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viernes, 28 de enero de 2011

Encogimiento

A veces, en la tierra sedienta de África caen mantas de agua que hace que todo se inunde. Resurgen flores y plantas que parecían muertas. Renacen larvas que llevaban sepultadas años. La corriente del agua arrastra millones de peces y del interior salen a respirar millones de insectos que atraen a millones de aves. Todo el paisaje hasta el horizonte se vuelve verde, mullido de vida. Los animales acuden de todas partes al festín. Todos chapotean en un prado inmenso de actividad por la supervivencia.

Pero un día, de pronto, la temperatura sube un poco más. El sol abrasa y el agua se va evaporando poco a poco, durante meses. Las zonas húmedas se van empequeñeciendo. Cada vez hay más animales en menos espacio. La poca agua que va quedando está sucia, espesa de barro, peligrosa por los cocodrilos y las fieras que deambulan por las orillas, y aun así cada animal arriesga su vida para poder beber, así es el poder de la sed.

En pocos días todo es un mar de barro casi seco, resquebrajado. Muchos animales se han dado cuenta hace mucho y se han ido. Otros, hundidos, se dejan las últimas energías para salir sin que logren nada más que hundirse un poco más. Unos pocos, los más valientes, se hacen dueños de la charca. Están al acecho de los que se aproximan enloquecidos por la sed, y cuando están en distancia, se los comen.

El mundo, el estado del bienestar, se está encogiendo. Si esto sigue así pronto no quedará más que una charca cuidada por cocodrilos rodeados de guardaespaldas.

domingo, 23 de enero de 2011

COSTAS CARIOTAKIS


Muchas veces se ha dicho que el suicidio es resultado de un impulso irracional. En el caso de este poeta heleno, no fue un impulso sino una determinación.

Cariotakis se lanzó al Mediterráneo con intención de no salir vivo. Pero después de pasar diez horas luchando por ahogarse, la marea lo devolvió sano y salvo a las orillas de Prévesa (Grecia). Era el 20 de julio de 1928. Era, para su desgracia, un experto nadador.

Se fue a su casa, se duchó, desayunó y se fue a dar un paseo. Se compró una pistola. Se sentó a la sombra de un eucalipto y se pegó un tiro en el corazón.

Tenía treinta y dos años y una amante poeta y futura suicida: Maria Poliduri.

domingo, 16 de enero de 2011

La vida eterna

He visto una película extraña. Me la recomendó un familiar. Su título: El Hombre en la Tierra. Un profesor de universidad, de treinta y tantos, se despide de sus compañeros en una fiesta. Tiene en realidad 14.500 años. Es una increíble historia que se va haciendo creíble según avanzan sus sorprendentes y eruditas explicaciones. Pero, como decía la canción ¿Quién quiere vivir para siempre?

Hoy he releído algunas cosillas de La Vida Eterna, de Savater. Cuenta el caso de una sibila de Delfos “a la que Apolo había prometido el obsequio de cumplir su mayor deseo: Ella solicitó no morir nunca y también padeció los horrores de una senectud interminable, hasta que convertida en una suerte de grillo amojamado acabó como juguetes de los niños. Los chavales la tenían encerrada en una jaulita, que zarandeaban gritando entre carcajadas: “Sibila… ¿qué quieres?”, y acercando el oído podían escuchar un chirrido estridente y agónico: ¡Quiero morir, quiero morir!”.

sábado, 8 de enero de 2011

ADALBERT STIFTER


A través de Jünger, de nuevo. En la entrada de su diario correspondiente al 8 de enero de 1947 escribe sobre diferentes formas de morir.

“Frío siberiano. Es agradable pensar que con este frío se vuelve muy próxima la muerte y se convierte en algo atmosférico. Uno sale a dar un paseo por el bosque, bebe con talante contemplativo una botella de borgoña y luego se tiende en el suelo para dormirse y no despertar ya nunca más.”

“Uno de mis condiscípulos elogiaba, en la novela Helmuth Harringa, que fue muy leída hacia 1912, la pulcritud del suicidio del protagonista. Nadaba hacia el mar abierto, hacia lo que no tiene orillas, e iba acercándose al hundimiento con una actividad constante.” “Preferible a eso sería la ascensión invernal a las altas montañas, a zonas cada vez más gélidas de la soledad blanca. En Cristal de Roca ha rozado Stifter la atmósfera solemne de ese modo de morir. Frente a eso causa extrañeza la manera cruel como puso fin a su vida.”

Confieso que no había oído hablar de Stifter pero resulta que fue Nietzsche quien lo elogió y dio a conocer. Ha influido en autores tan importantes como Peter Handke quien calificó a este autor como el gran conciliador del hombre y la naturaleza. También a Thomas Bernhard, quien temía precisamente eso; que el hombre no supiera acoplarse a la naturaleza. Incluso se dice que fue la gran figura de la narrativa austriaca del XIX.

Adalbert Stifter nació en 1805 en Oberplan (Austria) dentro de una familia de artesanos y comerciantes. Sus padres mueren cuando es joven y tiene que ayudar a su abuelo en las tareas del campo, pero capta en el niño aptitudes más elevadas y consigue que lo admitan en un monasterio. Y vaya si triunfa. No sólo no se adapta si no que despunta en todas las disciplinas. Fue también un pintor muy destacado.

Se dedicó a la enseñanza de niños y jóvenes de familias poderosas. Quiso aprobar oposiciones a profesor pero unas veces por un motivo y otras veces por otro no consigue aprobar nunca, con lo cual vive en penuria económica toda su vida aunque tuviera un cierto éxito en alguna exposición o con motivo de la publicación de alguno de sus libros, como por ejemplo este que he citado: Piedras de Colores.

Defendía –y yo estoy de acuerdo- que gran parte de lo malo que pasa en el mundo se debe a una deficiente educación. “La educación es el primer y el más sagrado deber del estado”. (Llegados aquí no he podido evitar acordarme de la tragedia que acaba de ocurrir en EEUU).

Sus últimos libros publicados tienen poca aceptación por parte del público. A eso hay que añadir problemas de salud. “Su vida en aquellos años estuvo marcada por continuos trastornos de origen nervioso que le hacían necesitar, cada vez con más frecuencia, curas de reposo en las que generalmente no solía acompañarle Amelie –su mujer-, ya que ésta no soportaba los lugares solitarios que tanto gustaban a su marido.”

No tuvieron hijos pero adoptaron a una sobrina de su mujer. Cuando se hizo adolescente se fue de casa y después de buscarla varios días apareció muerta en el Danubio. Esto produjo un profundo sentimiento de frustración como educador.

Un dato que me ha sorprendido de su biografía es saber que vio por primera vez el mar con más de cincuenta años. Para él, enamorado de los paisajes naturales de montaña, aquello le impactó profundamente y se arrepintió de no haber ido antes a verlo.

Quiso ser un perfecto ser humano pero eso es algo inalcanzable quizá por definición. En 1868, triste, cansado y desesperado por los sufrimientos de su enfermedad, se hizo un tajo profundo en el cuello muriendo a los pocos días. Dice Conesa en su bella introducción que “La misma muerte de Stifter, consecuencia de una acción cometida en un estado de desesperación, habría tenido difícil cabida en su obra”. Tenía 63 años.

miércoles, 5 de enero de 2011

La ley del tabaco

Entiendo que no sea grato que nos enmienden la vida a base de leyes pero todas surgen de una necesidad social. Si todos pensáramos en los demás, es decir, si nos pusiéramos cada uno en el lugar del otro, posiblemente no haría falta promulgar ley alguna.

Haciendo memoria del tabaco también podemos acordarnos de lo que era el Congreso de los Diputados hasta hace unos años. Esas sesiones maratonianas donde se hacía difícil distinguir quién tomaba la palabra.

Cuando estudiaba EGB teníamos un profesor de matemáticas que no paraba de fumar Fortuna. Podíamos ver el humo de su cigarro suspendido a través de los rayos de sol. A mí eso me despistaba de sus explicaciones, y lo que es peor, me daban unas ganas tremendas de imitarle. El resultado fue que me convertí pronto en fumador y un negado de por vida en matemáticas.

Cuando nació mi hija mayor todos los padres fumábamos en la sala de espera. Cuando nació la pequeña en 2003 ya era impensable hacerlo aunque recuerdo haber visto a algún cenutrio. Yo acababa de decidir no fumar jamás. No hace falta nada, solo la voluntad propia de dejarlo. Cuando veo esas campañas de publicidad farmacéutica me río. Basta con decir no; es lo más barato y efectivo.

Sin embargo sí me gusta leer acerca del acto de fumar. Cabrera Infante y su “Puro Humo”, o “Sólo para Fumadores” de Julio Ramón Ribeyro, o “La Conciencia de Zeno” de Svevo. Julio Ramón también tenía esa determinación de la que hablaba para dejar el hábito. Una noche solitaria en un hotel tiró por la ventana medio paquete de cigarrillos al patio interior asqueado e intoxicado. De madrugada se jugó la vida descolgándose por las tuberías para desarrugarlo y darse un atracón de fumar.

Dejar de fumar es de las cosas más valiosas que he hecho en mi vida. No es mucho, lo sé, pero yo estoy orgulloso de ello. Y me alegro de que se haya implantado en este país sin apenas restricciones. Psiquiátricos y cárceles. Un motivo más para no acabar en estos sitios.