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miércoles, 26 de octubre de 2016

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA. AUTOMORIBUNDIA.


   Cuando uno lee a Gómez de la Serna se le está encendiendo una lucecita constantemente en el cerebro. Es chispa, humor, sorpresa, ingenio, inteligencia. Esta monumental obra, una curiosa manera de contarnos su vida, tiene novecientas páginas. Uno cree que según vaya avanzando en los años (nació en 1888) irá descubriendo los grandes acontecimientos históricos que le tocó vivir, la primera Guerra, la República, la Guerra Civil, la Segunda. No es así; los pasa de puntillas, y apenas se entrevé alguna queja, algún disgusto. Sí de los viajes que debe hacer, de las huidas. Él habla de la importancia de llamarse Ramón, de sus primeras lecturas, de su familia, de sus tíos, del colegio, enfermedades; pero contando tan solo las esencias, lo importante, sin detenerse en detalles superficiales, con suma maestría. Un conocido me decía que RGdelaS era un escritor para escritores. Puede ser, yo aún diría que ni eso porque apenas se leen ya sus libros.  
  A pesar de sufrir penalidades económicas (fue un escritor esencial, puro, decidido, apasionado, torrentoso) viajó mucho y reunió un tesoro de cosas inútiles y rocambolescas como las esferas, cuadros, lámparas, libros, o estampas, pisapapeles que tuvo que ir dejando o malvendiendo huyendo de la locura de los sitios.
  Habla mucho y bien de su ciudad, de mi ciudad, de Madrid. De sus amigos queridos, del café Pombo y tantos otros…, pero mejor que hable él, o por lo menos de lo que más me ha llamado la atención:





“¡Es tan difícil evitar la invención y la falsa anécdota!
  A mí me ha pasado que estando en algún café de barrio en que no me conocían, he oído achacar a ´Gómez de la Serna’ opiniones que nunca propugné, y he sabido de discusiones pintorescas en que se ha discutido que yo era calvo y gastaba bisoñé, o ya perdido el polemista al ver que le rebatían sus opiniones literarias sobre mí, ha acabado por decir: ´Sí, muy bien… Lo que ustedes quieran, pero pega a su mujer´”.
  Nada más ver el Imprescindibles de Chillida leo en este libro lo siguiente referido a Fernando, tío de Gómez de la Serna:
“-Es imposible venir a ver ya al tío Fernando… ¿A que no sabes qué me ha dicho hoy?
-¿Qué te ha dicho?
-Que ya no lee nada más que lo que dijeron de él en su época los periódicos y las revistas…
-¿Ni un periódico ni un libro de ahora?
-Nada… Absolutamente nada más que lo que dijeron de él en el pasado… Se va a poner imposible, no se va a poder hablar de nada con él”.


  


  Y qué precisión a la hora de describir a su tío Félix, el favorito: “Había sido honrado toda la vida. Había visto llegar los acontecimientos de su tiempo sin miedo. Pero su mayor valentía era mirar a través de los cristales de su balcón los inviernos helados de Madrid, sonriendo y frotándose las manos”.
  Me pasa leyendo un buen libro, Automoribundia lo es, vaya si lo es, que se encuentra enseguida cita para cualquier ocasión que se presente. Por ejemplo una entrada del blog de Muñoz Molina. Sobre la ciencia y las letras. Gómez de la Serna lleva un tiempo en París viviendo la bohemia y cuenta que Baroja les daba, como se decía, la cena. “… Baroja se empeñaba en ensombrecer la vida. Su monserga era la ciencia, y como nombre de combate tenía el del biólogo Metchnicov, que estaba entonces de moda: ´Nada… Lo que hay que ser es un Metchnicofff´ y le añadía tres efes en vez de su v final”. Me ha extrañado esta pequeña coz al gran Baroja, a quien nunca hubiera pensado que pudiera ser un pesado para nadie y menos para todo un Gómez de la Serna. Pero, de todos modos, a menudo pienso que qué suerte tenemos en poder disfrutar tanto de un libro. Para dar a entender lo lejos y a la vez lo cerca que estaba Europa de la gran guerra dice: “No había ni un gesto guerrero en aquellos hombres que muy pronto iban a ser movilizados”. Claro, ni un gesto guerrero.

 



   “… Aquí, donde Lope de Vega dijo del Quijote que no iban a servir sus hojas más que para envolver géneros ultramarinos o para más bajos menesteres, y Ruiz de Alarcón llamaba a Quevedo “pata coja” y Quevedo a Alarcón “corcovilla”, y Góngora a Quevedo “pedante gafo, que, de pasión ciego, la suya reza y calla la divina”, y Quevedo a Góngora, en numerosos sonetos, cosas tan fuertes como “perros de los ingenios de Castilla”, “verdugo de vocablos”, “musa momia, famélica figura”, y Góngora en el claro marginal de un libro de Lope: “Lopillo, eres un idiota, sin arte ni juicio”, además de otras muchas cosas por el estilo, no es posible congregar alrededor de la misma mesa a todos los poetas”.
 
  Y sigue:
   “Toda la historia literaria de España está llena de esas desavenencias entre los escritores y Fígaro, que es nuestro modelo más vivo, estuvo en riña y palamesa con muchos literatos de su tiempo, sobre todo con Bretón”
  “No hay arreglo. El escritor Castellano necesita de su furia independiente para acertar en su monólogo, para lograr la palabra justa, para encontrar la inteligencia de sus temas”.

  


No, se puede estar a las espinacas, la salchicha, o a la labor del campo, pero, yo al menos, siempre tengo la necesaria ilusión de comenzar ese nuevo libro que me espera en la estantería de salida. Por cierto, me espera el tomo de los Diarios de Guerra de Azaña que cacé el otro día casi al vuelo, a punto de alzármelo un mocetón acaparador en la última feria del libro antiguo. Por cierto ¡vi otros tomos de estas obras completas de Gómez de la Serna a 15 euros! ¡Y no las compré!

  Qué bueno que las páginas de libros como este se lean tan rápidas como la velocidad del paso de los días, los meses, los años.
  “Me ha sorprendido, como un anuncio de guerra, la aparición de una plaga de moscas venenosas en Portugal, en San Vicente de Foz, unas moscas extrañas que causan la muerte a los que pican sin que valgan los servicios médicos para salvarles”.
  “En Moscú, la Embajada de los Estados Unidos ha sido invadida por las ratas, pues aunque está establecida en un edificio de nueva construcción, se trasladaron a él desde la acera de enfrente unos seis mil roedores escapados de un viejo edificio derruido en estos días. Los gatos que se llevaron para dominar a las ratas huyeron en vista del poder innumerable de los invasores”.