viernes, 13 de febrero de 2026

EL FUEGO. HENRI BARBUSSE.

    La lectura de El Fuego, de Barbusse. A lo largo de los años me he ido encontrando a autores que han hecho referencia a este libro testimonial sobre lo que fue la guerra de trincheras en la I Guerra Mundial. Recuerdo a Baroja, a Stefan Zweig, Azaña, Sénder, Orwell, etc. Algunas veces intentaba dar con él en las librerías pero con nulo resultado. El caso es que estas pasadas navidades lo pedí como deseo. Y aquí lo tengo: Editorial Montesinos, 309 páginas del año 2009. El libro fue escrito con los campos aún sembrados de cadáveres y heridos: 1915.

  El libro, la novela, es ciertamente el ejemplo de texto antibélico. No hay nada heroico, nada destacable a no ser la de una carnicería insoportable. Dos países en guerra es más un suicidio que una lucha.

  El equilibrio entre varios millones de soldados entre uno y otro bando trajo consigo la parálisis de los frentes y la construcción de trincheras de varios miles de kilómetros. Y eso consume muchos cuerpos humanos, muchas vidas, muchas historias. Soldados y civiles sacados de sus vidas para alimentar la máquina. “Sería un crimen mostrar el lado hermoso de la guerra”.

 

  En una escena pasan hacia las trincheras después de un descanso en el miserable pueblo y por los carretilleros que trajinan con los cadáveres. Y hace una descripción de algunos: todos con sus muecas y desfiguraciones distintas. También se ven cartas que han caído de las ropas, enganchadas al viento por el barro. “Querido Henri, ¡qué buen tiempo hace el día de tu santo! El hombre está tumbado boca abajo; tiene la espalda rota hasta las nalgas por un profundo surco; su cabeza está medio vuelta hacia atrás; se ve su ojo reventado y, en la sien, la mejilla y el cuello, ha crecido una especie de musgo verde”.

 Me llamó la atención que empleara el término “cierzo” para referirse a un viento crudo, frío, propio más de Aragón, del valle del Ebro que a una región determinada de Francia. Pregunté a Geminis y me contestó que había sido una licencia del traductor para no tener que meter en español una expresión francesa que se hubiera entendido peor para un lector en español como yo. Por cierto que el traductor se llama Carles Llorach.

  “Muchos hombres que se abandonan al pasado al pasado y lo primero que hacen es ponerse a hablar de lo que comían”.

 

 “-Yo soy alcalde en mi pueblo –cuenta uno de los que están sentados- pero cuando vuelva nadie me reconocerá, de tanto tiempo que he estado triste”.

  Creo recordar que es Otto Dix quien tiene un dibujo donde se ven varios soldados embutidos debajo de tierra en huecos prácticamente del tamaño de sus cuerpos. Apuntan con sus fusiles a las paredes de barro. Más abajo esqueletos descansan portando sus armas y sus cascos. “En esos desolados agujeros en el suelo, los hombres inclinados con respeto ante esas bagatelas insignificantes, sin valor, tan pequeñas que la mano callosa las sostiene con torpeza y que fácilmente deja caer, parecen aún más salvajes, más primitivos y más humanos que en cualquier otro momento”.

 

  Como entretenimiento a veces pasaban el tiempo viendo deambular el vuelo de los aviones. Aviones de madera, hierro y tela que milagrosamente que no caían. Nada premonitoria pues el siguiente diálogo.

  “-Esas máquinas, nunca serán prácticas, nunca.

-¿Cómo puedes decir eso? Se han hecho tantos progresos y tan deprisa…

-Sí, pero el progreso se parará aquí. Nunca se conseguirá ya nada mejor nunca”.

  Se habla como nota a pie de página de las “madrinas”, mujeres que adoptaban a un soldado y mantenían correspondencia con él e incluso quedaban para verse en los permisos por ser de gran valor de aumento de la moral. Tener un incentivo para seguir viviendo. “Y nosotros vivimos frente a estos muertos, allí amontonados como leña viviente Para una hoguera”.

  A veces tiene un lenguaje terroríficamente poético. Se cuenta cosas de horror de manera bonita.

  Y las ratas inevitables en las guerras. Cuando el hombre entra en miseria aparecen las ratas en masa. Cuanto más hombres más ratas. “Siempre verás ratas muertas, quizá envenenadas, cerca o encima de cada cadáver. Mira, este pobre compañero nos va a enseñar las suyas. Con el pie levanta el cadáver aplastado y, en efecto, hay dos ratas muertas allí enterradas”.

  Y el agua que tanta actualidad despierta estos días, fuente de vida que se convierte a veces en sufrimiento. “Durante una época había creído que lo más infernal de la guerra eran las llamas de los obuses. Luego, durante mucho tiempo pensé que era asfixiarse en los sótanos que sin parar se derrumbaban sobre los soldados. Pero no, el infierno es el agua”.

  “Olvidé también mis sufrimientos de la guerra. Somos máquinas de olvidar. Los hombres son seres que piensan un poco y que, por encima de todo, olvidan. Eso es lo que somos”.

 

  “En los libros se aprenden las cosas pequeñas, no las importantes”.

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