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lunes, 29 de agosto de 2016

CHARLES DARWIN. HERMAN MELVILLE. LAS ENCANTADAS.





   Nada más comenzar el libro del que hablé aquí hace unos meses, las memorias de Sebastiao Salgado, De mi tierra a la Tierra, nos decía que “al que no le guste esperar no podrá ser fotógrafo” y hablaba de la paciencia que tuvo que echar para ganarse la confianza de una tortuga gigante de Las Encantadas, que es como también se han llamado a este conjunto de islas llamadas en realidad y actualmente las Galápagos.
  Este libro es otro de los que vi no hace mucho en la sección de ciencias de unos grandes almacenes dedicados a los libros. Nada más verlo me encapriché con él. Contiene multitud de reproducciones, de dibujos de aquella época. Dibujos también del mismo Darwin. Es un libro que, sospecho, adquirirá valor en el futuro. En esencia contiene dos textos cortos de cada uno de los autores. Una descripción de las islas de parte de uno de los mayores divulgadores científicos de la historia, Darwin, y una colección de pequeñas historias absolutamente deliciosas en torno a naufragios, crímenes y seres allí abandonados por diversos motivos, de Melville.
  Hay capítulos actuales que sirven para enmarcar todo esto: “La mansedumbre de los pájaros”, de Carlos Jiménez Arribas, una figura para ilustrar lo inocentes de las criaturas que viven allí ante la presencia de los hombres. Los pájaros se dejaban atrapar a base de palos, a las tortugas gigantes, indefensas, se las llevaban hasta llenar las bodegas de los barcos. El hombre, el mayor depredador. Ecosistema frágil. Si se dejara entrar allí un depredador acabaría pronto con todo tipo de vida. Otro capítulo es el de Francisco León que hace un repaso por la historia de las islas, y el último de Francisco Ferrer Lerín que le da un toque poético al libro.
  Y en la primera página del libro un grabado, quizá el más famoso, el de Darwin, ya calvo y con tupida barba, marchito, aunque hay que recordar que en su viaje era un joven recién licenciado. Y en la última un grabado de Melville. Un rostro inteligente, profundo, claro y a la vez misterioso como sus novelas y relatos. Un libro inolvidable.

domingo, 28 de agosto de 2016

El bañista y el vigilante de la playa.




 Cuando llegó la patrulla policial, estaba tumbado en la playa leyendo mi libro. No pegaban sus zapatos lustrosos, sus uniformes azules en medio de tantos cuerpos medio desnudos. Después de levantarme y de saludarlos de la manera más afectiva posible. Declaré:
  -¡Oh, vamos! sólo he criticado lo de la bandera roja en plan teórico, intelectual –les señalé con el dedo la tapa forrada del libro como para hacer más hincapié, sin tener nada que ver, claro. –Siento que les hayan hecho venir por esto. He cumplido las normas- añadí.
  Eran dos policías locales muy educados, los dos con barba; uno de ellos con gafas; parecía más sensato.
-Perdone caballero (siempre se dirigieron a mí así), no hacer caso a las ordenanzas municipales está multado con…- No le dejé seguir.
-No, ¡aquí hay un error! Yo he cumplido las normas. Siempre lo he hecho. En 36 años de carnet jamás me pusieron una multa. Pago mis impuestos y defiendo el cumplimiento de las leyes; ¡siempre!- El de las gafas me hizo la señal de stop con la mano. Estoy seguro que pensarían: “Vaya, hoy nos ha tocado otro plasta”.
-Perdón, caballero. Escuche. Tiene que escuchar-. Me aceleré entonces.

  Mientras hablaba eché un vistazo a las caras de las personas que nos rodeaban. Casi todos tenían expresión neutra, como las máscaras de los carnavales venecianos. Sólo una joven, tumbada, parecía negar con la cabeza, no sé si para reprobar mi comportamiento o el de los vigilantes. En muchas ocasiones me crucé con desconocidos y comentamos lo absurdo de prohibir el baño en un día tan pacífico como aquel. Hacía media hora, unos chicos extranjeros, seguro que buenos deportistas viendo su físico, salieron corriendo y se lanzaron hacia las olas dando una voltereta en el aire. También se les pitó y se les invitó a salir del agua. Se miraron entre ellos, me miraron a mí con gesto de sorpresa, como para que alguien les aclarara algo y al final, confusos, salieron.
  El día era ventoso con una fuerte brisa que venía del mar. Olas de apenas un metro. Estuve haciendo el muerto prácticamente en la orilla y tan solo había una ligera corriente de levante. Estuve varias horas jugando al gato y al ratón con los socorristas. Ellos se iban a pitar a unos bañistas a un lado, y yo, aprovechando, me introducía un poco más en el mar. Eso sí, nunca me introduje ¡más que lo que marca el traje de baño! Muchos hacían lo mismo.
  Antes, cuando salí del agua, ya para secarme y no volver, le comenté al vigilante:
  -Me ha hecho recordar mi infancia, de cuando mi padre me decía que no me metiera muy adentro.
  Al principio no me entendió bien. Luego me dijo, como para zanjar, que con bandera roja el baño estaba prohibido. Le di la razón, pero el problema estaba en que el que había decidido ese color estaba claramente equivocado. Si no hay baño, no hay peligro. Día “complicado”, resuelto. Estábamos creando una sociedad infantilizada, sobreprotegida, todo regulado, marcado, sin libertad. Añadí: “¿Y qué pasa cuando usted se vaya a las ocho y yo decida seguir bañándome? ¿Quién se preocupará por mi vida en peligro?”
  Entonces llamó por su talkie. No era tampoco su día. Él era también una víctima.
  No pasó nada más. Los policías se fueron. No hubo denuncia. Volví a mi libro y leí:
  “…crearon un sistema estatal estalinista, un sistema en el que la ley es sólo el instrumento de la arbitrariedad y la arbitrariedad es la ley”.
  Todo Fluye. Vasili Grossman.
  Acertada frase en ese justo momento.

domingo, 21 de agosto de 2016

SUSANG SONTAG. El amante del Volcán.





  Las casualidades abundan en mi mundo de lector. El 26 de junio decidí dar una vuelta por el Rastro con mi mujer y recorrer ese sitio tan especial y concurrido, y luego tomar algunas cañas por los alrededores (la primera frase del libro –otra casualidad- es “es la entrada a un rastro. No se paga. Acceso gratis). Sólo hacía unos días que había terminado de leer Egos Revueltos de Juan Cruz y ahí se hablaba entre otros muchos de esta autora neoyorkina y precisamente de las vicisitudes de la publicación en Alfaguara de esta novela, El amante del volcán.  Llegamos y hacía un día soleado y no demasiado caluroso para estar en pleno mes de junio. J. se compró varios fulares a un euro. No quieras saber quién los ha hecho y de dónde vienen.  Al rato pasamos por una librería de viejo. Y aunque ella no quería el imán es demasiado poderoso para resistirme. Entré y era un laberinto de pasillos atestados de libros usados. Miles y miles de libros. Había que pasar con cuidado para no derribar montañas sujetas en precario equilibrio. Iba buscando con pocas esperanzas de encontrarlo, los diarios de Azaña, tanto me gustaron sus memorias del año 1932. No lo tenían claro pero eché un vistazo y enseguida vi este libro del que había leído cosas hacía tan poco. Lo compré y ahora lo he leído.
  La novela es, se podría decir, una novela histórica ambientada en las postrimerías de la revolución francesa, sobre la figura de William Hamilton, su esposa y el almirante Nelson. Y se desarrolla casi íntegramente en Nápoles, la ciudad en la cual pasé unas horas en el crucero que hicimos por el Mediterráneo, con su volcán, su isla Capri y las ruinas de Pompeya. Y siempre es un punto a favor de cualquier escrito tener referencias personales del terreno donde se desarrolla. Pero creo que no es una historia de amor a pesar de su título. El Cavaliere, el protagonista, tiene un matrimonio de conveniencia  con una mujer “Catherine” y es también un diplomático británico en la ciudad. Se habla mucho del volcán como espacio geográfico pero también como alegoría de la muerte y la destrucción. “Cuán débil la línea entre la voluntad de vivir y la voluntad de morir. Cuán ligera la membrana entre la energía y el torpor. Así, muchos más sucumbirían a la tentación de suicidarse si se lo pusieran fácil”. “…cualquier hoyo es un abismo, si está adecuadamente etiquetado”.
  Se habla de muchos temas y el amor es solo uno de ellos. El coleccionismo, el arte, la ópera, reflexiones en cuanto a la música, la revolución… Una novela densa escrita por una mujer inteligente y que por las cosas que he leído de ella, muy cercana a la idea que tengo yo del mundo.
  Leyendo cosas sobre ella he sabido que su hijo David Rieff escribió un libro sobre su madre y sobre su muerte, acaecida en diciembre de 2004. Ya lo tengo pedido. “Un mar de muerte”.

jueves, 11 de agosto de 2016

TODO FLUYE. Vasili Grossman.




    Esta novela comienza en un tren. No sé porqué siempre se quedan en la memoria del lector las escenas que se desarrollan en un tren. Doctor Zivago, Ana Karenina, La Noche de los Tiempos… En esta también se comienza en un tren. Iván Grigorievich regresa a Rusia después de pasar treinta años en un gulag. Y ya casi toda la novela se dedica a describir las condiciones de esos campos de la muerte. A explicar cómo decisiones políticas hacen que se pueda llegar a ese grado de maldad humana.
  “Repugnante es el lado animal, vegetal, mineral, físico-químico del hombre. Es precisamente aquella parte mucosa y peluda del ser humano lo que produce confidentes. Los confidentes nacen del hombre. El ardiente vapor del terror estatal ha humedecido al género humano, y los granitos que dormitaban se han inflado, han germinado. El Estado es la tierra. Si en la tierra no se escondiesen los granos, no crecería ni el trigo ni la mala hierba. El hombre no debe más que a sí mismo la abyección humana”.
  Pero también hay espacio para enaltecer la gran virtud de los hombres. Del párrafo que sigue al anterior: “¡No! Lo más terrible en ellos son sus cosas buenas; lo más triste es que están llenos de cualidades y virtudes”. Aunque no sé. Y es que cuando se llega a un grado superior de abandono y sufrimiento no se recuerda a los seres queridos, no se quiere otra cosa que dejar de pasar frío y hambre: Era como si se hubiese acostumbrado a no saber nada de los suyos, no parecía soñar ni siquiera con una carta, deseaba sólo un trabajo más ligero, no estar expuesta al frío, no ir más a la taiga donde los insectos te devoran sino trabajar en la cocina, en la enfermería”.
  Se puede leer en la novela sendos retratos de quienes fueron los artífices de aquel horror: Stalin y Lenin. “Nuestro siglo es el siglo en que la violencia que el Estado ejerce sobre el hombre ha alcanzado su más alta cuota”: Estos tres Stalin fueron los que crearon el sistema estatal estalinista, un sistema en el que la ley es sólo el instrumento de la arbitrariedad y la arbitrariedad es la ley”. Una frase milagrosa leída justo después de que una patrulla de la policía me visitara en la playa por haber hablado con un vigilante que me prohibía meterme un poco más del tobillo en un mar ligeramente más agitado que una balsa. Respiremos.

martes, 2 de agosto de 2016

ANTE TODO NO HAGAS DAÑO. HENRY MARSH.




 Creo que en alguna parte escribí acerca de un amigo de la infancia de mi padre el cual, con el tiempo, acabó estableciéndose en Segovia dedicándose a representante de artículos de droguería. Era bueno en lo que hacía o al menos eso decía mi padre. Ordenado, pulcro, habilidoso con las manos (tenía un pequeño taller de carpintería en un trastero) y muy curioso e interesado en el mundo de los libros y la historia. Yo era demasiado pequeño para entender las conversaciones que ellos mantenían mientras echaban una partida de billar o tomaban café en la mesita del salón donde se sentaban después de comer. Nunca he olvidado esas visitas que mi familia les hacía de vez en cuando. Su mujer, Ch., no tenía nada que ver con él. Era una mujer básica, limpia y trabajadora y de fuerte carácter, de las que se remangaban la camisa con gestos de amenaza, y sin tener nada que ver con la  sensibilidad de su marido. Se habían casado después de que a las primeras de cambio ella se quedara embarazada, cuando eran demasiado jóvenes. Y una de las razones por las que me gustaba tanto ir a visitarles, aparte de porque tenían dos hijas preciosas mayores que yo, era su fabulosa colección de libros y comics. Tenía la casa forrada en casi todas sus paredes de libros y libros. En el interior de los muebles colecciones de revistas de historia y ciencia, colecciones de comics encuadernados: Flash Gordon sobre todo. Me pasaba las horas allí sentado sin decir ni pío. Ellos les decían a mis padres que yo era un chico muy formal.  
  Un día le diagnosticaron un tumor cerebral. En aquella época, finales de los setenta, la cirugía para el cerebro estaba en mantillas y las posibilidades de que uno se quedara en la mesa de operaciones o, peor aún, se quedara lisiado de por vida, eran bastante altas. El día de la operación, me contó mi padre que fue a despedirse de él, entró sonriente y animado. Estaba seguro, según confesó, que no sobreviviría, pero le daba igual. Decía que todo lo que tenía que hacer ya lo había hecho, y no quería prolongar un matrimonio que por lo demás solo le había proporcionado sinsabores. Había tenido algunas aventuras con otras mujeres pero ella siempre lo había descubierto y había zanjado cualquier intento de que llegaran a algo más serio.
  Efectivamente, Salvador, el querido amigo de mi padre, murió en la mesa de cirugía. Y, según mi padre, se despidió con una sonrisa. Han pasado cuarenta años y la técnica ha avanzado mucho. Ahora se dispone de máquinas de precisión que hacen que los instrumentos penetren en el cerebro sin hacer daños irreparables, pero a veces sucede una catástrofe. Esas cosas son las que cuenta Henry Marsh en su libro. La verdad es que cada vez más a menudo, cuando voy a una librería y no dispongo de mucho tiempo, voy directamente a la sección de ciencias o a la de historia. Éste, del cual no tenía referencias, se me hizo irresistible. Decía en la contraportada: “Cursó estudios de Ciencias políticas, Filosofía y Economía antes de estudiar medicina en el Colegio Real de cirujanos”. Marsh acaba de jubilarse y no se corta a la hora de contar sus éxitos y sus fracasos –no obstante es una eminencia en el campo de la neurocirugía-. En cualquier otra especialidad los fracasos tienen casi siempre un arreglo posterior. Ahí, una metedura de pata, una decisión mal tomada, puede dejar a una persona vegetal para el resto de su vida.
  Una de las cosas que más cuesta aprender, dice Marsh, es a priori bastante simple: si hay que operar o no a un paciente. Cuenta  cosas durísimas. Cuenta, y eso me ha gustado especialmente, las formas de relacionarse con los pacientes y sus familias. Cómo dar las noticias, ser siempre sincero pero intentando que mantengan las esperanzas. Tener confianza en él. Y una lección amarga: para ser bueno, para tener experiencia y ser “fiable” se necesita transitar por un camino sembrado de fracasos, de tener que vivir sobre tus espaldas decisiones que van a reportar grandes dolores a personas y familiares. Es así. Alguien tiene que hacer esos trabajos. Tenemos suerte de vivir en esta parte del mundo en el cual graves problemas pueden ser solucionados. En Ucrania, país que frecuentó mucho para ayudar allí a colegas, los medios son tan rudimentarios que padecer una enfermedad grave del cerebro es prácticamente tener una sentencia de muerte.
  Gran libro, bien escrito, duro a veces, pero que enseña cosas claves de la vida. El mundo debería dar las gracias a personas que se atreven a ejercer estas profesiones tan difíciles.