sábado, 10 de marzo de 2018

MARIA BELMONTE. PEREGRINOS DE LA BELLEZA.




  Este libro es un libro escrito para los amantes de los viajes y para los amantes de los libros. Es un placer deambular por los autores; los viajeros, escritores y amantes de la cultura grecolatina. Debo decir que lo que me decidió a comprarlo fue que uno de los “entrevistados” era mi admirado Patrick Leigh Fermor pero he descubierto verdaderas joyas para admirar toda la vida: Johan Wincklemann y su pasión por Roma, Wilhelm y su destreza con las primeras cámaras de fotos para retratar entre otros a cuerpos desnudos. Axel Munthe, el autor de un libro que ya busco con ahínco: “La historia de San Michel” sobre su vida de médico sueco en diferentes partes de Italia y la construcción de una villa en Capri aprovechando las ruinas de un palacio del emperador Tiberio. Y la parte griega no menos apasionante: Henry Miller, el ya mencionado  Leigh Fermor del que cuenta con detalle el secuestro del general alemán Kreiper. Kevin Andrews y Lawrence Durrel, el fabuloso escritor del Cuarteto de Alejandría.  
  De nuevo un libro seminal del que salen nuevos descubrimientos, nuevos libros interesantes para leer. De 1929 el libro de Munthe tuvo mucho éxito y se reeditó en numerosas ocasiones. Por suerte tenemos algunas ediciones en español. Es verdad que ya he ido a alguna gran librería sin que lo tuvieran así que no me quedará más remedio que pedirlo por internet. Las tiendas físicas están condenadas a la extinción.
  “La gente no compra libros; de hecho, ni siquiera vive, se limita a contener el aliento ante la inminente catástrofe”. Lawrence Durrel.
  Y el caminar: cómo de bien me he sentido al leer este párrafo de la autora recordando a Chatwin:  Absolutamente de acuerdo.
 “Chatwin tenía la teoría de que el cuerpo humano estaba diseñado para un día de marcha y que todos los males de la humanidad habían llegado con el sedentarismo. Creía que caminar no era algo simplemente terapéutico, sino una actividad poética que podía curar al mundo de sus males”.
  Todos estos autores fueron impulsados por gigantes tales como Goethe Byron etc. Ahora los lectores de esta magnífica divulgadora, nos sentimos de nuevo atraídos a esos parajes que tan magníficos se presentan en nuestra imaginación. Un libro de placentera lectura. Una maravilla inolvidable.

domingo, 4 de marzo de 2018

MUNDO ES. ANDRÉS TRAPIELLO



 

  Mi querido y admirado Andrés, en el libro que acabé de leer el otro día, los diarios de Pániker, El Cuaderno Amarillo, se hablaba de usted, y lo calificaba de melancólico, “escritor de nimiedades y resentimientos”. No estoy de acuerdo. Es usted un escritor gracioso, irónico y con retranca, y habla, al menos para mí, de temas que me interesan mucho: la literatura, el amor, el arte, las mujeres, la enfermedad y un tan largo etcétera que abarca toda la vida, porque habla en este volumen, el último de sus veintitantos tomos, de todo lo que le pasa; es decir, de todo lo que nos pasa. Le gusta la vida y lo confiesa: “La cultura sola, en especial la cultura de libros, sin el condimento de la vida, te la arruina de modo irremediable. El boquete de obús que hace un libro no lo tapa casi nada. Un hombre sólo culto, sobre todo un hombre sólo leído, es casi siempre un hombre informe o deforme. La erudición engaña: debajo de esa yedra tan vigorosa, no hay sino una vasta ruina”.
  La anécdota que acabo de leer me ha hecho reír. Y es eso tan importante…: Acaba de ir, a través de una amiga, al otorrino porque se ha quedado sordo de pronto: “Veía que los demás abrían la boca, pero de sus labios no salían sino silencios acuáticos”. El doctor le aplica alguna técnica de esas misteriosas y se cura rápido. Y sale eufórico del hospital. Cuántas veces habré sentido yo eso. Y reflexiona: “Las curaciones son las que más euforizan. Querría uno que pudiera hacerse con ellas un poco de moviola, atrás, adelante, por apreciar el contraste”.
  No es el primer libro que leo de usted, cómo no, Las Armas y las letras y algunas novelas, pero es el primer tomo que leo de su Salón de Pasos perdidos, sus Diarios, y “me jode” porque son veintiún tomos –y lo que viene- y no son precisamente baratos. Pero ya estoy contaminado. Y ahora los leeré, a través de los años, de delante para atrás, excepto los que vengan en el futuro que los leeré nada más salir.  Por cierto que hay algunos tomos que son difíciles de encontrar y cuando los encuentra uno valen una pensión. ¿No podría hacer algo al respecto?
 También dice Pániker que se pasa la vida entre libros pero, ¿se puede decir elogio más acertado de un escritor como usted? Aparte de que es mentira. Como usted diría: cada hora tiene su afán.
  En defensa de Pániker diré que el autor medio indio confiesa que lee a menudo sus diarios por “afinar el instrumento”. Yo creo que le tenía algo de envidia.
 Este libro, Mundo es, no tiene en verdad forma de diario con sus entradas en fechas. Los párrafos al igual que los temas discurren como un arroyo de aguas claras y saltarinas. Qué más da si acordamos que es una novela en marcha.
 “Yo jugaba en la calle. Mandó bajar del carro a su hijo, un niño de mi edad. El burro acaso no podía con los dos. Me levantó en brazos, me dejó en el pescante y puso las riendas en mis manos. Qué sensación el tacto de aquel cuero. Recuerdo haber mirado a todas partes, buscando quien pudiera dar fe de aquella hazaña. Era verano, a mediodía, y no había nadie. No me importó. Recorrimos unos metros de la avenida del 18 de julio. Nunca nadie fue tan feliz ni nunca trecho tan corto me llevó tan lejos, hasta hoy, medio siglo después”. Este párrafo me emocionó.
  O te puedes morir de risa leyendo las costumbres amorosas y nocturnas –y escandalosas- de su vecino de la buhardilla.
  Por otro lado dudo mucho que escriba sus diarios por vanidad o ganas de trascendencia. Creo que cuenta cosas interesantes y los lectores se lo agradecemos. Creo haber leído en alguna parte que existe un club, secreto, selecto y minoritario, compuesto por lectores rendidos al encanto de su prosa. Es consciente del lugar que ocupa en la literatura nacional, de segunda o tercera como diría un ignorante, aunque para mí está entre los dos o tres mejores vivos, y si me apuran, sumando a los muertos. Los temas que toca los toca siempre con fundamento. Nos puede hablar del Rastro y lo hace bien porque lo conoce a fondo. Hace un par de domingos  estuve allí, en el Rastro, y entré a una librería de viejo. Pregunté si tenía alguno de sus libros. No tenía pero le conocía –era un hombre mayor de pelo canoso-: “Viene mucho por aquí con su amigo el gordo” –antiguo director del Reina Sofía-. Yo le dije que estaba leyendo el último de sus diarios y que hacía poco había escuchado dos deliciosas conferencias sobre el Rastro en la Fundación Juan March. “Es de los que más saben del Rastro”. Quise remarcar. “¡Qué va a saber! Quienes saben de verdad somos nosotros que llevamos aquí toda la vida”. Me hizo gracia. Me dijo también que era duro en los tratos para el regateo. También tuve la esperanza de encontrarle por allí y que me firmara mi Mundo es.
Ayer mi hija pequeña me preguntaba si me pasaba algo o me estaba volviendo loco. En el baño no paraba de carcajearme, como un perro sarnoso. Es gracioso como un sevillano o un gaditano gracioso pero con las riendas sujetas y apretadas de un leonés; supongo. Es ingenioso y efectivo en su humor porque es original y domina la lengua como cervantino que es. Encuentra la comparación o la metáfora perfecta en cada ocasión. Sus escenas son escenas de verdadero  suspense aunque narre el encuentro apenas existente con una chica cada día en el metro.  A lo largo de las tres o cuatro páginas uno se pregunta: ¿La abordará? ¿Vencerá su timidez o será capaz de dirigirle la palabra alguna vez? Y no defrauda el desenlace porque la realidad es fantástica, o sea, real. Es capaz de crear un ambiente, una atmósfera mágica con pocos párrafos. Y además me ha interesado doblemente porque yo también tomaba esa línea de metro cada día y me enamoraba tres o cuatro veces en cada trayecto, quizá una década más tarde.
  Me pasa con este libro lo que con unos pocos: veo los pendientes, una veintena o más, y me digo: ¿Me llenará alguno de estos como éste?
  Acabo citando a su querido JRJ: “Lo malo de la muerte no ha de ser sino la primera noche…” “… y eso, si llegas”. Espero que a usted tarde mucho en alcanzarle para que pueda seguir disfrutando y sobre todo, para sus lectores, para que pueda seguir escribiendo. Muchas gracias.
   


sábado, 3 de marzo de 2018

27/02/2018



Presentación en la Fundación de Telefónica de Un andar solitario entre la gente.
  Madrid a 27 de febrero de 2018, antes de las siete de la tarde, Gran Vía. En Madrid llueve y hace un poco de frío y hay, como siempre, mucha gente en la calle. He quedado con Yolanda, cobloguera del de Muñoz Molina, en la cafetería que hay al lado de la librería Pérez Galdós, calle Hortaleza. Apetece un café. Mientras llega leo el libro de Trapiello, el último de sus diarios, y no puedo dejar de sonreír, “Lo malo de la muerte no ha de ser sino la primera noche…”  qué bueno es, joder, aunque la frese no sea suya. Enseguida llega Yolanda envuelta en abrigo, guantes, bufanda y gorro de lana, como una parisina friolera y distinguida. Nos abrazamos porque, aunque no nos hayamos visto en persona hasta entonces, nos conocemos de mil comentarios wasapiles y decenas de fotos. Las primeras frases que intercambiamos son de re-conocimiento: trabajos, maridos y mujeres, hijos, viajes,  libros, blogueros (sin hablar mal de casi ninguno), y de la presentación del libro, porque aquí estamos para hablar de su libro.
  Entramos en el histórico edificio de telefónica y ahí no es. Qué pensaría Arturo Barea si entrara ahora en su edificio viendo este despliegue de tecnología. Nos informan que hay que ir a Fuencarral, justo dando la vuelta a la esquina.  Allí pasamos el detector de metales y subimos en un ascensor enorme y bien iluminado. Está lleno de gente y en el centro veo a Elvira Lindo. Cruzo una mirada con ella. Me hubiera acercado a mostrarle mi admiración como escritora pero sé que no lo haré. No sé cómo hacerle ver a Yolanda que la tiene a la espalda. Se abren las puertas y me acerco al oído para decírselo. “Ya lo sé, la he visto”. No sé cómo pero la ha visto.
  La sala es un semicírculo a modo de anfiteatro romano pero más pequeño y con un poco más repertorio tecnológico: iluminación perfecta, pantallas, dos mujeres turnándose en el lenguaje para sordos. Solo quedan algunos sitios en los extremos y allí nos sentamos. Contemplamos a la gente. Yolanda me dice que hay una mujer cerca que cree que es una actriz. Debe tener unos sesenta y tantos. No me suena de nada. La busca en internet porque creía recordar el nombre y ¡acierta! ¿Cómo se llama? No lo recuerdo. La admiro un poco más, a Yolanda. Es un radar. “Esa es su hija”, “ese es su hijo”, “esa debe ser la de la editorial”.
  Aparece el anfitrión con un retraso de doce minutos. A su lado hay una periodista muy joven que va a ser la que dialogue con él. Podría saber su nombre pero me da pereza. Ella comienza a hablar sin presentarse. Pero antes Javier Cámara, que debe ser bastante amigo de ambos, de Elvira y de Antonio, lee un párrafo del libro. Justo el párrafo que leí el día que lo compré: una sucesión literal de noticias sacadas de los periódicos y que juntas adquieren una fuerza brutal: vaya mierda de mundo tenemos.
  Resumen más o menos de lo dicho por Antonio: La ciudad es para recorrerla a pie, la mejor forma de conocimiento, a la altura de los fotógrafos. Une versos, frases y titulares y el conjunto forma algo nuevo con mucha fuerza. Nos parece normal que en este país la gente pueda caminar libremente por la calle sin miedo o dificultad  pero eso no existe en otras ciudades. Antes Yolanda y yo coincidimos en pensar que el centro de las ciudades modernas está siendo despojado a las clases humildes y trabajadoras para cederlo al poder del dinero. Luego, en la charla, Antoniomm viene a decir lo mismo. Hace una divagación bastante divertida sobre el lenguaje de la publicidad: seducción, nos hacen creer que hay un equipo humano, bondadoso y desinteresado que nos ayuda en todo, que nos mima. “Te mereces todo”, “Donde tus fantasías se hacen realidad”, “Vive todas tus vidas”.
  Cuenta una anécdota en la que el público ríe. Dice que una vez vio a una mujer muy atractiva en el metro. Iba ésta leyendo y quiso saber qué leía. Vio que era un libro de Paulo Coelho y dice que toda la impresión positiva que hasta entonces había tenido se le había venido abajo. Se oyen algunas carcajadas pero en el fondo no tiene mucha gracia. Por lo menos, pensé, la chica no iba jugando al tetris o al crashpi o como se llame, como van muchos y muchas en los transportes públicos.
  Ahora presiento que el libro me va a gustar más de lo que creía porque tiene eso que me gusta tanto de los diarios: frescura, ideas que quizá  no entrarían en una novela, chispazos de inspiración, noticias o conversaciones al vuelo. Como hace de alguna manera Trapiello. Son seres capaces de salir a la calle y cazar instantes que luego saben llevar con arte al papel. Confiesa Anotiomm que ya tenía en fase de corrección una novela pero que esta manía de anotar en papelitos infinidad de cosas, ese ir pegando cosas de aquí y de allá le hicieron postergar su edición. Vamos, que se ha vuelto un maníaco cosista.
  A Antoniomm le he visto algo desmejorado. Llevaba un pantalón beis que le caía realmente mal, como esos gordos que de pronto adelgazan veinte kilos y no les ha dado tiempo a comprar ropa nueva. Las piernas –para lo que dice caminar- sin tono muscular y los andares cansinos de alguien mayor. A Elvira la hemos visto mejor pero no mucho mejor. La última vez que la vi en vivo, en la Juan March hará cuatro años, estaba más lozana pero, para mí, sigue teniendo su atractivo.
  Javier Cámara vuelve a declamar algunos párrafos. Esta vez demoledores sobre la muerte de Lorca; sobre los detalles concretos que hubieron de acaecer aquella noche en que lo mataron. Es una prosa atravesada por una poesía fúnebre, una poesía que nos grita la muerte de un ser inocente, el peor crimen, como si nos llevaran con él a culatazos hasta el pelotón de fusilamiento.
  Cuando acaba, algo más de una hora, Yolanda me dice si esperaremos la fila que ya se ha formado para las dedicatorias. No merece la pena. Siempre he pensado que hay muy pocas cosas en la vida que merezcan un buen rato de espera en una cola.
  Nos vamos a tomar unos vinos a un bar gaditano que hay cerca de la Plaza de Santo domingo. Yolanda, menuda, pizpireta, fijándose en todo, sortea a la gente como una esquiadora de eslalon. A mí, que también voy siempre caminando muy deprisa, me cuesta seguirle el ritmo. Pasamos por la Central porque quiere, tiene el impulso, de comprar el Walden de Thoreau. ¿Qué le puedo contar del libro que leí hace unos pocos de años? Apenas que fuera un tío muy inteligente que se fue al bosque a vivir solo a una cabaña a fundirse con la naturaleza y que estaba un poco hasta la coronilla de la sociedad y de los políticos. Es difícil contar un libro mientras va uno con la lengua fuera persiguiendo a una mujer debajo de una fina lluvia a lo Blad Runner. Es más la buena o mala sensación que nos causa su lectura. Esta frase que leo ahora en la tranquilidad de mi buhardilla la subrayé en mi ejemplar:
“Creo que es saludable estar solo la mayor parte del tiempo. La compañía, incluso la mejor, se hace pronto cansina y nociva. Me encanta estar solo. No he encontrado un compañero que me acompañe mejor que la soledad. Normalmente estamos más solos cuando nos reunimos con los demás que cuando  permanecemos en casa”.
  En el bar restaurante charlamos de muchos temas. A los que nos gusta leer tenemos, creo yo, una mayor facilidad para sentirnos bien aunque estemos solos. Tengo amigos a los que les cuesta hacer algo si no es en compañía. A Yolanda y a mí, coincidimos, nos gusta pasear solos, correr solos o ir al cine, solos.
  Pedimos unas berenjenas, una ensaladilla rusa y unas croquetas de camarones de lo más potente. Hay gente para ser un martes. Las berenjenas están cortaditas en rodajas muy finas y fritas con miel de caña. En las paredes más de tres mil botellas nos contemplan. Nos contamos un poco la vida como se la cuentan personas que apenas se conocen: con verdadero interés. En casa muchas veces hemos comentado que hablamos, decimos cosas, y no nos escuchan. La fuerza de la familia, de la costumbre. También que estas cosas, como salir una tarde a escuchar una presentación de un libro de un autor que nos gusta, es una manera de romper la rutina en la que estamos metidos todos; aunque nos guste nuestra vida y estemos con las personas más importantes de nuestra vida. Los días se parecen tanto unos a otros que se hacen como paquetes de tiempo que se nos escapa entre los dedos. Cuando uno viaja –Yolanda ha viajado mucho- es como si se rompiera ese paquete y se dijera: “salí de casa hace tres o cuatro días y parece que llevamos fuera tres meses”.
  Después de una tarde tan agradable nos fuimos hasta el metro de Callao, nos abrazamos encantados de habernos conocido, con el deseo de que próximamente, y con otros coblogueros que se apunten, hacer una quedada con cualquier motivo, por ejemplo el día que vaya Antonio a firmar libros a la feria del libro, y cómo no, tomarnos unas cañas. 
  Una tarde inolvidable de verdad. El libro de Antonio lo empezaré a leer cuando acabe las apenas cien páginas que me quedan de Trapiello. No da la vida para tanto.