Este libro lo vi en la librería de venta al peso ubicada dentro del mercado de San Fernando, en la calle Embajadores. Siete euros.
Empezó más o menos bien. Habla de sus abuelos y de sus padres y hermanos. La infancia del poeta y su juventud. El periodo donde va a ingresar en Oxford y la llamada a participar en la horrible campaña de Francia del año 14. Pero luego cada vez está más descabalada, más caótica y desordenada. Sabemos que es imposible recrear toda una vida en algo más de cuatrocientas páginas, la ingente labor de ordenar una vida en cada dimensión pero es difícil de tragar que en un mismo párrafo salte de un tema a otro como un saltamontes inquieto. El final es un corre que te pillo con poco sentido.
Cuando Robert Graves va a Francia para combatir en la I Guerra Mundial ya ha tenido contactos con otros poetas, casi todos antimilitaristas. Pero él defiende el honor y defiende el dar la vida por la patria. No obstante tenía ideas de izquierda como le reprochaba su padre. Muchos murieron en la guerra como Wilfred Owen. Apenas quedaba una semana para el armisticio. Tenía veinticinco años y era realmente atractivo. Pero alguien tenía que parar a los alemanes, ¿no?
Para mí la patria es un concepto abstracto pero primordial, como la salud o el dinero. Cuando la madre de Borges le dijo que estaba muy bien que le hubieran pagado cincuenta mil pesos por una conferencia, también le comentó que “el dinero no tenía ninguna importancia. El dinero sólo importa cuando falta: entonces, como con la salud, es casi lo único que importa”.
Me he enterado de cosas que desconocía y para mí ya me ha merecido la pena. Sé con quién se fue a vivir a Deiá, el pueblo cercano a Sóller donde tantas veces he estado. Laura Riding. Y sé qé fue de alguno de sus hijos. Sobre todo de la primogénita, Jenny, actriz, reportera, etc. Pero apenas dice cosas interesantes o profundas de lo que vivió aquí. Pasa de puntillas por la guerra. Se resume en una frase: Los fascistas gritaban, viva el fascismo mientras los republicanos callaban. Sin embargo da demasiados detalles innecesarios, tan íntimos que pareciera haberlos inventado.
Fue amigo del montañero Mallory, de Lawrence de Arabia, T.E. Lawrence, de Owen, etc. En Deiá sus amigos tenían que pasar por la aduana inflexible de su compañera Laura. Allí tejieron una red de admiradores y realizaron la difícil tarea de conectar la casa donde vivían con el mar, la cala donde tantas veces me he zambullido. Acantilados a ambos lados donde antes había casitas de pescadores y ahora hay un exquisito restaurante de pescado siempre lleno de turistas, al menos cuando hace buen tiempo, es decir, gran parte del año. También fueron amigos de Juan Marroig, un lugareño “conocido por el apodo de Gelat, un personaje simpático, buen vividor y pícaro que controlaba casi todo lo que sucedía en Deyá y que pronto mantendría un puesto importante en los afectos de Robert y Laura”.
Se sabía que estaba casado con una amante en el mismo pueblo y otra en Sóller. Los hay que tienen energía para exportar y regalar.
En fin, una biografía casi tan desordenada como esta absurda reseña. Pero mereció la pena.

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