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martes, 29 de octubre de 2013

EL HÉROE DISCRETO. MARIO VARGAS LLOSA


  Acabada la lectura de lo último de Vargas Llosa, El héroe discreto. A veces me asalta la duda de si un escritor se va haciendo más talentoso con el tiempo y la experiencia, o se va volviendo más previsible e infantil con la vejez. Las últimas tres novelas parecen escritas por un Vargas Llosa juvenil, más plano y novelero que el Vargas Llosa de su juventud, en el que podíamos leer obras de gran madurez y un calado profundo e impecable. ¿Volveremos a leer a ese MVLL de la Guerra del Fin del Mundo? ¿Al de los cuadernos de Don Rigoberto o al de la Fiesta del Chivo? En fin, yo lo dudo.
  En ésta unos personajes ya conocidos; el sargento Lituma, don Rigoberto, doña Lucrecia, Fonchito, y otros deambulan por un Perú moderno y pujante en el que deben sobreponerse a situaciones mezquinas y amenazadoras. Un hombre de provecho recibe un día una nota en la cual hay dibujada una arañita y una extorsión. Y el hombre no se deja porque su padre le había dicho en su lecho de muerte que “Nunca te dejes pisotear por nadie, hijo. Esta es la única herencia que vas a tener”.
  Cada vez me gusta menos leer lo nuevo de MVLL, y cada vez estoy menos de acuerdo en su forma de ver el mundo. Esa forma en que lo ven los señores respetables, los señores que tienen su patrimonio y quieren a toda costa conservarlo, a toda costa. Los señores que ven en el liberalismo, el sálvese quien pueda, la piedra filosofal de la sociedad moderna.
  Cada vez me gusta menos leer lo último de Mario Vargas Llosa pero cada vez que publique algo nuevo iré a la librería a buscar su último libro como el drogadicto va a buscar su mísera dosis de felicidad.

sábado, 26 de octubre de 2013

EL BOSQUE DE LA MUERTE. J.J. ARMAS MARCELO


                                                 El bosque de la muerte.


   Sólo le he dado un poco de colorido al estupendo artículo que leí ayer de J.J. Armas Marcelo.

  
"Hablaba en Tokio con la pianista y compositora japonesa Mine Kawakami, que vive en Galapagar (Madrid), y salió en la conversación, ya de madrugada, el bosque de la muerte: Aokigahara. Está situado al pie del monte sagrado, el Fujiyama, y es una enorme extensión de terreno en sombras, gracias a la inmensidad y profundidad de la floresta: 3. 000 hectáreas en las que habita la muerte. Desde la época feudal, Aokigahara es el lugar “más barato para suicidarse en Japón”, un acto voluntario que en ese país tiene una larga tradición. Dice le leyenda que el interior sombrío de Aokigahara está lleno de esqueletos, cuerpos todavía en descomposición, prendas de vestir, restos de la memoria del hombre y la mujer suicidas. Desde la década de los 50 del siglo XX, más de 500 personas han dejado voluntariamente la vida en la penumbra del bosque de la muerte. En el año 2002, se encontraron 78 cadáveres. La creencia es que el bosque tiene un magnetismo de hierro maldito por el que se pierde inmediatamente en su interior el sentido de la orientación. Hay científicos que lo certifican: es un lugar verdaderamente maldito y para los “yurai” (personas que, después de muertas violentamente, se han convertido en fantasmas que vagan en el bosque por toda la eternidad) es el lugar que para nosotros ocupa el purgatorio. Sobre Aokigahara, el bosque de la muerte y los suicidios, hay dos libros fundamentales: la novela “Nomi no tou”, de Matsumoto Sechou, publicada en 1960), en cuyo final se suicidan en el bosque de la muerte dos amantes que han llegado a la consecuencia de la inutilidad de la vida, y “El completo manual del suicidio” de Wataru Tsurumi, publicado en 1993, del que se vendieron más de un millón de ejemplares y que tuvo, si cabe, una mayor influencia en la costumbre del suicidio en Japón. Antes de entrar en el bosque de la muerte, un aviso nos sobrecoge: “Tu vida es valiosa y te ha sido otorgada por tus padres. Por favor, piensa en ellos, en tus hermanos e hijos. Por favor, busque ayuda y no atravieses este lugar solo”. Sépase que, tras el Golden Gate de San Francisco, Aokigahara es el lugar predilecto de los suicidas en el mundo entero. El escritor Yukio Mishima, mundialmente conocido, escogió una muerte ritual para su suicidio: el seppuku. Lo primero que hizo el día de su muerte voluntaria, fue enviar a su editor su última novela, que apareció tras su fallacimiento. Luego, con cuatro miembros de su secta, la Tanekai, se dirigió al campamento militar de Ichigaya. Allí tomó por la fuerza al comandante del fuerte y arengó a la tropa desde una ventana. No le permitieron terminar su discurso, lo abuchearon y humillaron. Mishima volvió al despacho del comandante y comenzó el ritual de su muerte. Su compañero Morita era el encargado de decapitarlo. Tras varios intentos inútiles, tomó su lugar otro miembro de la Tanekai, Hiroyasu Koga, que logró decapitar a Mishima. Todo eso y más, lo cuenta John Nathan, traductor de Mishima al inglés, en su libro “Mishima”, reconocido en el mundo entero como el mejor libro sobre el controvertido escritor japonés, que escribió como un poseso más de cincuenta libros, se movía entre la locura y la vuelta a la tradición más sólida del viejo Japón, tocando algunas fibras del más peligroso parafascismo.
Una vez, hace años, regresando de Kyoto, vi el Fuyi a lo lejos y en lo alto, como en el mismo cielo. Su sombra lejana cubría todo el paisaje al pie del cual crecía impertérrito y sombrío, lleno de fantasmas y leyendas, el bosque de los suicidios, la ciudad verde de la muerte en el Japón, “el lugar más barato para suicidarse en Japón”: no hay que hacer el ritual del entierro y los familiares que lloran al suicida no tienen que pagar nada, ni oraciones, ni tumbas ni espacios que ocupe el desaparecido. “La vergüenza”, me dicen un par de amigos japoneses, es una de las razones del alto número de suicidios en Japón, donde el descubrimiento de un mínimo robo sería un escandaloso suceso que ningún ser con honra y dignidad puede permitirse. Entonces, hay que morir, y la vergüenza pública y privada ayuda mucho, según los japoneses, educados desde muy pequeños en el respeto colectivo y en la disciplina social. ¡Imagínense ustedes en Occidente este asunto del robo! En lugar de un bosque de 3.000 hectáreas donde los ladrones avergonzados pagaran voluntariamente con su muerte el delito del robo (o cualquier otro, claro), necesitaríamos el Amazonas entero para enterrar a tanto pícaro, a tanto chorizo del poder, público y privado, a tanto cara dura desvergonzado al que no le importa nada las razones del respeto, la dignidad, la honradez y la ética".

miércoles, 23 de octubre de 2013

EL BELLO SUICIDIO DE EVELYN McHALE.




 
El otro día recibí un nuevo correo con diversas fotografías: normalmente son de mujeres desnudas imposibles, accidentes horribles, felaciones fantásticas, paisajes deslumbrantes, casas descomunales, yates inmensos, etc., pero en esta ocasión era una colección de fotografías históricas, icónicas. Normalmente, por falta de tiempo o de interés las paso muy rápido utilizando el botón de abajo a la izquierda. No hago caso ni a músicas ni a nada por muy pintoresco que sea. Voy a decenas de fotogramas por segundo.

  Sin embargo hubo una fotografía en la que se me quedó parado el ratón. Era una fotografía preciosa dentro de la tragedia que enseñaba; un hecho del que no tenía idea: el suicidio en 1947 de Evelyn McHale. Discutió con su novio, dejó una nota de despedida: “No quiero que nadie, familiar o no, vea ninguna parte de mí. ¿Se podría destruir mi cuerpo por incineración? Se lo ruego a mi familia y a todo el mundo. Y que no se celebre ningún acto ni ceremonia en mi memoria. Mi novio me pidió que nos casáramos en junio. No creo que pueda ser una buena esposa para nadie. Estará mejor sin mí. Decidle a mi padre que tengo demasiadas inclinaciones como las de mi madre”. De acuerdo con su última voluntad fue incinerada.

   Según el novio de Evelyn, un ex militar llamado Barry Rodhes, la noche anterior no mostró ningún síntoma de que estuviera agitada o depresiva, estaba feliz como pudiera estar una muchacha a punto de casarse. El día uno de mayo Evelyn se levantó a las siete de la mañana, tomó un tren, al llegar a Nueva York se dirigió a un hotel llamado Govenor Clinton donde redactó la nota de suicidio, luego compró una entrada para subir al mirador del rascacielos, dejó bien doblado el abrigo y saltó desde el piso ochenta y seis.

  Un trabajador del hotel vio un fular blanco descender suave desde las alturas y luego oyó un golpe tremendo. El cuerpo se estrelló sobre una limusina de color negro brillante, amoldándose el techo a su cuerpo formando un enmarque perfecto. Su mano izquierda, como si fuera en una pose elegante, acariciaba su collar mientras sus piernas permanecían cruzadas como si estuviera reposando después de una caminata. Nada, contemplando la fotografía, podía demostrar que tenía el cuerpo reventado.

  Robert C. Wiles, estudiante de fotografía estaba por allí y tomó varias instantáneas. La fotografía está tomada en una especie de perspectiva de Cristo daliniano, o hubiera podido servir perfectamente para un cuadro de Tamara de Lempicka o de Alfonso Ponce de León. 

domingo, 20 de octubre de 2013

PATRICK LEIGH FERMOR. El Tiempo de los regalos. Entre los bosques y el agua.




  Editorial RBA. 699 páginas. Año 2011.
  Antiguamente los jinetes que habían de recorrer grandes distancias a caballo iban cambiando de monturas en diferentes posadas en las cuales se aprovechaba para comer y descansar después de jornadas interminables. El narrador de estos relatos de viaje no viajaba a caballo, lo hacía a pie, pero casi siempre encontraba una casa amiga, o un pajar, o un castillo, o un palacio, donde descansar y donde charlar con sus admirables anfitriones. Cada uno de éstos avisaba a la siguiente “morada” para que fuera bien recibido y en algunas ocasiones bien agasajado.  
  Debía ser este inglés, tan joven cuando emprendió el viaje, apenas diecinueve años, un tipo de un carácter sumamente atractivo, arrebatador. También, a tenor de las fotos, lo era físicamente. Sabía decir las frases adecuadas incluso con la dificultad del idioma.  Sabía escuchar. Por ejemplo, se ganó la admiración entregada de un padre y sus dos hijos judíos ortodoxos, tan inabordables, al interesarse vivamente por su religión y forma de vivir. Sabía reírse con sus recién conocidos amigos. Sabía enamorar. Cómo olvidar la aventura vivida con Ángela, una aventura sabida por ambos como de efímera pero de una intensidad eterna. Al leer este libro, como cuenta Jacinto Antón (De lo poco bueno que va quedando en El País) en el prólogo, uno hubiera querido ser él de tener más agallas. Se interesaba por las culturas de los sitios por los que pasaba, por los idiomas, por los mitos y creencias, por las palabras.
  Su padre se encontraba destinado en la India y su madre se marchó con su marido dejando al joven Paddy al cuidado de otra familia. Fue expulsado de varios centros de enseñanza y de una academia militar. Salió con casi lo puesto: unas botas de clavos, un abrigo militar, algunas libras y algunos libros (Horacio). Era diciembre de 1933 y su viaje duró, desde su Londres natal hasta su destino, Constantinopla, hasta enero de 1935.  El libro fue escrito en la isla griega de Kardamily muchos años después, donde vivía gran parte del año con su mujer Joan Elizabeth Rayner.
  Murió hace nada, en junio de 2011, en Worcestershire. Ya solo queda seguir el rastro de sus libros y seguir disfrutando de la historia de su vida increíble.

lunes, 14 de octubre de 2013

DIARIO DE MOJACAR 7.




  Cuando terminamos de cenar son casi las doce. Los más pequeños están reventados y se van quedando dormidos en brazos mientras bajamos rápido hacia la costa en el autobús. S., mi hija mayor quiere ir a conocer la famosa discoteca Mandala. Mandala es el nombre que se le da a las diferentes representaciones simbólicas originarias del budismo y el hinduismo.  Una especie de dibujo geométrico de cierta complejidad. Nos bajamos los dos solos (J. mi mujer ha de cuidar a E., la pequeña) y después de caminar un rato llegamos a la entrada, a un control en el que debemos pasar una especie de examen como en los aeropuertos. Hay varios tipos vestidos con camisa blanca, pantalón negro y un pinganillo en la oreja. Dicen que son todos búlgaros especializados en proteger propiedades. Una chica alta, guapísima y simpática nos explica qué debemos hacer para entrar: básicamente pagar; quince euros cada uno porque todavía es temprano. Cuando lo hacemos nos quedamos con la boca abierta. Es como haber entrado en un templo oriental. Un templo del ocio donde a quien se venera es a los demás y a la posibilidad de “mezclarse”. Hay salas por todas partes, maderas exóticas talladas, árboles-esculturas y lámparas de colores, cojines en sofás antiguos, cortinas de terciopelo, muebles estilo colonial, cristales y espejos que hacen que el ambiente esté envuelto en un halo de misterio. Al bajar por las escaleras vemos más recovecos, pasillos que parecen conducir a sitios ocultos. Abajo llegamos a lo que parece ser la parte principal: la gran sala. Un poco más allá una piscina de la que emerge un grifo achatado del que sale un chorro de agua. Hay sobre todo jóvenes bronceados, muchos y muchas arrebatadoramente atractivas. Seguimos hasta casi la orilla del mar. Hay altísimas palmeras artificiales, más lámparas, sitios en donde cenar, rincones VIP donde estar casi en una intimidad completa. Al camarero que nos prepara los mojitos le pregunto cómo subir a la parte de arriba, que es como la cubierta de los cruceros. Me dice que son zonas reservadas para gente importante. Podemos ver a muchachas bellísimas asomadas. Es algo parecido a estar soñando. Pedimos unos mojitos y al rato nos vamos a la zona donde ponen música latina. Bailamos una salsa y la gente nos hace un hueco observándonos. Debo ser la persona de más edad de las dos mil que puede haber dentro a las dos de la mañana. Cuando terminamos algunos nos aplauden. Una chica que había estado mirándonos se pone a bailar conmigo un merengue, el baile más fácil de bailar porque tiene la cadencia del caminar. Es de Valencia de treinta y un años, me confesó, y la mar de simpática. A mi hija también la sacaron a bailar otros chicos y le preguntaban cómo era que estaba con un tipo tan, digamos, mayor. El que se enteraran que era en realidad su padre relajaba bastante el ambiente. A mi edad los problemas de tener complejos van desapareciendo. No me importa lo que piensen los demás pero uno se va dando cuenta que en cada vez más sitios se está más de más. Cuánto daría por volver a ser más joven –aunque no tanto como ellos- conservando el espíritu que tengo ahora.
  Cuando salimos, a las tres de la mañana, la cola para entrar es aún mayor. Y ríos de jóvenes vienen por el arcén de la carretera invadiendo todos los sitios de copas.
  Lo más positivo de la noche es haberle preguntado a mi hija si lo había pasado bien y que me contestara que sí.

lunes, 7 de octubre de 2013

RICARDO PIGLIA. EL CAMINO DE IDA

                                                  De. Lanzallamas.




  La novela del escritor argentino comienza como una novela sobre los campus universitarios. Renza, alter ego de Piglia, y recién divorciado, llega a una prestigiosa universidad de New Jersey para dar un seminario en torno a la figura de W. H. Hudson, escritor inglés y argentino de adopción.  También se establece una trama amorosa alrededor de la inteligente y comprometida Ida Brown.  Hay capítulos en los que se habla de escritores como Joseph Conrad, Robert Frost o el propio Hudson, tipos que han vivido a caballo entre dos lenguas y dos culturas.
  He leído algunas reseñas de este libro que ofrecen tanta información sobre la trama, quiénes son delincuentes y culpables, quiénes inocentes, que equivaldría a asomarse en la cola de un cine y gritar quién es el asesino. Yo no lo voy a hacer. Sí quisiera hablar de un personaje que a medida que iba describiéndolo, más me iba pareciendo al  Thoreau de Walden: Thomas Punk. “Primero construyó una cabaña de madera de seis pies, siguiendo el modelo de la que había construido Thoreau en Walden”.
  También, a través de un “Manifiesto” que el propio Punk consigue que publiquen los principales periódicos del país, hace interesantísimas digresiones sobre la civilización y sobre la violencia “En eso consiste la civilización; la posibilidad de fingir y engañar nos ha permitido construir la cultura”.
  “Nadie puede decir qué forma podría asumir en el futuro la organización social. Por qué complacerse entonces en fantasías proféticas”.
  Ricardo Piglia me ganó para siempre con su visual novela Plata quemada y remató con El último lector, un ensayo delicioso para los amantes de los junta letras.