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martes, 30 de abril de 2013

ROLF BOSSERT




  ¿Qué tienen que ver Claudio Magris y Herta Müller con Rolf Bossert? ¿Quién es Rolf Bossert? Si buscamos en la wiki no encontraremos nada. Sólo una referencia en el artículo de Adam Müller-Guttenbrunn (1852-1923), que al parecer fue un escritor y dramaturgo de la región del Banat, hoy Rumanía, y de tendencia antisemita y nacionalista alemán.
  Supe de él a través de la deliciosa lectura de “El Danubio”, de Claudio Magris.
 “El joven poeta que conocí en Bucarest cuando esperaba el permiso para expatriarse, consiguió irse y escapar de la capa de plomo y unos meses después, en la República Federal, donde había encontrado libertad e incluso éxito, se suicidó. Claudio Magris. El Danubio”.
  Y rastreando por la red, he encontrado también ésta referencia de la escritora austriaca-rumana Herta Müller en su libro “El Rey se inclina y mata” –no tardaré en hacerme con algo de esta mujer-: “Después de que toda una tropa de agentes de los servicios secretos registrara la vivienda de mi a migo Rolf Bossert para llevarse todos los manuscritos y cartas, Bossert cogió las tijeras, se metió en el baño sin decir palabra, y frente al espejo se cortó un mechón de pelo de la cabeza y otro de la barba. Fue poco antes de exiliarse en Alemania. Aquellos tijeretazos salvajes –siete semanas más tarde lo sabríamos- fueron la primera vez que se ponía la mano encima. Porque siete semanas más tarde llevaba seis en Alemania y se tiró por la ventana del hogar de transición donde le habían instalado.
  Más que en las mujeres, el pelo en los hombres solía ser un indicio político. Daba muestra del grado de intervención del Estado en la persona, del grado de opresión”.

domingo, 28 de abril de 2013

Blasco Ibáñez. Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis.

  Dentro de la colección del periódico El Mundo que se editó allá por el principio del siglo está esta novela de Blasco Ibáñez, Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis. Llevaba por tanto doce años esperando el turno para ser leído en la estantería de los rezagados. No sé porqué. Quizá influenciado negativamente por la serie de televisión Cañas y Barro. ¿Por qué me he decidido? Quizá haya sido la entrevista que leí hace poco a Vestringe en Jot Down. A la pregunta de qué autores españoles le habían interesado su respuesta fue: “Blasco Ibáñez, Unamuno y nada más”. No debería ser un motivo justificado y más añadiendo que nunca había podido pasar de las treinta primeras páginas del Quijote. Pero ha sido suficiente. Y debo decir que me ha gustado mucho. Me ha recordado en sus descripciones a toda la potencia que ponía Pérez Galdós en las suyas. La historia es atractiva. Escrita en el año 1916, en plena guerra mundial. Antes, por tanto, de los experimentos literarios que se iniciaron a mitad de siglo. Se pueden contar hechos horribles pero de manera atractiva. Las escenas de guerra son sobrecogedoras, como si fuera filmando por aquí y por allá sin ahorrar ni un gramo de espanto.
  Aparte de escritor Blasco Ibáñez era político y eso se nota también en las teorías de la historia. Diálogos y debates se suceden: “-Pero ¿tú crees que habrá guerra?- preguntó Desnoyers. –La guerra será mañana o pasado. No hay quien la evite. Es un hecho necesario para la humanidad”. Entresacado de un interesantísimo tratado sobre las razas, las naciones y la guerra entre un alemán de pro y un francés. Dice Alfaya, en el prólogo, que tira mucho hacia el lado de los aliados, hacia sus posturas, pero no veo porqué evitarlo. Dice Hartrott, el personaje que interpreta las ideas expansivas de la Alemania belicosa: “¡La fuerza! Un puñetazo certero y todos los argumentos quedan contestados”. Y ésta impagable sobre la moral, que todos los gobiernos siguen intentando poner en práctica: “La moral, según él, debía existir entre los individuos, ya que sirve para hacerlos más obedientes y disciplinados. Pero la moral estorba a los gobiernos y debe suprimirse como un obstáculo inútil. Para un estado no existe la verdad ni la mentira: solo conoce la conveniencia y la utilidad de las cosas. El glorioso Bismarck, para conseguir la guerra con Francia, base de la grandeza alemana, no había vacilado en falsificar un despacho telegráfico”.
  Muy buena esta novela escrita por un autor que, como se dice en el prólogo, nunca ha gozado del reconocimiento académico español, pero que se ha seguido editando y leyendo a través de los años, y eso, dicho en estos tiempos, es el mejor de los elogios.

lunes, 22 de abril de 2013

Javier Reverte. Colinas que arden, lagos de fuego.

  A no todos les pasa pero hay escritores que repiten su fórmula del éxito una y otra vez y siempre aciertan. Es el caso de Javier Reverte, ese escritor madrileño que parece que ha encontrado la mejor forma de ganarse la vida que existe: viaja, escribe sobre ello, saca fotos, se lleva a familia y amigos, lo cuenta y saca dinero.  A algunos en cambio les cuesta vaciar la nevera de cervezas y aguantar unos cuantos ronquidos.
  He leído casi todo lo que ha publicado sobre viajes y me siguen subyugando las cosas que cuenta de la historia y las cosas que él mismo observa. Cuando habla por ejemplo de poder tomarse una cerveza helada en medio de la jungla a uno se le hace la boca agua sólo de pensarlo.  O cuando uno lee sobre el Coronel Von Lettow quiere leer todo sobre tan magnífico personaje. En este libro de viajes por el este de África, “Colinas que arden, lagos de fuego”, se siguen contando cosas parecidas a sus otros libros de viajes por el este de África pero siempre sabe reinventarse. Y más que publique, más que seguiré leyendo sobre estas cosas.  Que yo recuerde este es el cuarto libro dedicado a África: El sueño de África, una especie de exquisito “Ébano” a la española, Vagabundo en África y Los caminos perdidos de África. Una pura delicia donde uno parece contactar con nuestros más primitivos ancestros.
  En esta ocasión se ha hecho acompañar en diversos tramos por su hermano Jorge M. Reverte, el magnífico historiador, por su hijo y por diferentes amigos. Es la típica persona que sabe hablar con toda clase de tipos porque es, por encima de todo, un ser curioso, la principal característica de un buen viajero. Tipos que dicen cosas como “¡Soy católico! Pero no creyente. En Irlanda, ser católico no es un asunto religioso; es una cuestión política”. O cómo ve el mundo estadounidense después de la llegada de Obama un keniano: “Bush ha destruido el país. Lo que aprendí estudiando ciencias económicas no me sirve ya para nada, porque he estudiado la economía que ha destruido el mundo”.
  Otra cosa son las novelas de mi querido Javier. No, yo solo digo que se dedique a viajar y a escribir sobre ello; yo, en parte, estaré encantado de seguir sufragando los gastos.

miércoles, 17 de abril de 2013

14 de abril de 2013. Damien Hirst.


  El domingo fuimos a la ciudad financiera del Santander para ver una exposición de arte. Le llaman ciudad pero no lo es. No hay habitantes, solo gente trabajando, aunque tiene sitios de ocio y de vida: campos de golf, peluquerías, bomberos y hasta guarderías. Los edificios son de cristal, madera y acero y como sacados de una película del espacio. Hay por todas partes plantas, jardines y una colección grande de olivos centenarios, como un símbolo de que quien es dueño de todo eso posee una fortuna inmemorial.  

  La exposición tiene varias salas, unas permanentes y otras temporales. Una de la permanente tiene cuadros de Josep María Sert que no conocía. Cuadros descomunales de motivos y estilos parecidos a los de Doré o de esas que se utilizan para ilustrar al Quijote o a La Biblia.

  En la exposición temporal titulada Cranford Collection, Out of the House, se pueden ver cuadros y esculturas de diferentes artistas. Apenas me han llamado la atención: si acaso una escultura que parece un perro de perfil pero que luego son un par de tetas vistas de frente. Un amasijo de crema dura en forma de pene que al final no lo es. Unos pantis rellenos con lo que parece un falo gigante envuelto en lana. Sin embargo sí me ha impresionado un cuadro -en realidad dos- firmados por un artista de fama mundial: Damien Hirst. El que corta animales y los mete en formol. El que utiliza raspas de peces. Aquél que hizo una calavera con no sé cuántos diamantes. El cuadro se titula Condena, Salvación. Son dos triángulos enfrentados  por el lado más largo. El de la izquierda es oscuro y está formado por lo que parece una superficie de carbón o una mezcla de tierra húmeda. El de la derecha está claro que son alas de mariposa colocadas de manera ordenada. Y uno va dando pasos y se va acercando. El cuadro de la izquierda en realidad es una amalgama, una melaza, un compuesto, de miles de insectos: moscas, gusanos, larvas, unidos por lo que podría ser un sirope infernal. Los niños corren a descubrir “el horror” y salen disparados con cara de asco. Pero luego uno mira el de la derecha y ve los colores y los matices de las alas. La vida y la “promesa incuestionablemente segura de la muerte”.

jueves, 4 de abril de 2013

CHINA PARA HIPOCONDRIACOS. JOSÉ OVEJERO.



  De José Ovejero leí hace poco su fabuloso ensayo La ética de la crueldad del que dije cosas aquí hace poco. Me cae bien este hombre. Ahora, después de salir corriendo a la librería más próxima a comprar lo que fuera de él, he sabido que es además, hipocondriaco. Un poco como yo. En el noventa y ocho decidió viajar solo a China para encontrarse a sí mismo. Una vez allí estudió durante un mes en la Universidad para aprender el idioma y luego se encontró con su compañera Renate y decidieron seguir viaje por toda China. Un país inacabable.
    Ganó el premio Grandes Viajeros de libros de viajes. Como en todo buen libro de este género, mezcla sus observaciones personales con historias sin que lleguen a ser pesadas o con falta de interés.
  Su hipocondría es un hándicap más ante larguísimos viajes en tren abarrotados donde la gente come, fuma y escupe a centímetros de ti. Donde la comida puede llevar cualquier cosa que corra o vuele o tenga cuatro patas “excepto una mesa”. 
  Sí, es un inconveniente ser una persona algo melindrosa con los bichos y los olores, pero Ovejero tiene simpatía y encanto para contarlo.
  Estoy deseando echarme a los ojos alguna novela suya.