viernes, 6 de marzo de 2020

CRIMENES. FERDINAND VON SCHIRACH.



   Algunos libros los subrayo, otros no, como he dicho tantas veces. Este lo acabé sin una línea de lápiz. A veces, cuando acabo un libro así, inmaculado, es porque no me ha interesado nada. Otras veces acabo los libros intocados porque me han fascinado. Éste ha sido el caso.
  Von Schirach es jurista; en concreto abogado penalista. Lleva muchos años en el oficio (nació en el 64) y ha llevado algunos de los más mediáticos casos en Alemania. Este libro, de tan solo 8 euros, 8 ridículos euros para un libro nuevo y maravilloso, se compone de once relatos.
  Su forma de narrar es clara. Enseguida se pone el lector en situación. “El hombre pálido estaba sentado en medio del césped. Tenía un rostro singularmente asimétrico, orejas de soplillo y cabello pelirrojo”. Así empieza el último de los relatos, que yo hubiera puesto el primero, aunque el primero sea también fascinante. Uno, al leerlo se dice: sí, el hombre, sus circunstancias como diría Ortega, son inabarcables.
  El primero, como decía, también fascinante, nos habla de un médico ejemplar. Nos cuenta sus desvelos para llegar a serlo. Sus denuedos en los estudios, su aplicación, su buen carácter, su tendencia a hacer el bien. Un día conoció a una mujer, se casaron, se fueron de viaje de novios, y al poco ya sabía que viviría en un infierno. Y en pocas páginas vemos correr décadas de angustias, de desencantos, de amarguras. Su mujer, con la que se casó, enseguida dejó de ser lo que él creía. Y un día, ya en la madurez… En fin, que no quiero destripar nada porque me conozco.
  El segundo es también una obra de arte: El cueco de té de Tanata. Hay que tener mucho cuidado cuando se es ladrón y también pensarse mucho lo que se va a robar. Un asalto a una casa distinguida se convierte en el infierno para sus autores y compinches.
  En el Violonchelo asistimos desconcertados al hundimiento de una familia en apariencia culta y educada. La educación estricta no siempre llega a buen puerto. Tremendo desenlace en torno a dos hermanos, la violonchelista y el infortunado hermano, víctimas de su padre.
  En El Erizo, un joven muy inteligente pero torvo en apariencia, vuelve locos a los miembros del tribunal. Sus falsas pistas, sus coartadas están medidas, pero son en su mayoría falsas.
  En Suerte, la escena que tantas veces ha pasado a adinerados poderosos: la muerte de un hombre así, en manos –o en labios- de una joven prostituta. Y el lío que se forma para disimularlo. Y el novio de la chica que llega para complicar aún más las cosas.
  Hay otro que le deja a uno el cuerpo cortado un buen rato: un hombre, calvo y pequeño, sentado de noche en una estación de tren, asaltado por dos cabezas rapadas, que por aburrimiento pretenden humillarlo y que con dos certeros golpes, de experto en artes marciales, mata en el acto. En todo el relato el hombrecillo no dice nada. Todo grabado en videos de seguridad. Sí, legítima defensa, pero del que Schirach no quiere volver a saber nada.
  Así todos, la mar de interesantes, hasta que llegamos al último, un poco más extenso: El Etíope. Una historia para llevarla al cine. Por cierto que he sabido que en Alemania hay una serie basada en sus casos pero que no se ha estrenado en España. Este hombre es toda una mina de ideas; ideas sacadas del mundo, de la complejidad inabarcable del hombre.
  “Von Schirach narra con asombroso y conmovedor conocimiento del alma humana historias reales de asesinatos y delincuentes. Describe sus acciones con una mirada que se esfuerza por comprender, teñida de piedad y, en algún caso, de ternura”. Jacinto Antón, de El País. De este señor me llegaron las noticias. Y ahora a comprar todos los demás.

viernes, 28 de febrero de 2020

ARCHIPIÉLAGO GULAG I. ALEXANDER SOLZHENISTSYN.



  Cuando era adolescente había en televisión programas que ahora sería imposible ver. Coloquios donde un grupo de intelectuales, escritores, pintores, gentes del teatro o lo que fuera, hablaban durante un par de horas y nadie se cuestionaba si la gente se iba a aburrir o no. Uno de esos programas era La Clave, de José Luis Balbín. Otro, las entrevistas larguísimas que había José María Iñigo. En uno de sus programas entrevistó a Alexander Solzhenistsyn. (Creo que nunca llegaré a saber cómo se escribe sin mirarlo en internet o en los pocos libros que tengo de él, en realidad uno: Un día en la vida de Iván Denisovich). El hombre, su forma de hablar, era un poco monótona. Contaba las cosas como en un río de aguas tranquilas, sin que hubiera aguas rápidas o caídas espectaculares, sin muchos recovecos o profundidades pero, eso sí, con toda clase de peces. Una sucesión de épocas soviéticas, de personajes, de testimonios de testimonios de aquí para allá, décadas arriba y décadas abajo. Así es el libro de memorias del autor ruso.
  Alexander Solzhenistsyn estuvo en el Gulag por criticar a Stalin y a su régimen. Y en el libro se cuentan decenas de casos en los que se describen las razones de los arrestos. Y no he podido dejar de acordarme de las veces que la gente de nuestra tierra dice sufrir con la represión de nuestro país, un estado de derecho de los primeros en el mundo. Motivos nimios para consecuencias tan graves como perder la vida sufriendo toda clase de torturas.
  El primer tomo tiene más de ochocientas páginas que se hacen pesadas. No tienen nada que ver con las de un Jünger, quien intercalaba, dentro de sus tremendas vivencias, observaciones de toda índole. Aquí no, aquí nada más que hace contar sus testimonios y un sinfín de cosas más de forma arenosa y desordenada.
  En la contraportada se dice que es un monumental documento y que reconstruye minuciosamente la vida en el interior de la industria penitenciaria. Ahí creo yo que radica uno de sus mayores errores. Es tan prolijo que abruma. Y luego tampoco me gusta demasiado su forma de narrar. Prefiero el estilo seco de Levi, o el mencionado Jünger.
  Así es que aquí lo dejo. No compraré ni leeré el tomo dos y tres. Con este tengo bastante.
  Por suerte lo compré en El Rastro por diez euros; bastante menos de lo que cuesta nuevo.

martes, 25 de febrero de 2020

JEANETTE WINTERSON. FRANKISSTEIN.



  Como hago cada pocos días entro en el blog de Juan Francisco Ferrer para leer la nueva entrada.  Es de los pocos a los que he sido fiel a través de los años. Es malagueño, catedrático de filología hispánica, escritor, especialista en cine y en otras muchas cosas, incluida Sade.
  La entrada del pasado 4 de febrero hablaba del mito de Frankenstein a través de los libros. Sobre todo de la precursora, Mary Shelley y de otros. Lo último de McEwan y sus Máquinas como yo, y ésta que acabo de terminar llamada Frankisstein de la autora, para mí desconocida, Winterson. Ésta salía ganando, según el autor del blog, en su comparación con el bueno de McEwan, al que tengo por lo demás el mayor de los respetos.
  La novela incide en qué será del ser humano cuando las máquinas nos calen, es decir, cuando las máquinas sepan de qué vamos y sean capaces de tomar sus propias decisiones. Esto ya se ha visto en muchas obras de ficción. Y en películas: Blade Runner, y un largo etcétera, sin olvidar una que para mí es de las mejores: Her, con una gran oscarizado Joaquín Phoenix al que un sistema operativo, cuya voz es la de la Johansson, lo tiene literalmente derretido de amor.
  En la novela se van alternando dos historias: las de la célebre reunión entre Shelley, Byron, Polidori, y la propia de la novela, con personajes trasplantados a la época más o menos actual. El joven médico transgénero (la escritora también lo es) conoce a un profesor, Víctor Stein (guiños) y tratan de crear seres artificiales.
  Nos gusta nuestro cuerpo, eso es verdad en la mayoría de los casos, sobre todo en el principio de la vida, pero luego, cuando van pasando los años, nos vamos convirtiendo en condenados, encarcelados en cuerpos que cada vez responden peor. Por eso la ciencia avanza que es una barbaridad y por eso cada vez más artilugios nos van… sustituyendo: gafas, dientes, injertos, corazones, riñones, huesos, cartílagos, manos biónicas, etc. Pero si pensamos en esa evolución adelantada a milenios podría pasar lo que se dice: la posibilidad de solo la mente sea la que emigre a otro organismo, artificial. Es apasionante.
  Dentro de la trama están, cómo no, las muñecas sexuales: el primer fabricante que sea capaz de crear una muñeca que diga un no pero sí, o un sí pero no, se hará multimillonario. Y dejará de haber Plácidos y Weintsteines por el mundo.

martes, 18 de febrero de 2020

KATHERINE HEPBURN. YO MISMA. HISTORIAS DE MI VIDA


  Este es uno de los libros encontrados en el contenedor de papel en el verano de hace dos años. Éste, de la editorial ediciones B, año 1991, es el único que lo estaba de manera justa. La autobiografía es mala. Y se nota que no se ayudara, como en el caso de Agassi, del Moehringer de turno para darle ese tono mínimamente profesional a una obra.
  Comienza hablando de sus bisabuelos, abuelos y padres, lo que siempre es, a menos que sean ellos mismos materia de interés, un poco coñazo. Luego habla de sus hermanos: Tom, nacido el 8 de noviembre de 1905, y luego sigue hasta seis. Y cuenta que eran felices. Siempre he defendido que se puede escribir de cualquier cosa pero simpre que sea divertida, amena, interesante.
  Por supuesto cuenta sus aventuras cinematográficas, sus amores, sobre todo con Specer Tracy. Está todo contado como si fueran las respuestas a una revista de Lecturas, Hola, o Semana.
  Bueno, y poco más que contar. El libro lo he leído en poco más de media hora. Media hora perdida en la lectura de un libro, aunque sea malo como este, no es mala cosa tampoco.

domingo, 16 de febrero de 2020

LOS MEJORES DÍAS. MAGALÍ ETCHEBARNE.



Comentando sobre los libros leídos el año pasado, un conocido contertulio confesó, hablando de una de sus primeras lecturas de este año 2020, que Los mejores días era un libro que le había gustado tanto que estaba por no leer nada más -¡no leer nada más en casi un año!- por considerarlo insuperable. Todos, los lectores contumaces, tenemos siempre en mente la lectura del próximo libro, y siempre pensamos que va a ser mejor que el que tenemos entre manos.
  Este de Magalí, una insultantemente joven argentina, es un libro de pequeños relatos. Relatos o cuentos sobre relaciones familiares, contados siempre con una voz poética realmente brillante.
  A mí no me han gustado tanto. Para los cuentos poco extensos como son éstos prefiero las desmesuras de un Quim Monzó, Cortázar, Lugones, o Hudson, por citar unos pocos, casi todos argentinos.
  Apenas he subrayado nada. Sólo al final, en la penúltima página un párrafo certero como una flecha al corazón: “Algunas mujeres educan a las otras para que en el futuro estas cuiden a sus hombres de sí mismos y reciban con entereza la rabia que despierta eso. Un hombre, me dijo una vez mi mamá, es un animal pequeño que se ve inmenso”.
  Vale, Ok, buena lectura. Pero seguiré leyendo libros en este 2020 como si no hubiera un mañana.