miércoles, 14 de octubre de 2015

GERALD BRENAN. EL LABERINTO ESPAÑOL.




  Muchas veces, discutiendo sobre política, digo que un suceso de la historia no puede explicarse como una fotografía. Hay que explicarlo como una película. Por qué han pasado las cosas; de qué hechos del pasado vienen estos que pasan.
  Cuando estalló la Guerra Civil Gerald Brenan estaba en Málaga. Fue al tinte desde Churriana a recoger unos pantalones y a comprar un libro en la calle Larios; libro que no tenían. Se compró la prensa, fue a un café y allí leyó lo del 18 de julio.  Cuando pasaron los días y vio que aquello iba en serio y que la vida corría peligro, se marchó a Inglaterra. Y allí se rodeó de libros e intentó explicarse qué demonios estaba pasando en España. Cómo habíamos llegado a eso. Y entonces, cuando más o menos lo tuvo claro, escribió este libro. Le costó lo suyo.
Desde que leí Al Sur de Granada el gran Gerardo es de mis favoritos; sin embargo hay pocos libros suyos editados. Hace un par de años leí su biografía, El Castillo Interior, de Jonathan Gathorne-Hardy y ahí se contaba todo esto: El Laberinto Español, Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil. Sólo alguien que viene de fuera, no contaminado, puede entendernos. Alguien que, desde luego y sobre todo, nos quería como pueblo, con todos sus defectos y miserias. Me ha recordado, está narrado, en una forma parecida a la voz en off de la periodista Victoria Prego en los documentales de la Transición. Es una forma de recordar nuestra memoria histórica de lo más divertida, y no tan tremendista como la de la periodista madrileña. Quizá muchos no estarían de acuerdo con lo que se cuenta en estas páginas. Y es que han pasado más de setenta años de todo aquello. Ha dado tiempo a cepillar muchas "cosas". Nos recuerda por ejemplo de qué iban los catecismos en años tan cercanos como los años veinte para entender de qué iban las pretensiones y la línea moral de la Iglesia en aquella época:
  “¿Qué pecado es el liberalismo? Un pecado gravísimo contra la fe. ¿Por qué? Porque consiste en una colección de herejías condenadas por la Iglesia. ¿Es pecado para un católico leer un periódico liberal? Puede leer las cotizaciones en Bolsa. ¿Qué clase de pecado comete el que vota a un candidato liberal? Generalmente pecado mortal”. Estoy seguro que este párrafo le encantaría leerlo a Esperanza Aguirre.
  Siempre que leo un libro que me gusta mucho estoy más contento que de ordinario. No sé, me resulta cautivador saber que aún me quedan doscientas páginas de letra apretada y fascinante.
  Defectos: es tanta la materia a tratar en España desde la Restauración que siempre se tratan temas de forma superficial e inexacta, como por ejemplo el paso por la Guerra de Marruecos o el levantamiento de la Generalidad en la República. Pero con el estilo se puede perdonar todo.
  Ver a Gerald Brenan ante la caída en desgracia del general Primo de Rivera. “Era un típico desenlace a la española. No existe otro pueblo tan dado a elevar héroes; ninguno, tampoco, más pronto en echar abajo al héroe que continúa triunfando. Y en España no hay nadie que pueda triunfar y mantenerse mucho tiempo sobre la multitud”. Cómo nos conocía el de Bloomsbury.
  La edición que conseguí en la Cuesta de Moyano es la de Ruedo Ibérico, traducido por Cano Ruiz, del año 1962. 53 años. Los que yo tengo. 10 euros. Muchas horas de edificante lectura.

viernes, 9 de octubre de 2015

JULIO CESAR, LA GUERRA DE LAS GALIAS.



 

 Recorriendo por enésima vez la sección de historia de la Casa del Libro, vi una apetitosa edición del año 2010 (de la prestigiosa editorial Gredos) de La Guerra de las Galias, de Julio César. Ya la había visto antes pero lo que suele pasar es que se queda dentro el deseo y cuando te pilla débil… pues caes. Eso es lo que me ha pasado también, sin caer todavía, con la historia de Cuba del gran Huhg Thomas. Imagino que el autor seguirá con sumo interés las últimas novedades en la isla. Pero a lo que voy que me despisto.
  El libro del político y escritor romano fue escrito en el siglo I antes de Cristo pero parece que ha sido escrito en la última edición de cualquiera de las mejores revistas de reportajes históricos de la actualidad. Incluso con el mismo sensacionalismo contenido de los grandes autores. El libro relata las siete campañas que el autor lideró por las tierras que hoy en día componen los países de Francia, Bélgica, Holanda y parte de Alemania, y un poco de Inglaterra. Leyendo algunos de los relatos de batallas no he podido evitar recordar la primera y grandiosa escena de Gladiator. Cuenta que muchas veces los soldados estaban aterrados por la perspectiva de enfrentarse con rudos, agresivos y gigantes  luchadores de Bretaña. Pero debió ser un gran general y tener un potente ejército porque siempre consiguió la victoria. Siete capítulos para siete años de campañas.
  El libro es el informe de un general que ama la escritura. Y se nota. Quizá se exceda en el auto elogio y el de sus lugartenientes pero, ¿acaso no se ha hecho eso mismo a lo largo de la lista de vencedores de guerras?
  Se suceden descripciones sobre el carácter y las costumbres de los enemigos. Sobre las creencias de sus enemigos. Es curiosa la cercanía que existía entre los druidas y los jueces. Tanta que casi se mezclaba. “Los druidas atienden al culto divino, ofician en los sacrificios públicos y privados, interpretan los misterios de la religión: a ellos acude gran número de adolescentes para instruirse, y les tienen mucho respeto. Pues ellos sentencian casi todas las controversias públicas y privadas y, si se comete algún delito, si ocurre alguna muerte, si hay algún pleito sobre herencias o linderos, ellos son los que deciden y determinan los premios y los castigos”.
  Eso es conocer al enemigo tanto como a los propios soldados. Si vas a matar a tu semejante al menos saber de qué va. Aquí, en nuestras guerras civiles nos hemos matado entre hermanos y pensábamos que tenían rabo y cuernos. Y así no se puede ganar guerra que se precie. Y menos convencer.

lunes, 5 de octubre de 2015

Hannah Arendt. Sobre la Violencia. Yasunary Kawabata. La Casa de las Bellas Durmientes.




 
  Estos son los libros que me llevé al Camino de Santiago portugués. La Casa de las Bellas Durmientes, de Kawabata, y Sobre la Violencia, de Hannah Arendt. Quizá un contrapunto, porque no puede haber libros más antagónicos. Lo único que los une es la finura y el poco peso de ambos. El llevar poco peso en las caminatas es un lujo que uno debe siempre supeditar a casi todo. T.E. Lawrence llevaba en sus viajes un ejemplar de Apuleyo, El Asno de Oro; Leigh Fermor llevaba siempre a Horacio consigo, etc.
  El desarrollo industrial en el siglo XX, la tecnología, hizo que la violencia alcanzara proporciones nunca vistas. De ese hecho reflexiona con sabiduría la escritora alemana, estadounidense y judía. Para su estudio se apoyó mucho en la obra de Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia: “Los problemas de la violencia siguen siendo muy oscuros”. En fin, un librito muy hondo que nos hace pensar en la esencia del hombre, que es en definitiva un animal con capacidad suficiente para destruir su propio mundo.
  El libro del japonés es un libro que parece contener gotas de opio. Los personajes, ancianos en el final de sus días, pagan por estar durmiendo en lechos donde jóvenes duermen también ayudadas por narcóticos. Ellos parecen absorber estando a su lado, esa energía juvenil que ya perdieron hace tiempo. Tienen prohibido tocarlas, pero entonces, uno de ellos se salta la prohibición y la inspecciona, a una de las varias que menciona. Utiliza una palabra varias veces para describir lo que ve, lo que observa: pulcritud. Y así es la prosa del Nobel japonés: pulcra, extraña, pausada, tranquila, como esos estanques donde flotan indolentes las flores del loto. Sí, pero a la vez nos muestra un inquietante contrapunto entre la sexualidad y la muerte. Un librito que leí casi de un tirón en el trayecto de tren desde Santiago a Madrid. Una paz y concentración mental que solo interrumpió la perorata incesante de la compañera de vagón sentada a mi derecha. Solo deseo que se enrolle con su interlocutor. Ya sería bastante el castigo.

domingo, 4 de octubre de 2015

LIBROS EN EL PUNTO LIMPIO




   Otra anécdota sobre la sobreoferta de libros. Ayer por la mañana, después de reunir una gran cantidad de cachivaches inservibles, lámparas y mantas viejas, sillas rotas, cajas de revistas antiguas, etc, me fui con el coche cargado al punto limpio. Allí fui tirando las cosas en los contenedores apropiados. El encargado me amonestó: “Oiga, el estor no se puede tirar donde el papel”. Le dije que era tela y pensé que se reciclaba de la misma forma. “No, porque tiene metal y hay que tirarlo donde el metal. La próxima vez pregunte”. El mundo del reciclaje, como el del Señor, es inescrutable. Pero ya no le estaba escuchando. En el contenedor de papel un matrimonio iba depositando docenas de libros. Los iban dejando en el borde. Les pregunté si era para tirarlos. “Claro”, me respondieron. “Los dejamos aquí por si alguien se los quiere llevar. Mejor que se aprovechen”. Muchos eran libros de economía y algunos en inglés. Les miré a la cara por ver si estaban tristes. No lo parecía. Descarté los más técnicos y me fijé en algunos clásicos. Elegí los siguientes: uno de relatos de Clarín, El Asno de Oro de Apuleyo (en el prólogo dice que T.E. Lawrence lo llevaba siempre encima en sus guerras con los árabes), El Conde Belisario, uno de los pocos que no tenía de Robert Graves, y La Democracia en América de Tocqueville, subrayado por la dueña con verdadero interés a tenor de los colores e intensidad de las líneas.  
  A mí jamás me pasará esto. Nunca me desharé de mis libros y estos que digo ya están en la capilla de salida para cuando les llegue el turno.

viernes, 2 de octubre de 2015

GIOVANNI GIACOMO CASANOVA. MEMORIAS.



   
Editorial Mediterráneo. Madrid, 1973.
  Allá por el mes de junio, antes de que el calor se instalara para siempre en el asfalto de Madrid y en mitad de la quincena de la feria del libro del Retiro, pasé de vuelta por la Cuesta de Moyano hacia el metro. Allí, en ese mercado de género crudo pero alimenticio, cuando la luz era ya incierta y caían finas y esporádicas gotas de lluvia, encontré solo un puesto abierto. El hombre ya estaba cerrando y más por pena y solidaridad que por otra cosa, me detuve y compré por menos de lo que cuesta un café –aunque eso siempre es relativo, que se lo pregunten al ex presidente del gobierno-, un ejemplar de las memorias de Casanova y otro, En Ausencia de Blanca, de Muñoz Molina. Era un librito el del seductor italiano con letra de pulga. A partir de ahora, debido a la edad y delicadeza de los ojos, no volveré a comprar un libro con las letras tan pequeñas. Eso es como fumar: acorta la vida de las personas; en este caso el esfuerzo de leer los diminutos caracteres acorta la vida de los ojos, de la lectura. Y no quiere uno pertenecer al club de los dones y la ironía.
  Las memorias de Casanova están llenas de aventuras amorosas desde que se convirtió en poco más que un adolescente. Sabía aprovechar el tiempo. En no pocas ocasiones debió poner pies en polvorosa porque había seducido a esta o aquella mujer, generalmente casadas o comprometidas. Al parecer a ellas también les gusta. Cómo no caer rendidas por un seductor profesional; ellas generalmente aburridas y encerradas en casas lúgubres con pocas visitas. Pero otra cosa que le gustaba era viajar, así que no tenía muchos problemas en cambiar de vida.
  De entre todos los sitios en los que recala uno de los más interesantes es España; normal. Tuvo no pocos problemas con las autoridades. Incluso estuvo preso un tiempo por haber seducido a la mujer del capitán general de Cataluña. Tuvo como protector al Conde de Aranda y le salvó de no pocos aprietos.
  En Zaragoza visitó una plaza de toros y se quedó asustado. “En Zaragoza las corridas de toros son más brillantes que en la capital. Ocurre algunas veces que la lucha acaba con la muerte de algún torero. No comprendo el interés que muestran los españoles por este espectáculo; hay que ser español para gustar su encanto”. Ahora se diría que es un taurino frente a los animalistas.
  Y para terminar una pulla: “¡Cómo te compadezco, pueblo español! Los bienes que la naturaleza ha prodigado en tu suelo, son la causa de tu eterna miseria; esa belleza y tu riqueza natural han causado tu indolencia y tu incuria, del mismo modo que las minas de Méjico y Perú han alimentado tu orgullo y tus prejuicios. Y aunque esta opinión semeje una paradoja, encierra una gran verdad. España necesita regenerarse, lo cual sólo puede ser resultado de una invasión extranjera, única capaz de reanimar en el corazón de los españoles el fuego del patriotismo y de emulación que amenaza extinguirse por completo. Si España llega alguna vez a ocupar, dentro de la gran familia europea, su glorioso rango, temo que sea a costa del más terrible trastorno. Sólo el estampido de la pólvora puede despertar esos corazones de bronce”. Justo después de este párrafo conoce a la italiana mujer del capitán general. Él era así.