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sábado, 19 de noviembre de 2011

Aquí está.



Espero que ésto, "el rollo", mi querida anónima, te sirva de explicacion.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Carta a Carlos

Hola Carlos.

Te escribo por un asunto “libresco”. Verás; resulta que hace unos días leí una reseña sobre un librito llamado “Los Náufragos del Batavia”. Tanto me gustó que fui corriendo a la librería y me lo compré. Es pequeño y en unas horas lo he terminado. Cuenta la historia de un naufragio (el más cruel de la historia, se dice) acaecido en el año 1629 en la costa coralina, en el oeste de Australia. El Batavia encalló y se salvaron -de primeras- casi todos sus ocupantes. El tema es interesantísimo porque allí se pudo reproducir una república del terror a pequeña escala. Hubo más de trescientos supervivientes: hombres, mujeres y niños. Se establecieron en pequeñas islitas y hubo guerras, violaciones, robos, juicios, sentencias, torturas, asesinatos, etc. Al final quedaron menos de noventa cuando un par de meses después fueron a rescatarlos.

Dentro del librito se cita a un autor y a su libro que en cierta medida se le adelantó. Mike Dash, y su descatalogada: “La tragedia del Batavia”. Y ahora sí que voy al meollo del asunto.

Resulta que es imposible de encontrar y necesito leerlo como sea y –creo- que fue un libro que te regalé a ti hará eso, siete u ocho años. ¿Lo tienes? ¿Me lo puedes dejar? Es un libro negro con una ilustración en rojo en la que se ve a un hombre colgado. Yo estoy casi seguro que fue aquel libro.

Nada más. Si lo encuentras me lo dices y lo llevas el día del cumple de Elena.

¡Cuánto me alegro por lo vuestro!


lunes, 7 de noviembre de 2011

Thomas Lovell Beddoes


A veces uno se toma las críticas literarias demasiado en serio y la cosa termina en suicidio. Thomas Lovell Beddoes fue un poeta británico que vivió en la primera mitad del siglo XIX y que al parecer recibió una crítica muy negativa de un amigo suyo, Thomas Forbes, cuando publicó su obra: “Libro de la muerte de Jest”.

Después de fracasar abriéndose una arteria de la pierna - solo consiguió su amputación- logró por fin su objetivo tomando una dosis letal de veneno. Tenía 46 años.

Dejó este epitafio:

"La vida era una lata sobre un sólo punto de apoyo, que para colmo era malo".

martes, 1 de noviembre de 2011

01/11/11

Hoy es el día de todos los santos. El día de los muertos. Pero en mi familia jamás nos hemos acordado de ellos, al menos en este día; precisamente en este día. Nunca he ido a ver una tumba de un familiar. No sé dónde están enterrados mis abuelos. No ya el nicho; ni siquiera el cementerio. Y me alegro por todo ello.

Hoy se quejaban los vendedores de flores porque decían que cada vez se incinera más. A menos tumbas, menos flores. Mi suegra, de misa dominical, nos ha dicho que, pensándolo mejor, tampoco quiere que la entierren cuando muera. Prefiere, como ella dice, la cerilla. Y es que los cementerios también serán cosa del pasado. Es más higiénico, más limpio, pensar en el fuego que en el pudridero. Bien es verdad que luego te dan una urna con un compuesto y no se sabe qué hacer con ella. Hará unos años recogimos una urna, subimos la sierra para esparcir las cenizas en un bello paraje y volvimos al tanatorio para devolver el embase. No cabía en nuestra cabeza guardarla, tirarla a un contenedor, romperla… negocio redondo para la funeraria.

Recordamos algunas veces a nuestros muertos cuando nos juntamos a comer y casi siempre nos reímos. Hay que pensar en que, si pudieran vernos por un agujerito, es así como les gustaría vernos.

Sin embargo me gusta contemplar cementerios antiguos. Tienen algo de lo que carece nuestra sociedad actual: tranquilidad.

Cuando llegamos a Oporto era de noche y no se veía nada. Sólo cuando amaneció y nos asomamos por la ventana vimos que daba al cementerio. Éste cementerio.