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sábado, 27 de febrero de 2010

Jack London


El nombre de Jack London evoca a la naturaleza en estado salvaje, a lobos blancos corriendo por parajes interminables, a hombres embrutecidos buscando del oro por rutas intransitadas de Alaska. A mi también me sugiere películas juveniles de aventuras, de Walt Disney, pero es que, comparada, la vida de Jack London es la más descabellada de sus ficciones. London fue un escritor de muchísimo éxito; el predecesor en fama y dinero de Hemingway. Pero le tocó vivir en un tiempo y en un lugar despiadado.
London cuenta que aprendió a contar cuentos por necesidad; cuando llamaba a una puerta en busca de comida, debía relatar bien sus aventuras para que no le dieran con las mismas en las narices. Se dice que sus novelas están demasiado bien estructuradas; demasiado redondas, fuera del caos de la realidad. Otros dicen que ahí está su acierto para mantener en vilo al lector.
Herbert Spencer mantenía la teoría de que para la humanidad, la lucha por la supervivencia, y consecuentemente, la eliminación de los más débiles e inadaptados, era la base para alcanzar el estado más perfecto para la sociedad. En los años primeros del siglo XX ésa era la tónica de los hombres en tierras salvajes.
London fue un viajero incansable. Intentó sin éxito dar la vuelta al mundo contrayendo varias enfermedades tropicales agravadas con su alcoholismo, lo que significó el deterioro de su salud; él que siempre se había sentido orgulloso de su físico y de su fuerza.
Le empezó a tentar la idea del suicidio. Veía con atracción su revolver colgado de la pared (confesó a su hermana que creía estar volviéndose loco) y comenzó a sustituir el alcohol por la morfina y la heroína.
Siempre defendió el derecho del ser humano a disponer de su vida y quizá hizo uso de esa libertad irrenunciable una noche de 1916, cuando se administró, quizá para soportar sus dolores renales y su enconado insomnio, una sobredosis de sulfato de morfina mezclado con atropina.
Bueno, su vida, después de administrarse esa mezcla incorrecta, necesitaba de algo más de suspense y de intriga, porque resulta que esas dos sustancias son antitéticas, y su agonía, después de multitud de intentos por salvar su vida, duró doce horas. Tenía cincuenta años.

viernes, 26 de febrero de 2010

26/02/2010

Un cura se ha gastado el cepillo de su parroquia y se quería cepillar a gente por ahí, cobrando, anunciándose en la prensa. Un político perteneciente a una comisión de seguridad vial que es pillado ebrio. Una religiosa, de alto rango, que es pillada igualmente bebida. Todos ellos y tantos otros son personas que se han dedicado a dar consejos a los demás pero sin dar ejemplo. Es como el cura del “San Manuel bueno y mártir” de Unamuno, que hacen creer a los demás por su bien. Por el bien del pueblo que está, piensan, muy por debajo de ellos.

Comienzo a leer Años de Guerra de Vasili Grossman. Se nota que no es su formidable Vida y Destino porque se aprecia demasiado la escritura al servicio de la propaganda. No obstante siguen apareciendo, de vez en cuando, buenos párrafos llenos de emoción. Casi voy por la mitad y estoy desando acabarlo para empezar con uno de los varios que he adquirido recientemente: Tumbas de poetas y pensadores de Nooteboom, Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre, o La Muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes o quizá me decida por fin a leer Cómo ser buenos de Nick Hornby.

Este invierno debería tener nombre de mujer fatal.

jueves, 18 de febrero de 2010

Jose Agustín Goytisolo


A pesar de que dijeran que en los últimos días le vieron algo deprimido, no se sabe con certeza si se cayó por un descuido o saltó al vacío voluntariamente desde un tercer piso.
Nació en 1928 en Barcelona siendo el mayor de una familia de escritores. Sus hermanos Juan y Luis se decantaron más por la novela. Él más por la poesía. Su poema “Palabras para Julia” ,su hija, se hizo popular cuando Paco Ibáñez sacó una versión cantada. Muchos de sus trabajos estuvieron dedicados al tema materno “Elegías a Julia Gay”. Su madre fue víctima de un bombardeo franquista en 1938.
Se hacía llamar “francotirador de izquierdas”. Fue amigo de Carlos Barral, Gil de Biedma, Caballero Bonald, García Hortelano..., algunos de ellos compañeros de parranda y desenfreno. Compañeros de excesos de sexo tabaco y alcohol.
Se suicidó el día del padre de 1999. Tenía 71 años.
Encuentro
" Alegría yo te he buscado y buscado por todos los lugares
por todos los caminos que andaba y desandaba,
alguna vez oí tus pasos en el bosque,
otra vez escuché tu risa,
pero nunca te tuve entre los brazos para poder hablarte,
para decirte que mi vida iba cayendo como una gota de agua,
que hacía frío y que te he esperado siempre
roto y amante como me ves,
como me tienes contra tu pecho amiga".

lunes, 15 de febrero de 2010

15/02/2010


Llevo unos días colgando comentarios en el blog de un periodista que me gusta. Ha cogido el filón de los objetos, de las moscas, de las cosas cotidianas de la vida. Éstos son en su orden junto con algún añadido.

1.- “Hay que tener cuidado con las moscas. Ya en el siglo pasado Pío Baroja se metió con ellas imaginando una república sin moscas, sin frailes y sin carabineros. Así que más tarde no se lo perdonaron ni los frailes ni los carabineros, ni por supuesto, las moscas”.

Aparte de esto yo también tengo algo que contar con respecto a las moscas. Cuando era niño viví en el norte de África. Las casas estaban encaladas y en los baños olía siempre a cañería. Había una bañera grande que casi nunca se llenaba de agua, para ahorrar. Pero en las ventanas se acumulaba tal cantidad de moscas, dispuestas al sol, tan sedientas, que cuando matabas unas cuantas con un trapo, estampándolas contra el cristal, muchas más iban a beber la sangre de sus compañeras, lo que nos daba la oportunidad de matar otro montón. Luego venía la mora y limpiaba unos cristales que nunca llegaban a estar del todo limpios. Las moscas nunca eran de todas maneras un estorbo. Convivían con nosotros junto a las cucarachas y las arañas y nosotros jugábamos con ellas. Una vez un primo mío le arrancó las alas a un moscardón y lo posó encima de su pene, el cual mantenía sumergido a excepción de su prepucio. Eso, al parecer, le procuraba gran placer.

2.- “Sí que es verdad que se acumulan cosas, fotos, recuerdos. E idioteces. Todos los años por estas fechas algún experto saca estadísticas de cuánto tiempo hacemos el amor los españoles; por comunidades. Qué cargante se va volviendo todo...
Por otra parte en algunas casas se acumulan libros, como es mi caso; cientos y cientos que son, porque los amo, lo menos prescindible de entre todas las cosas que voy guardando.
¿Cuál es el objeto al que tengo más cariño? una piedra de lava en forma de mierda que encontré en una playa de Cádiz. Era tan real, tan como recién salida, tan parecida a una caca humana, que casi no me atreví a tocarla, mojada como estaba en la orilla. Ahora es parte esencial de mi mesa de trabajo. Me inspira y sugiere cosas.
Me encanta esta faceta suya tan fecunda y doméstica, llena de insectos y cosas”.

3.- “Yo tengo unas tijeras escalpelo que se van por ahí de vez en cuando. Seguro que van a hacer de las suyas a montárselo en plan lesbiano con otras de peluquero que perdí junto con mi pelo. Las tijeras escalpelo las necesito para vivir. Me las regalaron hace mucho y sin ellas me crecen las uñas. Mis uñas de los pies son como una especie canija de mejillón. Sin estas tijeras es imposible cortar determinadas partes de las uñas de los dedos gordos de cada pie. Una vez tardó más de la cuenta en regresar de sus correrías eróticas y sufrí mucho porque me hacía sangre en los dedos. La busqué por toda la casa, rincón por rincón, pero no aparecían. Hasta que desesperado desmonté un sofá y ¡voilá! allí estaba, con cara de no haber roto un plato.

Los objetos, estoy convencido, tienen vida propia cuando se pierden. Seguro que muchas veces se cansan de nosotros y se van por ahí a descansar. Hay veces que pasa mucho tiempo entre que los perdemos de vista y los volvemos a ver; tanto que ya no los queremos y los miramos de soslayo y les decimos: ahora que te den, macho, ahí te quedas. Hasta nosotros nos cansamos de nosotros mismos, hartos de pensar las mismas cosas, de decirlas de la misma forma. Ahora me estoy acordando de un rotulador naranja con punta de cerámica que se fue hace mucho tiempo y con el que escribí una poesía de amor: ¡hace ya tanto tiempo!”

miércoles, 10 de febrero de 2010

Romain Gary


Este escritor de lengua francesa consiguió lo que ninguno: ganó dos veces el premio Goncourt. Una vez con su nombre y otra con un seudónimo. En 1956 y en 1975 respectivamente. Algunos no consiguen publicar nada en ningún sitio. Menos, ganar un premio.
En algún momento la crítica le volvió la espalda así que se puso un seudónimo obteniendo de nuevo el Goncourt. Y fue ensalzado por los mismos que lo despellejaban. Pero vaya si se vengó.
Nació en Vilna, Lituania en 1914. Combatió en las Fuerzas Aéreas francesas como piloto. De esta experiencia, resultó su primera novela “Educación Europea” 1945, sobre el despertar de la adolescencia a la juventud enrolado en la resistencia polaca después de la ocupación alemana.
Después de la Guerra ocupó varios cargos en el cuerpo diplomático francés, en el que sirvió durante veinte años. Se casó con la actriz Lesley Blanch y años más tarde con la actriz americana Jean Seberg.
El 2 de diciembre de 1980, deprimido por el suicidio de ésta y cansado de todo se pegó un tiro en la cabeza en su apartamento de París.

viernes, 5 de febrero de 2010

05/02/2010

Con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de que mi estado de ánimo depende en gran parte de la clase de libro que esté leyendo. No quiere decir que si leo un libro cómico yo esté contento y si leo un libro trágico yo esté malhumorado o triste, no. He leído libros tremendos que me han causado una inmensa alegría como por ejemplo los libros de Primo Levi en donde se narran hechos espantosos. Pero doy a la vez gracias a la providencia que pudo salvar a un hombre como él para que pudiera dejarnos un testimonio tan poco rencoroso con el ser humano a pesar de lo que le tocó vivir.

Acabo de terminar hace pocos días un libro bueno, sin duda, pero que me ha hecho estar algo decaído. Son relatos, pequeñas novelitas de retazos de vidas ordinarias, vulgares, infelices en muchos casos, pero muy bien narradas. “¿Quieres hacer el favor de callarte por favor?” de Raimond Carver. Son historias de hombres y mujeres cuyas vidas parecen haber sido sembradas en tierras baldías. Figuras solitarias en ambientes urbanos y poco amables. Culpas, remordimientos, penurias, ruinas, mentiras. Como decía Albert Camus, los seres humanos nacen, luego mueren y no son felices.

En cambio acabo de comenzar a leer un libro prodigioso que me hace estar todo el día contento. Un libro lleno de encanto e ironía, de inteligencia y en el que permanentemente le hace tener a uno una sonrisa colgada en los labios. Su autor ¡qué lástima! dejó el libro a medio acabar porque se murió, pero da lo mismo: “Bouvard y Pécuchet” de Gustave Flaubert. Dos tipos vulgares, copistas en diferentes oficinas, se encuentran por casualidad y traban una estrecha amistad. A uno de ellos le cae una sustanciosa herencia y deciden irse al campo a “beber” de todas las fuentes de la ciencia y la cultura. Todo el libro es una sucesión de despropósitos en cuanto a la asimilación de la historia, la agricultura, la filosofía, la medicina, la higiene, la astronomía, el amor..., pero la falta de base y lo basto de lo que esperan alcanzar les hacen caer una y otra vez en la frustración. El estilo de Flaubert es como siempre, certero, ajustado en los adjetivos, ocurrente en las anécdotas, sutilmente humorístico.

Ayer vi y oí a varias contertulias hablar de la crisis, de lo mal que lo está haciendo el gobierno, de mociones de censura, de elecciones anticipadas. Las tías estaban cachondas, se relamían, se les notaba emoción contenida en la voz; por todo aquello del que, cuanto peor, mejor.