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lunes, 23 de febrero de 2015

EL PRIMER HOMBRE. ALBERT CAMUS.




 
  Acabo de terminar de leer El Primer Hombre, de Albert Camus. A veces ocurre que después de leer la última página de un libro uno se queda un poco huérfano y con el presentimiento que no va a encontrar nada tan emocionante ni tan cercano. Éste es uno de ellos. Camus tiene la habilidad de hacer permanecer las imágenes en la retina cerebral del lector para el resto de su vida, como un maestro de pintura impresionista. Nunca nadie que haya leído El Extranjero olvidará ese asesinato absurdo en la playa debajo de un sol implacable. Con éste nunca podré olvidar los juegos infantiles del pequeño Camus en las calles resecas o mojadas de Argel, con sus fuertes olores, sus obligadas siestas de verano junto a su abuela, la observación de su madre siempre con olor a lejía de sus manos, cómo ésta reacciona ante la nota en la que le informan que su marido ha muerto, una nota que no sabe leer; la importancia primordial  de su profesor Germain, la ausencia del padre muerto en la gran Guerra, “No, nunca conocería a su padre, que seguiría durmiendo allá, el rostro perdido para siempre en la ceniza. Había un misterio en ese hombre, un misterio que él siempre había querido penetrar. Pero al fin el único misterio era el de la pobreza, que hace de los hombres seres sin nombre y sin pasado, que los devuelve al inmenso tropel de los muertos anónimos que han construido el mundo, desapareciendo para siempre”, la pobreza no exenta de alegría, su talento con los estudios desde los primeros años, la descripción amorosa de la biblioteca que visita con frecuencia con sus amigos. Sin duda algunos seres humanos nacen para su suerte con una mochila cargada de facultades y habilidades. Resaltar la prodigiosa memoria cuando el joven sacerdote le obligaba a aprender las preguntas y respuestas del catecismo y cómo lo hacía a la vez que le parecía un absurdo y también para que advirtiera la profunda antipatía que le profesaba por haberle dado una bofetada por creer que unas burlas entre compañeros iba dirigida al cura. “… y durante toda su vida sólo la bondad y el amor lo hicieron llorar, nunca el mal o la persecución, que fortalecían, por el contrario, su alma y su decisión”. En fin, otro libro inolvidable. Párrafos que he señalado: Acaban de descubrir el cadáver de un centinela con el sexo cortado y metido en la garganta abierta: “Al alba, cuando subieron al campamento, Cormery dijo que los que habían hecho eso no eran hombres. Levesque, reflexionando, respondió que, a juicio de ellos, ése era el modo en que debían obrar los hombres, que ellos estaban en su tierra, y empleaban cualquier medio”. Por qué el Sr. Bernard era tan buen profesor: “Después venía la clase. Con el Sr. Bernard era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo”. Las moscas entretenían a los niños pero “el método del señor Bernard, que consistía en no aflojar en materia de conducta y por el contrario en dar a su enseñanza un tono viviente y divertido, triunfaba incluso sobre las moscas”. Las primeras peleas con compañeros: “Y supo así que la guerra no es buena, porque vencer a un hombre es tan amargo como ser vencido por él”. Y las últimas hojas del libro dedicadas a las cartas que se intercambió con su profesor, después de que le otorgaran el premio Nobel. Qué emoción,  hacía tiempo que no me emocionaba tanto leyendo la historia de un hombre que desapareció trágicamente y para siempre un par de años antes de que viniera yo al mundo. Qué pena.

jueves, 19 de febrero de 2015

La penosa amenaza de que Oliver Sacks nos deje.

   La viñeta de ayer de El Roto, como todas, no tiene desperdicio. Se ve a un oficial del ejército o a un diplomático en una mesa de oficina, escribiendo algo. Arriba hay un cartel que dice: Oficina de creación de nuevas amenazas. Me da que es una verdad como un templo. Ya no se disimula que el poder quiere a los ciudadanos con miedos; miedos nuevos.

  Acabo de enterarme que mi querido Profesor Oliver Sacks se está muriendo de un cáncer terminal. En sus reflexiones me recuerda a los grandes.

 “I shall no longer pay any attention to politics or arguments about global warming”.

El enlace del New York Times con el artículo completo.

http://www.nytimes.com/2015/02/19/opinion/oliver-sacks-on-learning-he-has-terminal-cancer.html?_r=1



lunes, 16 de febrero de 2015

HANNAH ARENDT. EICHMANN EN JERUSALEM.




  Mucho más se lo habrían pensado si los que obedecían órdenes perversas, si los que masacraban a todo un pueblo, si lo que perseguían hasta dar caza, si lo que torturaban en celdas oscuras, hubieran vislumbrado lo que les esperaba cuando eran cazados a su vez por los servicios de inteligencia israelíes. Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, escapó a Argentina después  del hundimiento alemán y apresado después de vivir varios años tranquilos.
  Aunque a decir verdad no les esperaba nada que no merecieran. Sólo un juicio justo y en la mayoría de los casos el ahorcamiento. En este libro se narra, de manera entomológica, el juicio y las razones que llevó a uno de los pueblos más cultos de Europa a sumergirse en una nueva forma de barbarie: la aniquilación del ser humano a nivel industrial. Escrito por una de las mayores pensadoras, periodistas y escritores del siglo XX: Hannah Arendt.
    Aunque hay que reconocer también que la percepción que tenemos de los países es mucho más benévola para los que ganan las guerras. “En 1943 Goebels había dicho: pasaremos a la historia como los más grandes estadistas de todos los tiempos, o como los mayores criminales”. Y, ¿tenían todos los responsables el mismo grado de culpa si muchos lo hacían en nombre del cumplimiento estricto de la ley? “Las órdenes del Führer son el centro indiscutible del presente sistema jurídico”. Pero ¿no deberían los hombres comprender, por encima de cualquier otra consideración, dónde se halla esencialmente el mal? 

  “Esto es como una fábrica automática, como un molino conectado con una panadería. En un extremo se pone un judío que todavía posee algo, una fábrica, una tienda, o una cuenta en el banco, y va pasando por todo el edificio de mostrador en mostrador, de oficina en oficina, y sale por el otro extremo sin nada de dinero, sin ninguna clase de derechos, solo con un pasaporte que dice: usted debe abandonar el país antes de quince días. De lo contrario irá a un campo de concentración”. 

  He aquí la explicación de todo mal: identificar a un grupo humano bien definido al que se le puede despojar de sus bienes sin ningún miramiento y en época de crisis.
  A Eichmann lo juzgaron con todas las garantías procesales pero tenía una certeza en cuanto al final: “Sabía muy bien que se encontraba en la clásica situación difícil del soldado que corre peligro de ser fusilado por sentencia de un consejo de guerra, si desobedece una orden; y de ser ahorcado en cumplimiento de sentencia de un juez y un jurado, si la obedece”. Pero incluso entre personas del tribunal surgieron algunas veces dudas: Los SS no eran todos sádicos sedientos de sangre: “Las tropas de los Einsatzgruppen procedían de las SS armadas, unidad militar a la que no caben atribuir más crímenes que los cometidos por cualquier unidad del ejército alemán, y sus jefes habían sido elegidos por Heydrich entre los mejores de las SS, todos ellos con título universitario…” “...los asesinos no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza”. Muchos se veían como víctimas inocentes de la brutal inercia de la historia. Ésta fue una de las declaraciones más esclarecedoras: “No soy el monstruo en que pretendéis transformarme… soy la víctima de un engaño”. Quizá sea esta la declaración más sobrecogedora y a la vez a la que más miedo hemos de sentir: nos hace pensar que en cada uno de nosotros, personas normales, habita un monstruo.
  Su final después de varios meses de apelaciones: “Pocas horas después, el mismo día –jueves- cuando faltaba poco para la medianoche, Eichmann fue ahorcado, su cuerpo incinerado y sus cenizas arrojadas al Mediterráneo, fuera de las aguas jurisdiccionales israelitas”.
  Sus últimos deseos fue pedir un vaso de vino, y rehusar leer la biblia ante un ministro protestante. No era cristiano. Caminó erguido hasta el patíbulo y rechazó que le pusieran la caperuza negra. No creía en la vida sobrenatural tras la muerte y sin embargo sus últimas palabras fueron: “dentro de poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria! Nunca las olvidaré”.
  Como dice Hannah: Cliché propio de la oratoria fúnebre.
  “A pesar de los esfuerzos del fiscal. Cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un monstruo, pero en realidad se hizo difícil no sospechar que fuera un payaso”.
 

lunes, 9 de febrero de 2015

ROBERT CRUMB Y FAMILIA.




  El otro día vi una película-documental que me será difícil de olvidar. El título es simplemente “CRUMB”. Producido por David Lynch trata sobre la vida de Robert Crumb, un dibujante de cómic del que creía no saber nada pero que a medida que avanzaba en la visión he recordado que sí había leído y visto bastantes de sus cómics cuando era joven y me interesaba entonces mucho por las historietas en papel. Tuvo su apogeo en los años setenta y estampaba en cada viñeta una crítica ácida de la sociedad norteamericana. Políticamente incorrecta algunas veces y duramente pornográfica en otras, (en una ocasión en una serie de viñetas, para celebrar la debida unión de la perfecta familia americana, hizo tener relaciones sexuales entre padre hija y madre hijo… “deberíamos pasar más tiempo con los chicos”). También es un fabuloso músico con una descomunal colección de vinilos.

                 
                                                                   Su ideal de mujer.



  En la película se entrevista a gran parte de su familia y conocidos: su hermano mayor Charles y el pequeño Max. Su hijo y su hija. Su primera novia y su actual mujer. Su madre, aunque solo aparezca unos instantes. Sus dos hermanas que declinaron aparecer en la cinta porque no tenían, declararon, nada bueno que decir. Conocidos, artistas y galeristas, críticos. Todos parecen estar de acuerdo en que es un genio. Se vino a vivir a Europa en los noventa, arrastrado por su mujer. Viven en un pueblecito del sur de Francia.
  Y digo que será difícil de olvidar por la monstruosidad que se esconde debajo de cada una de sus vidas. Son como una familia americana al estilo depresivo de Los Panero en España.

                                                                 Mr. Natural. Uno de sus personajes.


  Su padre era un militar profesional, (había estado en la II Guerra Mundial y al parecer llegó algo trastocado) que los educó con la sensibilidad de un diplodocus. Era de esas personas que estaba con la tensión acumulada de un arco y estallaba en explosiones de cólera en la que algunas veces alguien acababa herido. Hubiera querido que alguno de sus hijos fuera marine como él. Se refugiaron, sin embargo, en el mundo de los cómics. Montaron a una edad muy temprana una especie de empresa en la que todos los papeles estaban asignados por Charles, el mayor. Hacía dibujar todo el tiempo a Robert y después vendía las tiras por el vecindario. A Max, el pequeño, le asignaron el papel de repartidor. Las hermanas hacían de secretarias, contables, etc. Cada uno interactuaba en las viñetas del otro introduciendo sus propios personajes e historias. Pero pasaron los años y recordaron cosas en la película de cuando eran niños. Y quizá no debieron hacerlo. Sobre todo Charles.
  Trazos:
  Charles: 
Charles, casi cincuentón, vivía aislado en su casa, sin salir nunca a la calle y rodeado de gatos, de libros y de su madre. Con manifiesta falta de higiene y desdentado. De gran talento. Disponía de libros escritos con la letra m. Emes minúsculas dispuestas en palabras de una, dos, tres o más sílabas. Páginas y páginas escritas así, peor aún que el loco de El Resplandor de Stephen King. De niño fue el niño extraño con el que mejor se metían los matones. Con algunos intentos de suicidio a sus espaldas; la vez más grave se tomó un bote de abrillantador de muebles y un frasco de pastillas. Pero en el último momento se arrepintió y avisó a su madre de que lo llevara al hospital para un lavado de estómago. Confiesa que debido a la medicación no tenía erecciones. Las pastillas le ayudaban a vivir. Cuando Robert le animaba a salir y ver mujeres por la calle decía no que no estaba seguro de querer que volvieran los deseos. No tenía nada interesante por lo que salir. Solo se dedicaba a releer libros y a no dejarse morir.
  Un año después del rodaje, que duró varios meses, en el 93, se suicidó en Philadelphia. Con la edad perfecta de los suicidas: 50 años.  Yo creo que nunca llevó bien el éxito de su hermano Robert quien confesó en una ocasión que solo con el éxito y el dinero empezó a tener trato con las mujeres. Rechazó hacer una portada nada menos que para los Rolling.




  Max:
  El pequeño. Ascético e introvertido. Cada día se sienta en una alfombra de pinchos al estilo faquir y comienza a  comer una larga cinta de tela. Empieza por un extremo hasta que al cabo de los días aparece por el otro extremo. Luego tira de ella. Dice que le hace bien. Dibuja y pinta fabulosamente. Vive en la actualidad en San Francisco.
  Robert tiene un hijo, actualmente artista casado con una enfermera.
  La hija de Robert Crumb vive con ellos en Francia.
Robert está vivo en la actualidad como lo demuestra su dibujo en homenaje a Charlie Hebdo.