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domingo, 28 de febrero de 2016

Una araña. Febrero del dieciséis.




 Ayer me llamó al móvil mi hija de trece años. Estaba verdaderamente alterada. Intenté tranquilizarla preguntando qué le pasaba. “Papá, hay una araña en la puerta de casa ¡Es gigante!”. Le dije que no pasaba nada, que tan solo tenía que quitarse el zapato, aplastarla y entrar tranquilamente como todos los días. Hay que decir que, de los cuatro, es la primera en llegar. “¡Qué asco! ¡Papá, no pienso entrar hasta que vengas!”. Le dije que no tardaría más de quince minutos. Cuando llegué estaba esperando en los escalones de la entrada como había dicho y, efectivamente, la araña estaba allí, justo en la línea que une la puerta y el marco. Con la misma llave de abrir la derribé al suelo y la aplasté con el pie. Creo que murió en ese mismo instante; o al menos eso creí porque se suelen hacer una bolita y son, al parecer, bastante resistentes, sobre todo porque no cayó al suelo sino al felpudo. El caso es que siempre he pensado que cada vez que mato una araña, ella o alguna congénere, se venga de mí. Ayer por la noche, cuando me acosté tenía un ronchón en el empeine del pie derecho del tamaño de una moneda de cincuenta céntimos. Deben oler algo y me persiguen sin descansar hasta que consiguen clavarme alguna parte de su repúgnate boca. El mundo sería un lugar mucho más terrorífico si nos situáramos a la altura del tamaño de dichas criaturas.
  De todo esto tenía mis dudas hasta esta tarde, en que estaba leyendo las Greguerías de Gómez de la Serna y me he encontrado con ésta: “Guillotinamos al gusano de tal manera que un día se vengará”. Ahora estoy seguro: tanto las moscas como los mosquitos, como las arañas, se vengan de un servidor.

viernes, 26 de febrero de 2016

WILLIAM H. HUDSON. EL OMBÚ.




  Borges decía que La Tierra Púrpura, de este autor, era “la novela primordial del criollismo” y que era “uno de los pocos libros felices que hay sobre la tierra”.  Y no sé si tendrá razón pero leyendo El Ombú uno puede llegar a respirar el aire frío de la Pampa, apreciar las distancias enormes, lisas como una sartén; escuchar el canto de pájaros extraños en frías madrugadas, el olor a grasa y a humo cuando atardece y cuando la sensación de soledad es más dolorosa. Puede uno ver a lo lejos el Ombú, que es en definitiva un árbol imponente y solitario que acaso no debería estar allí y que sin embargo ofrece una sombra salvadora a los viajeros en los días rabiosos de sol, en un mundo en que los seres humanos están alejados unos de otros.
  El Ombú es uno de los libros de cuentos escritos por este originario de Los Estados Unidos y que en 1874 se instaló definitivamente en Inglaterra de donde no salió jamás. Todos están ambientados en esta zona de Argentina. En algunos salen, como trasplantados, los indios salvajes que hemos visto en cien películas de vaqueros. Y es que en Argentina también tuvieron su oeste salvaje.
  De este autor leeré, más temprano que tarde, su obra autobiográfica Allá lejos y hace tiempo.
  En los cuentos de Hudson la gente se va lejos y por mucho tiempo, dejando a otros atrás.
  “Apreciaré la pobreza en que vivo y seguirá lo que deje a mi hijo como preciosa herencia cuando muera, porque en la pobreza está la paz”. Y donde la tierra es tan dura que apenas pueden enterrar a los muertos:

“Nuestro pobre compañero murió esa noche y nosotros juntamos numerosas piedras y las apilamos sobre su cuerpo para que los zorros y los caranchos no lo pudieran devorar”.

  Una tierra donde las leyes de la justicia y las de la moral apenas existen: “En el ejército, amigo, acostumbramos a decir que nada de lo que hacemos está mal, porque la responsabilidad de nuestros actos recae sobre nuestros superiores; así que la más bárbara de nuestras acciones no es mayor pecado que el derramar la sangre del ganado que carneamos, o la de los indios que no son cristianos, y que por lo tanto, a los ojos de Dios no pueden ser tenidos en cuenta: es lo mismo que si fueran ganado”.
  El esfuerzo de los misioneros por humanizarlos: “Cuenta de qué manera se trataba de impresionar a los chiriguanos sobre el peligro que corrían al rechazar el bautismo, describiéndoles su vida futura, condenados al fuego eterno del infierno. A esto respondían que aquello no les inquietaba, si no que, por el contrario, les satisfacía mucho saber que las llamas futuras no se apagarían nunca, pues eso les ahorraría infinitas molestias, y que si llegasen a encontrar fuego demasiado intenso, ellos se alejarían a una distancia adecuada. ¡Tan difícil era para sus mentes paganas comprender las solemnes doctrinas de nuestra fe!”. Y ¡tan preclaras! Añadiría yo.
  De este párrafo es “Marta Riquelme”, quizá el más logrado de todos los cuentos. Trata de un jesuita al que acabados sus estudios es enviado a Jujuy, una región apartada, emparedada en las grandes alturas de Los Andes. Allí no hace más que sufrir y encima enamorándose de una muchacha. Un cuento hermoso y desesperanzado como el viaje a través de una pesadilla de la que no pudieras despertar.

lunes, 22 de febrero de 2016

KIRK DOUGLAS. YO SOY ESPARTACO.




En la historia del cine hubo películas que pueden considerarse como verdaderas campañas militares, donde no faltaron horrendas condiciones climáticas, bandos encarnizadamente enfrentados, y hasta muertos. Apocalispy Now, Ben-Hur  y ésta podrían pertenecer a esta categoría, aunque Douglas consiguiera terminar Espartaco sin un solo muerto entre sus filas; aunque sí el abandono de un director inmenso como Anthony Man, quien fue sustituido por Kubric debido a insalvables criterios artísticos y de presupuesto. También las consecuencias de verdaderos huracanes de egos enfrentados. ¿Alguien se imagina que ahora una película pudiera tardar tres años de rodaje? Pues esta tardó todo eso, tanto como nuestra guerra civil.
  Pero el impulso a comprar y leer este libro no proviene de la película ni del actor, que me gustaron de siempre, sino de Dalton Trumbo. Para mí, el verdadero protagonista del libro de memorias. Éstas están escritas cincuenta años después de los hechos.
  Después de fracasar como guionista el autor de la novela, Douglas, encargó el trabajo a Dalton Trumbo, quien por esa época ya llevaba un tiempo condenado al ostracismo. Trumbo era capaz de trabajar bien, como el mejor, y encima hacerlo rápido, el más rápido. Para eso, entre otras cosas utilizaba una tabla que acomodaba a ambos lados de la bañera para aprovechar el tiempo del baño.
  También, aparte de toda la triste historia del Macarthismo, se cuenta la historia del fichaje de los actores. Sabrosísima la de Laurence Olivier y su esposa Vivien Leigh. En una cena de éste en la que se encontraba presente Douglas y otros comensales, éstos pudieron escuchar a la mujer de Larry Olivier, quien se encontraba en una estancia próxima. Todos se quedaron incómodamente callados: “Larry ¿Por qué ya no me follas?” Vivien sufría un trastorno bipolar. Cuando llegaron a la mesa ella se acercó a Kirk Douglas y le preguntó: “¿Por qué no me follas tú?”. Su marido se la llevó del brazo e intentó disculparse con todos sus amigos. Poco después se separaron.
  El libro se lee en dos tardes y se hace ameno como pocos. Uno se sorprende cómo pueden existir personas, como este nonagenario, que haya tenido la energía y la convicción suficientes como para embarcarse en tan tremenda empresa,  con todos los factores en su contra. Hay que recordar que en esa época la censura funcionaba en Estados Unidos como aquí en el franquismo. La película sufrió cuarenta y dos cortes sin la autorización de su productor y actor principal. No se podía decir ostras o caracoles, Nadie podía suicidarse en la película, tan solo autorizaron a que se insinuara que lo hacía Laughton, desaparecían también brazos mutilados y a duras penas entró la frase de Espartaco “Nunca tuve una mujer”. Solo les dejaron decir dos veces “malditos”, y por supuesto no toleraron el mensaje político que irradiaba la película: cómo un líder de esclavos iba a poder derrotar jamás a toda una legión romana.  

   En la película debía mostrarse un Espartaco mediano, vencido y ajusticiado. Así se las gastaban en esa época. Pero aquí en España no le iban a la zaga. Stanley Kubric se vino aquí -estamos hablando de finales de los cincuenta- a rodar las escenas de las grandes batallas con miles de soldados de reemplazo; en este caso, soldados españoles. Franco le hizo prometer al famoso director que ningún soldado español muriera en pantalla, no iba a ser que el mito del gran soldado español se viniera abajo.
  El subtitulo del libro es “rodar una película para acabar con las listas negras”, y vaya si lo consiguió. A la salida, un sonriente presidente JFK, declaró que era una muy buena película de romanos. Ese gesto, ese simple gesto, hizo que todo el canalla castillo de naipes se viniera abajo.
  ¿Llegaremos nosotros, la civilización actual, a semejantes niveles de fanatismo e incultura? Pues parece que vamos camino de ello por los últimos acontecimientos.
  Para acabar-pensaba gastar tres o cuatro pequeños párrafos, pero seguiría escribiendo toda la tarde- uno de Douglas sobre su larga experiencia en la tierra:
“Creo que gran parte de las divisiones que hay en el mundo han sido ocasionadas por la religión, incluso en una época como la de Espartaco, en que se rendía culto a muchos dioses. ¿Cuál es la finalidad de la religión? Después de haber pasado noventa y cinco años en este planeta, he llegado a la conclusión de que la religión debería basarse en una única cosa: ayudar a tus congéneres. Si todo el mundo practicara esta religión, la de ayudar a sus congéneres, los ejércitos desaparecerían de la noche a la mañana. Desaparecerían la injusticia, la intolerancia y la inhumanidad. Y jamás se confeccionarían listas negras. Cuán maravilloso sería el mundo”. Ni una palabra más.

miércoles, 17 de febrero de 2016

STEFAN ZWEIG. AMOK.




  La razón principal por la que decidí leer este libro fue una conversación en internet sobre la suerte que corrieron soldados franceses durante la guerra de la Independencia. Miles de ellos fueron capturados después de la Batalla de Bailén, fueron llevados a unas barcazas en Cádiz y posteriormente a la isla de la Cabrera donde fueron abandonados a su suerte y donde fueron muriendo a cientos de hambre y enfermedades. Una conocida dijo que en este libro se hablaba de ello. Pero no es así. La historia, el que hace la segunda narración, La Cruz, narra en realidad la espantosa historia de un Coronel que a poco de pasar la frontera es objeto de una emboscada por parte de guerrilleros españoles. Qué mal lo pasa el pobre y qué final más triste.
  El primer cuento se llama “Historia de un ocaso” y trata sobre el destierro al que es sometido la que fuera favorita del Rey, Madame de Prie. Lo doloroso que es descubrir ya no le importas absolutamente a nadie cuando has tenido el mundo agarrado de la pechera.
  El tercero se titula “Un vago” donde un estudiante sufre por un hecho del pasado que le marcará profundamente el resto de su corta vida: el suspender un examen casi sin importancia y que le lleva con el tiempo a la perdición.
  Amok, que es el que hace el cuarto y que da nombre al libro entero, trata de la historia que le cuenta un pasajero de un barco a quien lo narra. El pasajero es un médico que ha servido en un país oriental y lejano, apartado de toda civilización. Acostumbrado a tratar con mujeres del lugar, demasiado accesibles y por eso falto de interés, es visitado por una mujer blanca, interesante, guapa y altiva que le pide un favor que le traerá graves consecuencias.
  En la Calle del Claro de Luna, un hombre queda anclado por una noche en una ciudad portuaria y se ve envuelto en extrañas intrigas en torno a una mujer y a un hombre que quiere matarla. Es como una pesadilla bajo la luna.
  En Leporella, uno de los cuentos más famosos, se cuenta la historia de una mujer que no goza de ningún atractivo por más que se la observe. Una criatura desgraciada a la que solo le hubiera bastado un poco de atención de su señor. Ella servía en una casa bien.
  En Episodio en el Lago Leman un hombre es recogido en mitad del lago. Es una especie de náufrago que no entiende el idioma y que no se sabe muy bien cómo ha ido a parar allí. Está atrapado y solo quiere volver a su casa. Pero no puede.
  Hay un denominador común en cada historia y es la angustia que soportan los protagonistas. Y en el que en casi todos los casos, el final es el suicidio.
  No está mal, pero no es de los mejores libros que he leído de Zweig.

miércoles, 10 de febrero de 2016

INSTRUMENTAL. JAMES RHODES.




  He terminado de leer un libro que está dando mucho que hablar: Instrumental, de James Rhodes. Me llamó la atención hace unas semanas cuando su autor, concertista de piano, confesó en una entrevista que Bach le había salvado la vida. Cualquiera que lea artículos en la prensa o esa revista tan recomendable como Jot Down se habrá tropezado con él. En el prólogo, a grandes rasgos, Rhodes nos dice que sufrió de niño abusos sexuales, que de joven abusó de las drogas, que ha estado a punto de suicidarse, etc.  De hecho fue una suerte que un celador de la clínica donde estaba ingresado lo descolgara con gran esfuerzo dentro del baño. No es de extrañar que su ex mujer intentara por todos los medios  impedir la publicación de este libro. Tienen un hijo en común y no es bonito saber que tu hijo sabe que todo el mundo sabe que su padre ha intentado quitarse de en medio y que ha coqueteado con toda clase de drogas. “…había tomado la decisión de suicidarme, y en esa aceptación me procuró la sensación de libertad más increíble”.
“Lo mejor de querer suicidarse es la energía que sientes después de decidirlo: como si te hubieran dado alas después de haber avanzado penosamente por arenas movedizas durante varios años”. Las pintas de Rhodes son las de un profesor a sueldo de una universidad subversiva. Vamos que podría encuadrarse dentro de unas hipotéticamente filas de Podemos británicas.
En estas memorias, cada capítulo del libro es un capítulo de su vida y tienen como introducción una pequeña biografía de un autor clásico. El primero: Bach y sus Variaciones Goldberg. “Como oyente, en mí tienen un efecto que solo logran los medicamentos más punteros. Son clases magistrales sobre Lo Maravilloso, y contienen todo lo que una persona podría querer a lo largo de su vida”. Eso es pasión.
  Después de la separación con la mujer que tuvo a su hijo comenzó otra con una que al parecer es el complemento perfecto para él. Pero también surgieron problemas. Quizá sea el destino de cada hombre: no saber vivir sin problemas: “También sé que los hombres siempre queremos marcharnos, es un reflejo condicionado. De modo que siempre nos cuestionamos las cosas, normalmente en nuestro fuero interno; pocas veces se lo contamos a nuestros amigos, y pocas veces, y de la forma más tonta, a nuestras parejas. Está esa vocecilla que creerá que hay una persona más mona, más fuerte emocionalmente, más cerda en la cama, más independiente, que huela mejor, que mole más y yo qué coño más sé”.
  Por suerte a cada hombre, normalmente, también le llega una edad en la que comienza a entender que es inútil ya cualquier búsqueda, cualquier nuevo encuentro, cualquier sorpresa.
  El destino ha querido que Rhodes siga entre nosotros. Que sea uno de los más modernos e interesantes divulgadores de la música clásica. Un concepto por cierto que él quiere descartar. La música clásica, los grandes autores y las grandes obras son algo que siempre será moderno y que seguirá asombrando a cada generación venidera, y por porqué no, también servirá para salvar vidas. Al parecer ha creado un propio sello para hacer la música más atractiva a los jóvenes. Seguirá dando conciertos donde la gente podrá comer y beber, podrá aplaudir si quiere entre piezas que quizá hasta ahora era de mal gusto o de mostrar poco conocimiento aplaudir.
  Ojalá tenga suerte.