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sábado, 31 de agosto de 2013

DIARIO DE GUERRA (1914-1918). ERNST JÜNGER




Sólo un aficionado incondicional a la Gran Guerra debería comprar y leer este libro. En estos diarios Jünger habla de la guerra y sólo de la guerra. Casi setecientas páginas de vida de trincheras con miles de disparos, miles de granadas de mano, miles de obuses, miles de descargas de artillería  y miles de muertos. Tengo entre lo mejor de mis estanterías los siete tomos de sus memorias y diarios. Imagino que para escribir su magnífica obra, Las Tempestades de acero, el primer tomo de ellos, utilizó estos apuntes porque se habla en ambos del famoso El bosquecillo 125. Pero a diferencia de éste en sus memorias abarca todo tipo de temas. Qué leía, qué conversaba y con quién, y en definitiva, observaciones interesantes y sumamente amenas. Pero con este Diario de Guerra 1914-1918 uno queda saturado de espanto. Se dice siempre que la mayor parte del tiempo los soldados gastan las horas en aburridas esperas o en inacabables marchas, pero se diría, leyendo estos diarios que Jünger no hubiera hecho otra cosa que combatir ininterrumpidamente durante cuatro años. A veces, incluso viviendo escenas dantescas el hombre se vanagloriaba de estar disfrutando de tremenda experiencia."Hoy por hoy me lo paso bien en la guerra y le he tomado el gusto, ese constante jugarse la vida tiene un atractivo enorme".

  También me ha llamado la atención la falta de sustancia. En cada uno de sus otros libros de memorias o diarios he subrayado aquí y allá todo tipo de brillantes observaciones o teorías o ideas. Aquí no hay absolutamente nada. Ni un subrayado, ni una sonrisa ante algo increíble; tan sólo un altísimo y continuo tronar de gritos y disparos.




jueves, 29 de agosto de 2013

DIARIO DE MOJACAR 3


 05 de agosto.  Doce de la mañana.
 Desisto de permanecer en la playa un minuto más. Huyo del sol abrasador que convierte las piedrecillas en metal fundido. Me voy a buscar un sitio fresco donde poder leer en paz. Encuentro un hotel coqueto donde hay una terraza elevada de madera y corre una agradable brisa. Saco mi cuadernito de tapas rojas y el libro de Mary Kingsley sobre sus viajes a África. Tendría que haber tomado notas a diario como he hecho en otros viajes. En el recuerdo, los acontecimientos, más bien escasos, se amontonan. Veo caminar hacia la playa a jóvenes que acaban de levantarse.  Pasa un coche en el que un tipo rapado saca medio cuerpo por una ventanilla superior. Levanta el puño amenazando a los transeúntes, a una pareja que pasea les hace la peineta y les grita “¡¡¡que os jodan!!!; ignoro el motivo; estoy tan lejos de todo eso…
  Tengo también el encargo de mi hija S. de comprarle el segundo tomo de Los Juegos del Hambre. Se ha quedado sin lectura y se aburre un poco. A pesar de que en casa hay cientos de libros y de que algunos se los he recomendado porque intuyo que le gustarían, jamás ha leído nada sugerido por mí. Siempre contesta: “no son temas que puedan interesarme”.
 Después de pagar el agua con gas recorro los sitios donde puede que tengan libros: estancos, tienda de suvenires, quioscos, supermercados…, nada. Es imposible comprar la segunda parte de una novela de éxito juvenil en un buen trozo de costa española. Le digo a mi hija: “no lo he encontrado, para los comerciantes debe ser tan difícil vender aquí libros como en el Ártico helados”.

lunes, 26 de agosto de 2013

VIAJES POR EL ÁFRICA OCCIDENTAL. MARY KINGSLEY.



Hay que tener pelotas para ser una mujer que vive en plena época victoriana, recibir una renta suculenta después de la muerte de sus padres y embarcarse en un viaje hacia lo más salvaje del  África occidental. Lo suyo, lo lógico, hubiera sido irse a recorrer Europa o Inglaterra y disfrutar de su patrimonio como hizo su hermano, menor que ella. Pero no, prefirió irse allí a pasar calamidades pero, claro, si hubiera hecho eso no hablaría nadie de su aventura y no hubiera vivido las extraordinarias experiencias que vivió.  En un momento en que contemplaba un paisaje maravilloso se lamenta únicamente de no haber ido mucho antes, a pesar de los peligros de los animales salvajes, de los mosquitos y de los fang, una tribu caníbal de la que se hizo bastante amiga y con los que convivió por un tiempo. Parece que en todo grupo humano se reconoce la excelencia.
  Las peripecias de esta mujer están bien contadas, tienen su gracia. Nunca, debido a mi temperamento normalmente sedentario, me atrevería ni siquiera a algo parecido, pero me encanta leer cosas de personas extraordinarias que emprenden tamañas empresas. A ella, a tenor de este párrafo le pasaba lo mismo: “Hasta ahora mi literatura favorita era aquella debida a gentes que se habían entregado en cuerpo y alma a la montaña, que habían escalado los picos más altos…” y sigue “Por nada del mundo me vería enfrentada a estos supuestos, ni a cambio de nada me aventuraría en algo semejante. Son experiencias que valen, al menos para mí, para ser imaginadas sentada en un sillón cómodo…”. Pues eso.
  Otra cosa que me ha hecho gracia es que estaba un poco escaldad de los misioneros, de los predicadores. “Lo peor que le puede ocurrir a un africano es que alguien llegue y le diga, venga, voy a civilizarte, voy a llevarte a la escuela, voy a enseñarte religión”. Concluía que meter en la cabeza de los nativos esas ideas confusas sobre la religión hacía más fácil el sometimiento “Míster Ibea no aceptaba que los términos civilización y sometimiento fueran antónimos. Según él, eran sinónimos”.
  Mary Kingsley se molestó en aprender de los pueblos que visitaba. Su lengua, su cultura, sus ideas, sus mitos y religiones. Por ejemplo decía “Dios hizo negro al primer hombre” y al atravesar los ríos y las selvas se volvió blanco, convirtiéndose así, también, en el padre de los hombres blancos. Y concluye la teoría. “No, nosotros estamos bien así, tenemos nuestras danzas, nuestros tambores, todo lo que deseamos comer; no queremos ir al otro lado del río, donde viven los hombres blancos”. Pues eso.
  Kingsley nació en 1862, justo cien años antes que yo. Tras alistarse como enfermera en la segunda guerra de los Bores murió en 1900 de unas fiebres tifoideas.  Vida ciertamente corta e intensa, pero, entre otras cosas le dio tiempo a defenderse de un cocodrilo dándole de paraguazos. ¿No es emocionante?

sábado, 24 de agosto de 2013

DIARIO DE MOJACAR 2



  Por la mañana quedamos todo el grupo, que lo componen adultos y niños de todas las capas de edad, en la playa. Por el móvil vamos concretando el sitio: cerca de un vehículo de protección civil. Hacia allí vamos. Cuando llego veo a un fotógrafo que levanta una toalla para hacer una foto a una anciana que se ha ahogado esa misma mañana. Tiene la piel de la cara muy blanca y pegada a los huesos. Es muy menuda. Cuando cubren otra vez el cuerpo solo pueden verse las aletas; apenas tiene volumen. Las personas, cerca, siguen con sus baños y sus charlas. Solo algunos muestran su congoja por las posturas de sus cuerpos. Se va el grupo a otro sitio. Yo me quedo no sé con qué excusa y espero que venga el forense. Cuando llega procede con determinación: le quita unos guantes, las aletas, el reloj y ordena que la introduzcan en la bolsa para que se la lleven. No hay nadie cerca que llore. Todo se hace deprisa y de manera profesional. Por otro lado pienso que la pobre señora se ha muerto a edad avanzada y haciendo seguramente lo que más le gustaba. A la mañana siguiente no puedo evitar la curiosidad y leo en internet que tiene noventa años que viene a estas playas desde hace más de cincuenta. Que es madre de un famoso médico naturista y que es inglesa.
  Pienso que firmaría para mí esa clase de muerte si bien preferiría que nunca encontraran mi cuerpo.