viernes, 15 de julio de 2011

Andrés Caicedo


Otra colaboración de Juan Carlos Bondy:

"La vida de Andrés Caicedo me interesa más que su obra. Intenté leer su novela ¡Que viva la música!, pero la abandoné a las 40 páginas. Pero también he leído algunos artículos suyos sobre cine y aplaudo su entusiasmo (por cierto: ¿por qué será que la crítica de cine es más apasionada y efervescente que las tantas veces apática crítica literaria?), aunque alguna vez se permitió un desliz como maltratar, si no me equivoco, La naranja mecánica de Kubrick.
Caicedo nació en Cali, Colombia, en 1951. Siempre declaró que vivir más de 25 años constituía una verdadera vergüenza, así que desde muy joven trabajó en su obra literaria con dedicación vertiginosa. Caicedo hablaba y pensaba todo el día en su obra. Leía y escribía sin detenerse. A los 12 o 13 años ya tenía escritas alguna pieza teatral y un cuento. Se cuenta que había trazado un "plan de lectura" diseñado desde esa edad. A los 18 años ganó un premio de cuento en Caracas, Venezuela. En 1972 ganó el primer lugar en un concurso de cuento en Bogotá. Escribió también guiones de cine y llegó a viajar a Estados Unidos para venderlos a alguna compañía, pero ninguna se interesó en sus trabajos.
Su familia lo apoyó para publicar su libro El atravesado. Desde entonces se relacionó de modo intenso con el rock, particularmente con los Rolling Stones, al tiempo que escribía esa novela que he mencionado al principio: ¡Que viva la música! Caicedo la terminó y una editorial colombiana se propuso publicarla. El día que Caicedo vio un ejemplar de su libro, el 4 de marzo de 1977, tomó 60 pastillas de Seconal y dejó este mundo. Tenía 25 años."
Por Juan Carlos Bondy

sábado, 9 de julio de 2011

La muerte. De Montaigne.


Jorge Edwards cuenta en “La muerte de Montaigne” que Azorín citaba muchas veces al señor de la Montaña. Sobre la muerte. Azorín decía que paisanos suyos, campesinos dedicados toda la vida a las labores del campo vivían sin pensar jamás en la muerte y que cuando les venía morían con más naturalidad y elegancia que Aristóteles.

La novela de Edwards reconstruye a base de lecturas lo que pudo ser la vida del ensayista al final de su vida. Y la agonía. Está en la cama con la garganta hinchada con un tumor. Tiene fiebre y apenas puede hablar. Su mujer le ofrece un vaso de agua.

“-Tráeme –dijo él, porque ya deseaba quitársela de encima, estar un rato solo. Si no puedo estar solo en la muerte, pensaba, cuándo lo voy a estar. La soledad había sido vida, pensamiento, respiración, placer tranquilo, y lo normal, le parecía, era que ese transcurso, esa marcha, desembocara en la muerte sin mayores faramallas. Había pensado muchas veces que la muerte era la finalidad de la vida, que se vivía para morir. Pero más tarde, en años maduros, se había dicho que lo mejor era no pensar tanto: vivr, poner atención en cada minuto, en cada rama de árbol, en cada pájaro que volaba por encima de su cabeza, en cada rebuzno lejano, en cada pantorrilla hermosa, y después, en un momento cualquiera, sin darle mayor jerarquía que a otro momento cualquiera, morir”.

En eso estamos.

miércoles, 6 de julio de 2011

Jose María Arguedas.


Me recomienda mi amigo lector, El Cordero Estepario, que diga algo acerca de José María Arguedas. Para quien no lo sepa, aunque ya lo apunto en una de mis primeras entradas de este blog, hace muchos años que empecé este triste y apasionante inventario. ¡Claro que tenía a este escritor peruano, cómo no! No he leído nada de él, pero sí de lo que de él escribió Vargas Llosa. Quizá lo compre la próxima vez que tenga entre las manos un libro suyo, ese “El zorro de arriba” que dice. El caso es que hace unos años, cuando comencé a colgar estas entradas en un foro ya arcaico –creo recordar que era de la Fnac- otro amigo peruano introdujo en una de las entradas del tema del suicidio en la literatura su micro-biografía. El nombre de este amigo, también peruano y periodista, es Juan Carlos Bondy, y con su permiso, lo cuelgo ahora mismo.

“La vida de este escritor nacido en Andahuaylas, una de las ciudades más pobres y a la vez más hermosas del Perú, me interesó especialmente desde la publicación de La utopía arcaica, el libro que Vargas Llosa dedica a su obra y a su existencia. Desde muy joven, Arguedas padeció la muerte de su madre y la convivencia con una madrastra cruel. Ella no lo admitía como hijo propio y le tenía cierto resentimiento por razones tan numerosas como absurdas, incluso por un matiz racista (recordemos que Arguedas era blanco, de ojos claros, y sus hermanastros tenían rasgos mestizos).

Arguedas debió convivir entonces, al principio a la fuerza, con los criados y sirvientes de la casa; pero fue precisamente esta rica experiencia la que volcó en su futura obra literaria, integrando el mundo andino con el occidental. Quizá por ese motivo Arguedas es tan interesante: porque era un hombre de muchas culturas, de muchas contradicciones y de muchos padecimientos.

Arguedas se ganó una merecida reputación con sus hermosos cuentos y, al menos, con un par de novelas memorables: Yawar Fiesta y Los ríos profundos. Pero desde entonces sus problemas psicológicos se acentuaron y fue así como escribió Todas las sangres, una obra ambiciosa pero al fin y al cabo fallida. Por esa época se realizó en Lima un congreso dedicado a la literatura andina, especialmente a esta novela, y Arguedas fue atacado duramente, siempre en términos literarios, por los críticos y autores que impulsaban la floreciente literatura urbana o realista de un Ribeyro o un Vargas Llosa. Arguedas sufrió muchísimo con esta derrota y sus problemas mentales se acentuaron. Antes o después, ocurrió la famosa discusión con Julio Cortázar, sobre los escritores latinoamericanos que habían hecho su carrera en Europa, a quienes Arguedas reclamaba y, hasta cierto punto, abominaba. Cortázar lo despedazó en buena ley, con artículos y declaraciones coherentes.

Desde ese momento, la depresión de Arguedas se intensificó y ya no pudo detenerse. Se sometió a un tratamiento psicológico que lo llevó a liberar sus fantasmas con la escritura de El zorro de arriba y el zorro de abajo, pero no tuvo éxito. Un día, en su oficina de la Universidad de La Molina, en Lima, se dio un disparo. Agonizó un par de días y finalmente falleció”.

POR JUAN CARLOS BONDY

martes, 5 de julio de 2011

JAMES KENNETH STEPHEN


Se educó en Eton y King´s College. Fue tutor del próncipe Albert Victor Edward y primo de Virginia Woolf. James padeció la enfermedad mental que aquejó a varios miembros de la familia Stephen. Confinado en un hospital mental en 1891, murió en 1892 tras negarse reiteradamente a recibir alimentos. La variedad y brillantez de su talento quedan patentes en su primer libro de poemas, Lapsus Calami, y en la colección publicada póstumamente con el título de Quo Musa Tendis.

miércoles, 29 de junio de 2011

Lo mejor de la vida


La vida es que vayan apareciendo arrugas, pero hay que procurar que todas ellas lleven una sonrisa en el pliegue. R.G. de la Serna. Lo mejor de la vida es su brevedad de la que tan a menudo nos lamentamos. Schopenhauer.

miércoles, 15 de junio de 2011

Ingborg Bachman


En un artículo publicado por Rosa Montero en el EPS titulado “Mil y una maneras de matarse” cuenta que asistió a una charla titulada “Suicidio y literatura”.

Comprenderán que me hubiera hecho una gran ilusión asistir a dicha charla aunque hubiera sido solo de oyente. Leyendo el artículo de Rosa Montero observo que hace un resumen sobre lo que he dicho en este post a lo largo de los meses. Sólo de una autora que menciona no tenía conocimientos sobre su suicidio: Ingborg Bachman. He leído algunas entradas en diferentes páginas de internet y en algunas no está muy claro que fuera un suicidio. Pero el caso es que murió algunas semanas después de que se declarara un incendio en la habitación del hospital donde estaba, aunque otras fuentes digan que fue en su casa por un cigarrillo mal apagado. Parece ser que tomaba demasiadas pastillas, quién sabe.

Copio de epdlp parte de su biografía:

“novelista y narradora de relatos breves austriaca nacida en Klagenfurt (Corintia). Hija de un director de escuela, estudió Filosofía, Psicología, Filología Alemana y Ciencias Políticas en Innsbruck, Graz y Viena. Se dedicó al periodismo antes de escribir su primer libro de poemas El tiempo postergado (1953). A partir de entonces se convierte en un personaje público, no sólo por sus versos, sino por esa inusual combinación de sensualidad e inteligencia que llama la atención en un mundillo literario por entonces únicamente masculino. Mujer inaccesible y misteriosa, de extrema fragilidad, su voz quebrada y casi rota está llena de referencias filosóficas, desde Wittgenstein a Heidegger, pasando por Walter Benjamin o Simone de Beauvoir. Tuvo intensas relaciones con los escritores Paul Celan y Max Frisch, y más tarde atravesó duras crisis personales y de salud, evitando cada vez más las apariciones en público. Después de publicar su primer libro en prosa, A los treinta años (1961), se mantuvo durante diez años sin publicar apenas nada. Su siguiente libro, la novela Malina (1971), pasó directamente a la lista de los best-sellers, siendo considerada por eso la primera autora mediática de la literatura en lengua alemana. Otras obras suyas son, Tres senderos hacia el lago, Últimos poemas e Invocación a la Osa Mayor. Considerada como una de las más importantes poetisas post-bélicas, en los últimos años de su vida, Italia fue su patria adoptiva”.

lunes, 6 de junio de 2011

06/06/11


Hoy he tenido un sueño. No ha sido una pesadilla propiamente dicha pero me he despertado agitado. Soñaba que yo mismo me acariciaba, es decir, un yo acariciaba un cuerpo desnudo que era también yo. Ese cuerpo desnudo y tendido boca abajo estaba completamente tatuado en colores vivos. Me acariciaba a mí mismo mis nalgas y no me gustaba; veía en mí las formas familiares, mis formas. Que nadie piense que hay ahí amor propio alguno. Qué cosa extraña esto de los sueños, qué absurdo; pero me gusta anotarlo para recordarlo porque está hecho con materiales de olvido. Cerca, tumbada, se encontraba mi hermana, y al igual que yo, estaba desnuda y tatuada; y embarazada tal como está ahora en el mundo real. Eran unos tatuajes tan perfectos que parecían hechos en un lejano futuro. Le preguntaba a ella: ¿serán así para siempre? Y ella me respondía acariciándose su prominente y tersa barriga: claro.
Luego se ha producido una escena banal pero la más clara en significado, creo yo. Estaba en una cacería en el campo y disparaban a un conejo. Éste, herido, se refugiaba cerca de mí, temblando. Mi suegro, muerto hace unos años, intentaba apuntar con el dorso de su mano a la nuca del animal para rematarlo pero el conejo venía hacia mí buscando mi protección. Mi suegro se reía. El conejo se acercó tanto a mí que podía notar sus convulsiones, el latido alocado de su corazón.

Me he despertado y su corazón era mi corazón.

¿No puede ser que en los sueños se fabriquen seres que vengan a socorrernos en medio de un apuro? ¿De un peligro de muerte?

Supongamos que hago un experimento con alguien que duerma. Le introduzco suavemente algodones en los orificios de su nariz, en la boca. Se está ahogando, respira con dificultad, se comienza a envenenar su sangre. Seguro que esa persona en el sueño fabricará un ser, un objeto, que la lleve desde el sueño a la vigilia para que pueda ser salvada su vida. Se me ocurre el pitido de un tren, el relincho de un caballo, el susurro de amor de una mujer, el latido de un conejo.

Después de unos cuantos libros cuya lectura me ha defraudado estoy de lleno metido en uno de Ismail Kadaré. El que compré en la Casa árabe. El General del Ejército Muerto. Qué maestro de la narración, qué simplicidad a la hora de contar las cosas y qué difícil es conseguirlo.