martes, 11 de diciembre de 2012

CASEY CALBERT

  En alguna parte leí sobre él y por eso lo tenía anotado en mi fatídica lista.  Sin más: su nombre y las fechas vitales; su nacimiento y su suicidio en Roma (era un ser fascinado con la muerte). Pocas cosas hay escritas de él en la Wikipedia y afines así que me metí directamente en la sección de libros de Google. Cómo me gustaría ver el futuro donde cualquier libro, libre ya de derechos de autor, esté al alcance de un clip.   Enseguida he visto que era un americano nacido en Baltimore y habanero durante la mayor parte de su vida. Amigo de Cernuda, Valente, Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, entre otros muchos. Homosexual tartamudo.
  Trabajó como traductor para las Naciones Unidas.
  Según cuenta Luis Cino, periodista independiente cubano, Casey era un tipo “muy inteligente, tímido, flaco, pálido, medio calvo, con gruesos espejuelos de miope y varios tics nerviosos. Según Cabrera Infante, algunos de sus amigos lo apodaban La Gaguita. Gustaba pasear por los cementerios y vivía en la calle Oficios, en La Habana Vieja, con un amante mulato que lo inició en la santería”.
  Escribió poco y al parecer lanzó un manuscrito al Tíber por algún desengaño amoroso. Solo terminó una novela: “Notas de un simulador” y algunos cuentos. Sus cartas fueron vendidas a universidades americanas por cubanos necesitados.
  Lo encontraron muerto por una sobredosis de barbitúricos el sábado 17 de mayo de 1969 en su apartamento romano.

lunes, 22 de octubre de 2012

El cachorrillo



  El estupendo relato que acabo de leer en un blog  me ha recordado enseguida a lo que nos pasó a mis hermanos y a mí cuando éramos jovencillos. La perra de una vecina tuvo también cinco o seis cachorrillos. No eran de raza pura pero el amor por los animales de todos nosotros hizo que a todos les buscáramos acogida en diferentes casas. A todos menos a uno. Nació raquítico. No podía comer nada y la perra lo apartaba. La vecina nos encargó a mis dos hermanos y a mí que lo sacrificáramos. Era un perrillo apenas formado, con los ojos cerrados y la tripa hinchada de algo que no era natural. Sufría. Todavía nos reímos cuando recordamos las reuniones previas en las que discutimos cómo lo haríamos. ¿Cortarle por la mitad con el hacha que tenía nuestra madre para trocear el conejo o el pollo? ¿Sumergirlo en la bañera hasta que muriera ahogado? ¿Hacerle tragar lejía hasta que dejara de respirar? Teníamos serias dudas de qué método emplear. Sin embargo no tuve dudas de que yo sería incapaz de hacer nada en contra del pobre animal. Mi hermano, más decidido, lo metió en una bolsa y salió solo hacia la calle. Volvió a la media hora. Nos contó que lo estampó con fuerza contra una pared de hormigón. Luego lo enterró. A mí me pareció un acto cruel. Pero nunca he terminado de agradecérselo bastante.

martes, 16 de octubre de 2012

ALEJANDRA PIZARNIK

  En un verso de esta poeta argentina se dice ¡con veinte años!: “para qué tanta vida”. Creo que ella se veía una anciana desde que era una niña, o una niña desde que era anciana.
“Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.
Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado”.
Alejandra nació en 1936, en Buenos Aires, donde estudió letras, filosofía y pintura. Era una muchacha tímida, que tartamudeaba al hablar, y que padecía de ataques de asma. Para aliviar en algo esos males, su padre decidió costear su primer poemario, que publicó a los 20 años. Por esa época comienza a consumir anfetaminas y su padre la cita para que la asistiera un psicoanalista a quien luego dedicaría varios poemas.
Poco tiempo después viajó a Europa y vivió cuatro años en París. En esa ciudad siguió escribiendo y publicando sus poemas, escribió artículos sobre Cortázar y Breton, y además tradujo a Artaud. Sus libros desgarradores son muy bien recibidos.
Alejandra siempre se consideró una niña o una adolescente, tanto así que en su diario personal escribe a los 30 años: "Me miro en el espejo y parezco una adolescente. Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad". En setiembre de 1972 se interna en una clínica psiquiátrica y allí ingiere 50 pastillas de Seconal para acabar con su vida.

martes, 9 de octubre de 2012

Ningún hombre se parece a otro.



   

  "El ambiente hasta entonces tenso de la casa de Víbora Park se tornó fúnebre. En pocos meses mis padres se convirtieron en unos ancianos que vivían prácticamente encerrados en su habitación. Mi casa olía a tumba y a culpa, y para escapar a aquella atmósfera me transformé en una especie de fujitivo, que pasaba todas las horas posibles en mi trabajo y al salir me sentaba en la Biblioteca Nacional a leer sobre la vida y la obra de los escritores suicidas (me dio por eso, y aún sigo sin saber de dónde me había brotado aquella necesidad casi necrófila)". 
  Leonardo Padura. 
  Sobre este gran escritor cubano: ayer fui a ver 7 días en la Habana. El guión podría haber sido un manojo de buenos cuentos pero en las manos de Benicio del Toro se han convertido en una película insoportable.   



  "Tengo sesenta años y mi organismo quiere cobrarme los excesos a que lo sometí. Ojalá me regale un fin rápido, que no me obligue a sufrir una larga agonía, como la de Lenin. Pero si ése fuera el caso y me viera imposibilitado de llevar una vida medianamente normal, quiero reservarme la decisión de poner fin a mi existencia: siempre he pensado que es preferible un suicidio limpio a una muerte sucia".
  León Trotski.



miércoles, 3 de octubre de 2012

VERANO DEL DOCE

    He reflexionado estos días en qué es lo que lleva a los grupos humanos al enfrentamiento. En España hemos tenido una época de gran prosperidad. Nunca en la historia habíamos tenido tanta paz seguida. No ha habido grandes cataclismos naturales, hemos recibido generosos fondos europeos, hemos construido como cien mil hormigueros juntos. Mucha gente era próspera y mucha gente de todo el mundo venía a buscarse aquí la vida. Y sin embargo estamos otra vez en la antesala de un grave conflicto. Creo que no hemos descubierto todavía la forma de convivencia medianamente perfecta. La riqueza y el poder siempre tienden a concentrarse. Es mentira eso de la democracia y eso de la soberanía del pueblo. Llega un momento en que a los poderosos, enfrascados en sus luchas ruines, les importa un comino cómo viven los gobernados. Entonces aparecen las revoluciones, la gente sufre y muere y todo vuelve a empezar. Cambiarlo todo para que todo siga igual, como se decía en el Gatopardo. ¿Dónde se halla el gobierno perfecto? Si nos imponemos un régimen duro que evite la corrupción y el despilfarro nos seguimos convirtiendo en monstruos. Ya se ha intentado con resultados catastróficos. Las herramientas encargadas de las supervisiones, cada vez más y cada vez más controladas por el mismo poder, no han servido para nada. ¿Estamos condenados a que apenas una generación pueda vivir en paz?
  El veinticinco de septiembre empezaron las manifestaciones que quizá nos lleven a otra realidad, a otra forma de relacionarnos. No sé si será mejor o peor pero lo que está claro es que ésta actual, no funciona.
  Se ha acabado el verano. Lo recordaré el resto de mi vida. No siempre se cumplen cincuenta años. He asistido a grandes conciertos. He viajado a sitios bonitos con amigos, con la familia. Nunca olvidaré los acantilados salvajes de las Islas Cíes, los pueblecitos encantadores de la Extremadura profunda, los apacibles días en la costa murciana.
  He leído buenos libros. El que estoy leyendo ahora, extraordinario: El hombre que amaba a los perros. A veces uno abre un libro y sabe que se convertirá enseguida en una referencia. Historias de hombres reales, que recorren un camino lleno de dificultades para encontrarse, para finalmente, matarse. Trotski y Ramón Mercader.