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domingo, 17 de junio de 2012


  El verano ha llegado ya a tiempo completo. En verano se vive más en la calle porque la luz da vida y alegría. Salgo a pasear a menudo con mi bicicleta por el bosque cercano. Las plantas sueltan un olor especial, pegajoso. Riego cada tarde las plantas que tenemos en el patio y me gusta ver cómo sacian la sed que debe dar el calor acumulado del día. Cuando se ha ido el sol suelo salir a leer algo con una copa más bien ligera, echando al vaso plantas aromáticas que tengo en alguna maceta: hierbabuena, albahaca, tomillo… Otras veces me calzo mis sandalias de andar, me pongo los auriculares y me voy a dar grandes paseos. La música que escucho en verano es casi siempre salsa cubana. No me apetece, como en invierno, escuchar música de Mozart de Haendel o de Bach. La salsa me levanta el ánimo y me hace recordar o imaginar escenas de cuando voy a bailar. Me encanta también tomar pequeños baños de sol, no más de quince minutos y darme un chapuzón rápido si acaso.
  Como no he tenido suerte con los dos últimos libros que he comprado para leer y me he hartado, estoy releyendo El Cuaderno Gris de Josep Pla. Estoy volviendo a disfrutarlo casi más que la primera vez porque sé las agradables sorpresas que me va a deparar. Algunas entradas del dietario son cortas pero en otras se explaya en explicar, por ejemplo, cómo es para él la historia de un primer amor. Pla analiza las relaciones de sus paisanos como si fuera un entomólogo observando las evoluciones de un hormiguero. “Es la lucha que una persona que no tiene nada que decir ha de realizar para decir alguna cosa. Estas luchas son desagradables a más no poder y los hombre y las mujeres las llevan a cabo, generalmente haciendo trampas…”. Cuenta algunas excursiones, generalmente sosas, a pinares o a la playa. Me ha hecho recordar una de las primeras veces en las que fuimos con chicas de excursión a la Casa de Campo. Cuando se acabó la cerveza y todos se fueron emparejando en apartados escondites sombríos quedamos mi enamorada y yo frente a frente sentados en la hierba sin ser capaces de decir ni una palabra; sin tocarnos si quiera una mano. Solo al final, viendo que se acababa la tarde sin novedad alguna, fui capaz de darle un beso fugaz en los labios, un beso que ya a esas alturas ni venía a cuento.
  También habla Pla de veraneos en Calella, de sus impresiones del mar, de lo que se comía, del clima y del paisaje.
  Cuando yo tenía diecinueve años fui con mis padres a veranear a Calella. Un compañero de mi padre nos dejó su apartamento. Este se encontraba pegado a la carretera que venía de Barcelona. El apartamento era un sitio curioso rebosante de cosas generalmente inútiles. Tenía un piano de cola en el salón y es casi lo único que cabía a no ser por decenas y decenas de detallitos más o menos grandes: una trompeta en la pared, un elefante de porcelana con la trompa hacia arriba, abanicos, ceniceros, etc, etc. Una especie de museo de no se sabe qué cosa. Coincidió la cosa con las olimpiadas de EEUU. Por la madrugada me levantaba con mi hermano a ver los éxitos de la selección española de baloncesto. Un día conocimos a unas estupendas señoritas en la playa. Tenían un tipazo. Mi madre siempre nos decía que en la playa las chicas no engañan: la que tiene buen tipo lo tiene. Quedamos por la tarde para ir a tomar unas copas. Cuando fuimos a buscarlas al bar casi salimos corriendo. Vestidas eran aún más espectaculares. Enseguida me enamoré de una. Mi hermano era demasiado joven para elegir a la otra así que la cosa fue un poco coja. Bebimos, bailamos y la besé en el cuello. Luego acabaron las vacaciones y nos escribimos pero la distancia es lo que tiene; la cosa se fue enfriando y al final todo acabó.
  El amigo de mi padre, el dueño del apartamento, nos regaló el elefante. Mi madre lo tuvo durante años en el salón pero hubo una mala racha en la familia y lo achacó a la trompa del elefante. Y eso que no es supersticiosa, dice. El caso es que le arreó un escobazo y la cosa en la familia empezó a mejorar.