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sábado, 28 de septiembre de 2013

DIARIO DE MOJACAR 6




  Esta mañana, la primera de verdadero otoño, he salido a correr poco antes de comer. Hacía un poco de viento que hacía que se arrastraran las primeras hojas. Caían gotas de lluvia y en el aire flotaba un aroma delicioso a tierra mojada. Qué contraste con el calor de Mojacar. Uno de los últimos días decidimos ir a cenar todos al pueblo, situado en lo alto de una montaña. El autobús nos deja en mitad de una cuesta pero enseguida llegamos a un mirador desde el que se divisa una vista de pájaro. Hay mucha gente, turistas japoneses que nos observan curiosos tal como los observaríamos a ellos de estar nosotros allí. Después de las fotos nos dirigimos hacia la parte alta del pueblo. Tienen encanto las plazas y las calles. Me fijo en un extranjero de unos sesenta años sentado a la puerta de una taberna. Se toma una cerveza fresca y se fuma un cigarrillo mientras lee un libro de espías. Estoy de acuerdo con él en que así se puede llegar a ser feliz. Los niños empiezan a tener hambre y J. y yo vamos de avanzadilla a ver si encontramos un sitio decente. Cerca del lector hay un restaurante italiano. Pasamos dentro y llegamos a una gran terraza que cuelga de un acantilado como un gigante nido de águilas. Reservamos mesa y vamos a buscar al resto. Cuando nos sentamos descubrimos que no estamos solos. Hay unas cuantas mesas ocupadas por parejas o familias de adultos. Siento que se les ha acabado la tranquilidad. Nuestros niños no son capaces de estar sentados más de cinco minutos. A dos se les caen los refrescos al suelo. Pienso que necesito un viaje de adultos en los que estén prohibidos expresamente. No obstante las pizzas resultan deliciosas, las cervezas, unas alhambra de botella verde, frías y las camareras guapas y simpáticas. La temperatura exquisita y el cielo lleno de estrellas. ¿Qué más se puede pedir? Ya sé, los niños…, pero era imposible.

domingo, 22 de septiembre de 2013

YO EL SUPREMO. AUGUSTO ROA BASTOS.

 

  Hace ya más de una década que leí Vigilia del Almirante. Recordaba el libro como un conjunto de capítulos dedicados al marino Cristóbal Colón. Capítulos cristalinos y poéticos donde se sucedían diversos episodios y particularidades del famoso viaje.
  Éste otro, Yo el Supremo, no tiene nada que ver. Es un libro denso, caótico al principio, difícil en su estructura pero al que había que dedicar un esfuerzo por su prestigio dentro de la historia de la literatura hispanoamericana. Es, como dice Ignacio Padilla en el prólogo, un collage, un catálogo de formas y tiempos que tiene el idioma castellano para poder contar una historia llena de matices y sorpresas. Al final la cuesta merece la pena. El lector, al principio un poco asustado, va poco a poco entrando en la calidad de lo que se nos está diciendo.
  El libro cuenta la historia en primera persona del que fuera dictador del Paraguay durante casi tres décadas a principios del siglo XIX: José Gaspar Rodríguez de Francia. Y comienza con un pasquín burlón sobre su propia muerte y sigue con infinidad de recursos literarios como cartas, confesiones o monólogos.
  Ha habido en la literatura hispanoamericana una tradición en cuanto al retrato de los diversos dictadores que han poblado sus pobres tierras. Quizá, como dice también Padilla, se cerró con un brillante colofón en la novela de Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo. Una maravilla que prácticamente vale por sí sola un premio Nobel.   
  He subrayado bastantes párrafos porque me han parecido divertidos. Pag. 133 en la que hace una disquisición del por qué los pájaros no enferman. “La primera razón es porque los animales viven en medio de la naturaleza, que no sabe de piedad ni de compasión, fuente de todos los males… La segunda porque no escriben… Y lo tercero porque hacen sus necesidades en el momento de la necesidad”. En ese momento le cayó a su interlocutor un “humeante solideo” que le subrayaba la teoría.
    En la pg. 309 se diserta sobre “las flatulencias intestinales”. Y cuenta el caso de un hombre que mantenía una voluntad absoluta sobre su trasero –“el más rebelde de nuestros órganos”- y hacía música deleitosa.
  O la causa de los males que trae la sobreabundancia en los países. Pag. 324. “Todo exceso de bienes degenera fatalmente en males, según lo acredita la experiencia”. “…La perfecta relación de un pueblo con sus medios”. 
  En fin, una novela de las que llamo como puertos de categoría especial, pero en la que se llega a una cumbre llena de paisajes sublimes. 
 

martes, 17 de septiembre de 2013

DIARIO DE MOJACAR 5



  Cuando más me gusta la playa es al atardecer. La luz se vuelve más anaranjada y las fotos más resultonas. No molesta tanto el sol y va quedando cada vez más espacio. Jugamos un rato a las palas, leo algunos párrafos de mi libro mientras suenan las olillas removiendo las piedras. Cerca un grupo de amigos beben unas cervezas muy civilizadamente y sin embargo una patrulla de policías les dicen que deben guardarlo todo en la nevera y marcharse puesto que está prohibido. Viendo otros sitios algunas ordenanzas son difíciles de entender. Las niñas gritan que han avistado un pulpo. Me piden que vaya a ver si consigo atraparlo. Aún recuerdo cuando era un niño, en una playa también de Almería, cómo una prima mía de apenas seis años los agarraba con las manos y los mataba mordiéndoles los ojos. Tampoco parecía que le molestaran las piedras ardiendo en las plantas de sus piececillos. El pulpo está formando parte de un grupo de piedras del mismo tamaño y color. Llevo una red de los chinos, como un cazamariposas, porque no me atrevo tampoco a tocarlo. Después de varios intentos logro que el pulpo entre. Las niñas lanzan gritos de “!!lo tiene, lo tiene!!” que se escuchan en toda la playa. Pero al sacarlo a la superficie trepa y se lanza a su libertad, desapareciendo como en un truco de magia. Sólo quería que las niñas lo estudiaran un rato en la orilla y luego soltarlo.

  Luego fuimos a montarnos en una banana. Hablo con la mujer que lleva el negocio. Muy simpática y espabilada. Es una holandesa de unos sesenta años que habla un español con mucho acento pero lleno de encanto. Le digo que si no me podría hacer una rebaja al ser ocho personas. Diez euros cada por diez minutos de “viaje”. Me dice risueña que a ella nadie le rebaja el precio del litro de gasoil. Al final accedemos no sin antes echar cálculos: diez minutos ochenta euros, diez viajes ochocientos… ¿cuántos euros en un día? ¿no hay nadie de por aquí capaz de montar un negocio así? Nos ayuda a subir su sobrino, un joven que dice la tía pasa los meses de verano sacándose unos billetes y seduciendo a varias muchachas tanto nacionales como extranjeras. A pesar del precio no paramos de reírnos mientras caemos al agua con gran estrépito y mientras intentamos subir a bordo; tarea nada fácil. El cuerpo parece pesar el doble. Vamos a tres paradas. Todo está calculado al milímetro. La última sirve para terminar.

viernes, 6 de septiembre de 2013

NORMAN LEWIS. CRÓNICAS DE VIAJE 1 Y 2.



  Se me ocurre decir que un buen periodista es un escritor de literatura que tiene prisa.  Pero este estupendo escritor que acabo de descubrir era como un magnífico periodista sin ninguna urgencia en mandar sus trabajos. Fue oficial de inteligencia en la Segunda Guerra Mundial en Italia. De ahí surgió el famoso libro Nápoles 44 que compraré cuando vuelva a echármelo a la cara. Es lo que cualquier buen periodista desearía hacer: viajar y hacer buenos reportajes que luego serán leídos por inteligentes e interesados lectores. Esas cosas de las que ya van quedando pocas. Es difícil decir si estas crónicas son periodismo o no. Quizá pertenezcan a un periodismo que ya no existe. En verano, en la actualidad, se les pide a los escritores que envíen cosas a la prensa pero que no sean largas.
   Hizo reportajes contando cosas tan dramáticas y tan influyentes que fueron capaces de cambiar el mundo; o al menos lo concienció por una temporada.
  En sus reportajes se habla de la vida de pueblos indígenas y de los abusos que se cometieron contra ellos. Por ejemplo en Genocidio donde se cuenta el exterminio de los indios del Brasil. De cómo hasta antes de ayer, hasta ahora mismo, hombres y mujeres respetables son capaces de aparcar toda su respetabilidad para esclavizar a otros seres humanos. En otro relato nos presenta a un Hemingway viejo y agotado en su casa de La Habana, poco antes de pegarse un tiro.
  En definitiva un escritor al que le seguiré prestando atención. Lo que he leído por ahí de Nápoles 44 es muy interesante. Y, a tenor por lo que tuvieron que hacer mujeres italianas para seguir adelante, para sobrevivir, penoso.

martes, 3 de septiembre de 2013

DIARIO DE MOJACAR 4


 06 de agosto.  Playa de los muertos.
Pasado Carboneras y después de una carretera sinuosa en la que puede verse, en ocasiones, la costa muy abajo, llegamos a un aparcamiento donde coches esperan el turno para entrar en un aparcamiento al aire libre y donde el ayuntamiento cobra cuatro euros por aparcar. Sacamos todo el equipaje necesario para pasar unas horas en la playa: neveras, sombrillas y un largo etcétera. La playa, natural y de difícil acceso, está a veinte minutos caminando por una senda llena de rocas. ¿Cómo pudo llegar el hombre blanco al nacimiento del Nilo con aquellos bártulos? Creo que la respuesta está en que no había mujeres, o al menos no eran como Mary Kingsley, y no había niños (y tenían porteadores). El reguero de gente es continuo y al llegar vemos que la anchura entre dos enormes entrantes del mar, la playa, es de unos quinientos metros y está a rebosar. Para establecernos no tenemos más remedio que molestar a los que, como nosotros, han ido a estar solos en una playa exclusiva. Hay tantas piedras y tan bonitas que me llevaría un buen montón pero no podría transportar ni un gramo más a la vuelta sabiendo que encima es cuesta arriba.
  Al principio nos acompaña el mal humor pero para eso hemos llevado las neveras. Sacamos un estupendo vino blanco, unas patatas y unos nachetes y pronto, después de los brindis, reímos como niños; más que ellos. En ocasiones es necesario echar un buen trago.