! Este dogma mal entendido es el principio de la sanguinaria intolerancia, y la causa de todas esas vanas instrucciones que asestan el golpe mortal a la razón humana”.
  Un apunte sobre la felicidad con el que tengo que estar de acuerdo: “El bien y el mal nos son comunes a todos, pero en medidas diferentes. El más feliz es aquel que sufre menos penas; el más miserable quien siente menos placeres. La felicidad del hombre en este mundo no es, pues, más que un estado negativo; hay que medirla por la menor cantidad de males que sufren”. Y más adelante: “La felicidad del hombre natural es tan sencilla como su vida; consiste en no sufrir”.
“Y ¿qué es el verdadero amor sino quimera, mentira, ilusión? Se ama mucho más la imagen que nos hacemos que el objeto a que se le aplica. Si viéramos lo que amamos tal cual es, no habría amor sobre la tierra”.
  Me ha gustado su lectura. He tardado más de dos semanas en terminarlo. Tiempo largo para lo que acostumbro pero ha merecido la pena. Y lo paso al rincón de los clásicos. Por cierto que en Visor, donde estuve ayer viendo algunos libros no tenían nada de Plutarco, al que Rousseau, junto a Montaigne y otros, mienta una y otra vez.