martes, 9 de octubre de 2012

Ningún hombre se parece a otro.



   

  "El ambiente hasta entonces tenso de la casa de Víbora Park se tornó fúnebre. En pocos meses mis padres se convirtieron en unos ancianos que vivían prácticamente encerrados en su habitación. Mi casa olía a tumba y a culpa, y para escapar a aquella atmósfera me transformé en una especie de fujitivo, que pasaba todas las horas posibles en mi trabajo y al salir me sentaba en la Biblioteca Nacional a leer sobre la vida y la obra de los escritores suicidas (me dio por eso, y aún sigo sin saber de dónde me había brotado aquella necesidad casi necrófila)". 
  Leonardo Padura. 
  Sobre este gran escritor cubano: ayer fui a ver 7 días en la Habana. El guión podría haber sido un manojo de buenos cuentos pero en las manos de Benicio del Toro se han convertido en una película insoportable.   



  "Tengo sesenta años y mi organismo quiere cobrarme los excesos a que lo sometí. Ojalá me regale un fin rápido, que no me obligue a sufrir una larga agonía, como la de Lenin. Pero si ése fuera el caso y me viera imposibilitado de llevar una vida medianamente normal, quiero reservarme la decisión de poner fin a mi existencia: siempre he pensado que es preferible un suicidio limpio a una muerte sucia".
  León Trotski.



miércoles, 3 de octubre de 2012

VERANO DEL DOCE

    He reflexionado estos días en qué es lo que lleva a los grupos humanos al enfrentamiento. En España hemos tenido una época de gran prosperidad. Nunca en la historia habíamos tenido tanta paz seguida. No ha habido grandes cataclismos naturales, hemos recibido generosos fondos europeos, hemos construido como cien mil hormigueros juntos. Mucha gente era próspera y mucha gente de todo el mundo venía a buscarse aquí la vida. Y sin embargo estamos otra vez en la antesala de un grave conflicto. Creo que no hemos descubierto todavía la forma de convivencia medianamente perfecta. La riqueza y el poder siempre tienden a concentrarse. Es mentira eso de la democracia y eso de la soberanía del pueblo. Llega un momento en que a los poderosos, enfrascados en sus luchas ruines, les importa un comino cómo viven los gobernados. Entonces aparecen las revoluciones, la gente sufre y muere y todo vuelve a empezar. Cambiarlo todo para que todo siga igual, como se decía en el Gatopardo. ¿Dónde se halla el gobierno perfecto? Si nos imponemos un régimen duro que evite la corrupción y el despilfarro nos seguimos convirtiendo en monstruos. Ya se ha intentado con resultados catastróficos. Las herramientas encargadas de las supervisiones, cada vez más y cada vez más controladas por el mismo poder, no han servido para nada. ¿Estamos condenados a que apenas una generación pueda vivir en paz?
  El veinticinco de septiembre empezaron las manifestaciones que quizá nos lleven a otra realidad, a otra forma de relacionarnos. No sé si será mejor o peor pero lo que está claro es que ésta actual, no funciona.
  Se ha acabado el verano. Lo recordaré el resto de mi vida. No siempre se cumplen cincuenta años. He asistido a grandes conciertos. He viajado a sitios bonitos con amigos, con la familia. Nunca olvidaré los acantilados salvajes de las Islas Cíes, los pueblecitos encantadores de la Extremadura profunda, los apacibles días en la costa murciana.
  He leído buenos libros. El que estoy leyendo ahora, extraordinario: El hombre que amaba a los perros. A veces uno abre un libro y sabe que se convertirá enseguida en una referencia. Historias de hombres reales, que recorren un camino lleno de dificultades para encontrarse, para finalmente, matarse. Trotski y Ramón Mercader.


miércoles, 25 de julio de 2012

LEÓN ARTIGAS


67. León Artigas fue otro poeta que decidió dejar una nota de despedida antes de suicidarse. Lamentó no haber seguido los consejos de su padre, dedicado a dar martillazos todo el santo día en la herrería. También dejó constancia de lo que le asqueaba el mundo.
  El 14 de febrero de 1984, se introdujo el cañón de una pistola entre los dientes y disparó. Sucedió en Badajoz.

Imploraré tan sólo un destello
cegador de lucidez
para devolverle a Dios
un cadáver de lujo.

domingo, 17 de junio de 2012


  El verano ha llegado ya a tiempo completo. En verano se vive más en la calle porque la luz da vida y alegría. Salgo a pasear a menudo con mi bicicleta por el bosque cercano. Las plantas sueltan un olor especial, pegajoso. Riego cada tarde las plantas que tenemos en el patio y me gusta ver cómo sacian la sed que debe dar el calor acumulado del día. Cuando se ha ido el sol suelo salir a leer algo con una copa más bien ligera, echando al vaso plantas aromáticas que tengo en alguna maceta: hierbabuena, albahaca, tomillo… Otras veces me calzo mis sandalias de andar, me pongo los auriculares y me voy a dar grandes paseos. La música que escucho en verano es casi siempre salsa cubana. No me apetece, como en invierno, escuchar música de Mozart de Haendel o de Bach. La salsa me levanta el ánimo y me hace recordar o imaginar escenas de cuando voy a bailar. Me encanta también tomar pequeños baños de sol, no más de quince minutos y darme un chapuzón rápido si acaso.
  Como no he tenido suerte con los dos últimos libros que he comprado para leer y me he hartado, estoy releyendo El Cuaderno Gris de Josep Pla. Estoy volviendo a disfrutarlo casi más que la primera vez porque sé las agradables sorpresas que me va a deparar. Algunas entradas del dietario son cortas pero en otras se explaya en explicar, por ejemplo, cómo es para él la historia de un primer amor. Pla analiza las relaciones de sus paisanos como si fuera un entomólogo observando las evoluciones de un hormiguero. “Es la lucha que una persona que no tiene nada que decir ha de realizar para decir alguna cosa. Estas luchas son desagradables a más no poder y los hombre y las mujeres las llevan a cabo, generalmente haciendo trampas…”. Cuenta algunas excursiones, generalmente sosas, a pinares o a la playa. Me ha hecho recordar una de las primeras veces en las que fuimos con chicas de excursión a la Casa de Campo. Cuando se acabó la cerveza y todos se fueron emparejando en apartados escondites sombríos quedamos mi enamorada y yo frente a frente sentados en la hierba sin ser capaces de decir ni una palabra; sin tocarnos si quiera una mano. Solo al final, viendo que se acababa la tarde sin novedad alguna, fui capaz de darle un beso fugaz en los labios, un beso que ya a esas alturas ni venía a cuento.
  También habla Pla de veraneos en Calella, de sus impresiones del mar, de lo que se comía, del clima y del paisaje.
  Cuando yo tenía diecinueve años fui con mis padres a veranear a Calella. Un compañero de mi padre nos dejó su apartamento. Este se encontraba pegado a la carretera que venía de Barcelona. El apartamento era un sitio curioso rebosante de cosas generalmente inútiles. Tenía un piano de cola en el salón y es casi lo único que cabía a no ser por decenas y decenas de detallitos más o menos grandes: una trompeta en la pared, un elefante de porcelana con la trompa hacia arriba, abanicos, ceniceros, etc, etc. Una especie de museo de no se sabe qué cosa. Coincidió la cosa con las olimpiadas de EEUU. Por la madrugada me levantaba con mi hermano a ver los éxitos de la selección española de baloncesto. Un día conocimos a unas estupendas señoritas en la playa. Tenían un tipazo. Mi madre siempre nos decía que en la playa las chicas no engañan: la que tiene buen tipo lo tiene. Quedamos por la tarde para ir a tomar unas copas. Cuando fuimos a buscarlas al bar casi salimos corriendo. Vestidas eran aún más espectaculares. Enseguida me enamoré de una. Mi hermano era demasiado joven para elegir a la otra así que la cosa fue un poco coja. Bebimos, bailamos y la besé en el cuello. Luego acabaron las vacaciones y nos escribimos pero la distancia es lo que tiene; la cosa se fue enfriando y al final todo acabó.
  El amigo de mi padre, el dueño del apartamento, nos regaló el elefante. Mi madre lo tuvo durante años en el salón pero hubo una mala racha en la familia y lo achacó a la trompa del elefante. Y eso que no es supersticiosa, dice. El caso es que le arreó un escobazo y la cosa en la familia empezó a mejorar.

sábado, 5 de mayo de 2012

John Kennedy Toole





John Kennedy Toole fue un estudiante ejemplar. Se licenció en literatura por la Universidad de Columbia. Posteriormente trabajó en algo que en nada tenía que ver con sus estudios: trabajó como profesor de literatura. Ingresó en el ejército a comienzos de los años sesenta y siguió dando clases a los reclutas que llegaban a su base militar en Puerto Rico. Cuando acabó su servicio volvió a Nueva Orleáns y siguió dando clases. Era un tipo feliz; pero se complicó la vida y decidió escribir una novela. Una novela satírica: La Conjura de los Necios. ¿Las primeras palabras que aparecen en el libro?: “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. El caso es que envió su manuscrito a la editorial Simon and Schuster y posteriormente a otras y ninguna supo ver un ápice de valor a su escrito, así es que nuestro amigo se cogió un berrinche y una depresión de campeonato. Debo reconocer que alguna gracia me hizo la novela en cuestión, pero me temo que yo, de haber tenido alguna responsabilidad en alguna de esas editoriales, habría tomado la misma decisión. Por supuesto en aquel momento; ahora no, evidentemente. El tesón de su madre por ver publicada su novela, dio como resultado innumerables ediciones que llegan hasta la actualidad. Ahí entraríamos en un tema nuevo: ¿por qué hay artistas que sólo ven reconocido su valor cuando ya han muerto? ¿Podría un complot de críticos encumbrar a un autor mediocre? Creo que ahora está pasando eso. Pero el tiempo pone a todo el mundo en su sitio; y este autor ha pasado el examen del paso del tiempo. Comenzó a beber, abandonó sus obligaciones laborales, y se sintió el tipo más fracasado del universo. El veintiséis de marzo de 1969 en un paraje polvoriento y solitario de Mississipi, introdujo una manguera desde el tubo de escape hasta el interior del coche. Tenía 31 años.