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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Heinrich Von Kleist



Nacido en 1777. También este escritor y dramaturgo alemán se suicidó junto a su amante.
Escribió sobre los anhelos insatisfechos de los hombres y de las frustraciones que ello conlleva. Él mismo fue un ser desdichado, inseguro de su talento. Incapaz de relacionarse con aquellos que hubieran podido servirle para dar a conocer su obra.
Sirvió en el ejército prusiano durante siete años y después estudió derecho y filosofía. Estaba muy influenciado por el espíritu romántico de su época.
Por una o por otras razones, los proyectos en los que se embarcó, revistas y periódicos, fueron prohibidos y terminaron en fracaso.
Sin trabajo, editor ni productor, y deprimido por la ocupación francesa, Kleist se suicidó en compañía de su amante en 1811 cerca de Berlín. "Mi vida, la más atrozmente llena de toda clase de tormentos que haya vivido un hombre, va a quedar compensada por la más dulce de las muertes" escribe poco antes de morir de un disparo.
Aunque fue corta su carrera, se convirtió con el tiempo en uno de los mejores dramaturgos de las letras alemanas.

sábado, 21 de noviembre de 2009

21/11/09

20/11/09

Leer memorias, diarios y biografías hace que también uno recuerde episodios vividos. No siempre al lector le gustan las anécdotas que se cuentan, es más, ante diferentes estragos y torturas que va leyendo uno piensa “se lo tiene bien merecido el mentecato, o el remilgado, o el tontainas”.

Sin embargo a veces uno descubre una voz, una forma de contar con la que se siente identificado y no deja de pensar: “sí, yo también siento todas esas cosas que siente él, o ella”. Es lo que me ha ocurrido con un descubrimiento. Había leído cosas de él en foros, en artículos o en entrevistas pero ningún libro. El otro día vi su nombre en la zona de Siruela y compré 2. Cees Nooteboom: Rituales, una novela, y La Lluvia Roja, recuerdos de sus temporadas en Menorca y otros relatos. Este escritor holandés parece por lo que leo un tipo encantador. Tiene una forma pausada de ver el mundo. Se fija en un gato o en una rata o en un burro. Se pone en la piel de una tortuga, si eso es posible, y nos cuenta por ejemplo –divertidísimo- cómo se aparean delante de sus atónitos ojos. Nos habla de sus vecinos, de nosotros los españoles, ruidosos como siempre. Y todo lo hace con gracia. A pesar de que dice que nos ama, también dice que no solemos tratar bien a los animales. Cuenta cómo un vecino suyo –vecinos de esos que viven apartados y separados por cercados centenarios de piedra- ataba cada día a un perro y lo soltaba solo cuando llegaba al atardecer. Cees algunas veces lo acariciaba y sentía el infinito agradecimiento del perro.

Esto me ha hecho acordarme de un episodio de otras memorias que he leído recientemente. No me han gustado mucho y para no perjudicarle –tantos miles de lectores tendrá este blog- no digo su nombre. Cuenta que, cuando era niño, vieron a una perra callejera apareándose con un chucho y que decidieron que la perra en cuestión era una puta. La llevaron a un sótano y la martirizaron. Le clavaron pinchos en la vagina y el ano mientras la perra se dejaba hacer aterrorizada. Pero al día siguiente la perra fue a buscarlo a su casa con sumisión y ojos bondadosos.

Nunca he sido capaz, ni siquiera de niño, de hacer daño a los animales, quizá por debilidad. Una vez una vecina tuvo una gran camada –su perra se entiende- y fue regalándolos poco a poco pero hubo uno que al cabo de los días no comía. Tenía aspecto raquítico. Nos lo dieron a nosotros, tres hermanos, para darle una muerte rápida e indolora. Yo lo intenté pero no pude. Cualquier solución final me parecía monstruosa: muerte por inmersión en el lavabo, aplastarlo con una piedra, apuñalarlo, abandonarlo. Al final fue mi hermano el que se lo llevó a la calle. Siempre fue más fuerte de ánimo. Lo introdujo en una bolsa y lo estampó contra la pared. Nos contó que no sufrió.

Pero la crueldad infantil no conoce límites. Mi padre siempre nos cuenta una anécdota terrible. En una ocasión un amigo se subió a un árbol y descubrió el nido de unos vencejos. Estaba lleno de polluelos que desesperados de hambre abrían la boca. El niño bajó el nido para que sus compañeros pudieran verlos. Mi padre, según dice, pidió que los dejaran en su sitio porque no tardarían sus padres en regresar con algún alimento. Pero el líder dijo que no –tenía otros planes-. Sacó de su bolsillo un alambre y fue dándole una vuelta a la cabecita de cada uno de los cinco o seis polluelos. Cuando estaban todos unidos y quietos, expectantes, el niño tiró con fuerza de ambos extremos y las cabecitas salieron disparadas desde sus cuerpos plomizos y desnudos.

A través de los años me he dado cuenta de que pueden existir otros tipos de recuerdos: los recuerdos trasplantados.



martes, 17 de noviembre de 2009

EMILIO SALGARI


Varias generaciones han crecido pegados a la pantalla cuando echaban por TV la serie de Sandokán. Más se han dejado las pestañas leyendo sus emocionantes y exóticas aventuras.
De la vida de Emilio Salgari se saben pocas cosas para haber sido un autor de tanto éxito. Al igual que London, me recuerda a literatura juvenil -de altísima calidad- pero sin duda, ha ejercido una gran influencia en infinidad de escritores.

Nació en Verona en 1862, estudió para marino para vivir aventuras y estuvo viajando por diversos países, lo que le valió para inspirarse en sus más de quinientas narraciones. Los Tigres de Mompracem, El Rey del Mar, La Venganza de Sandokán... están entre las más famosas. Aunque los últimos tres años de su vida apenas escribe una angustiosa frase cada año. Después de haber convertido a tres editoriales en millonarias, se encuentra en la más absoluta ruina.
No sé si tendrá algo que ver, pero ponía a parir a los países coloniales, a los que acusaba de ser unos buitres carroñeros.
Con treinta años se casa con la actriz Ida Peruzzi y tienen cuatro hijos. Con lo que recibe de los editores apenas tiene para sustentar a su familia y en 1910 intenta suicidarse por primera vez. Y no transcurre mucho tiempo hasta que la mañana del 25 de abril de 1911, mientras paseaba por la ribera del río, desesperado por su situación, casi ciego, con su mujer ingresada en un manicomio, se detiene, extrae de su bolsillo una navaja de afeitar y se hace un verdadero estropicio: se raja el vientre y luego la garganta. Se desangra y tienen que identificarlo por la cartas amargas que lleva en el bolsillo. Tenía 48 años.
Qué injusta es la vida con algunas almas notables...


viernes, 13 de noviembre de 2009

DIALOGO CON LA MUERTE. ARTHUR KOESTLER

En una feria del libro de ocasión encontré hace poco “Diálogos con la Muerte - El Testamento Español” de Arthur Koestler. Una bella edición de la editorial Amaranto del 2004. En el libro cuenta su experiencia en las prisiones de Franco después de ser detenido en el 37, acusado de espía y de ayuda a la insurgencia militar. El libro no destaca precisamente por su estilo ni por su enjundia pero tiene algunas observaciones interesantes acerca del tiempo, de la condición humana cuando es privada de libertad, de la condena a muerte y del suicidio. También habla, lógicamente del hambre, de las palizas, de los fusilamientos, de los libros que le dejaron para leer, de la amistad y del odio y de la humillación que supone ser observado por los que tienen las llaves de tu celda y de tu vida.

Estos son los párrafos que más me han llamado la atención:

“ Nada puede conmover a quien ha decidido acabar con su vida”.

En su desesperación decidió colgarse con unos cordones desde los barrotes de su celda o cortarse las venas con un cristal incrustado en el cemento de su ventanuco.

Sobre Sócrates.

“No creo que desde que el mundo es mundo haya muerto nadie conscientemente. Cuando Sócrates, rodeado por sus pupilos, tendió el brazo para coger la copa de cicuta, debió de haber estado medio convencido de que se trataba sólo de un gesto. Debió de haberse sentido como un falso actor, y tuvo que haberle sorprendido la seriedad con la que sus discípulos se lo tomaban. Está claro que sabía en principio que apurar la copa sería fatal, pero seguramente tenía la sensación de que todo era muy distinto a la manera en la que se lo imaginaban sus pupilos, fervorosos y sin sentido del humor; de que detrás de todo había un hábil juego que sólo él conocía.

Naturalmente, todo el mundo sabe que algún día morirá. Pero saberlo es una cosa y creer en ello, otra”.

Sobre Gérard de Nerval

Dice este G.N.: “Cuando recobras lo que la gente llama la razón, apenas te parece que valga la pena perderla”.

“A los treinta y cinco años de edad se ahorcó. Me gustaría saber si se ahorcó porque, en el momento en el que anudó la cuerda, se volvió loco, o bien porque recobró la lucidez.

El Mundo exterior me parece cada vez más irreal.

Algunas veces llego a pensar que yo era feliz antes. Te creas ilusiones no solamente del futuro, sino también del pasado”.




jueves, 12 de noviembre de 2009

RENE CREVEL




Imaginaos un muchacho de 14 años que es conducido por su madre a contemplar el cadáver de su padre, que cuelga de una soga. Y que luego, para desahogarse, le grita y le insulta...
Su padre era militar y de carácter extraño y su madre beata y de educación rígida. De sus hermanos, uno se suicida también, y otro muere de neumonía. No es de extrañar que todas las energías de un muchacho así estuvieran encaminadas a alejarse de aquella casa lo más rápido y lejos posible.
Crevel nació en 1900, el año en que murió Oscar Wilde, en París.
Estudió derecho en la Soborna y frecuentó a intelectuales de la talla de André Gide y Klaus Mann. Éste llegó a decir de él que era la personalidad más fascinante que había conocido. También era bien parecido. Homosexual.
Luego, se introdujo en el movimiento surrealista de la época aunque posteriormente abominó de él y criticó la escritura “automática”. Conoció a Breton y Tzara.
Estuvo muchos años enfermo de tuberculosis. Él bien pudo ser el protagonista de La Montaña Mágica, pues estuvo durante largos meses internado en sanatorios.
En junio de 1935, enfermo de una grave enfermedad renal, se suicidó abriendo la espita del gas. Tenía 35 años.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El retiro del artista


08/11/09

Vuelvo a leer El árbol de la Ciencia después de veinte años. Justo veinte años. Lo sé porque dejé entonces un billete de metro con su fecha de números gastados. De entre todos los del 98, de Pío Baroja es de quien más cerca me siento. Pronto se dio cuenta del fastidio que supone, casi siempre, tratar a los demás cuando no tienes más remedio. Una inteligencia sensible como la suya le hacía sufrir ante las injusticias y las imbecilidades de la gente. Muchas veces añoraba refugiarse, apartarse a un lugar donde no tuviera que exponerse ni dar cuenta a los demás. Es curiosa la cantidad de artistas que quisieron esconderse en un aislamiento permanente. Kafka escribía a su amante que añoraba poder apartarse de todos, de su trabajo insulso y de la estupidez humana.

Montaigne, retirado en su Château de Montaigne, harto de bregar para apaciguar a católicos y protestantes y demás tonterías. Giuseppe Tomasi di Lampedusa, retirado en su palacio principesco de donde no salía nada más que para desayunar cafés con bollos leyendo el diario.

Castilla del Pino, el prestigioso psiquiatra y escritor, contó en su Casa del Olivo, que siendo joven imaginó un habitáculo subterráneo donde esconderse rodeado de sus libros, accesible sólo mediante una escala que sólo él pudiera retirar.

O Huysmans que hace decir a su querido personaje Des Esseintes que “ya por entonces empezó a soñar en una refinada Tebaida, una confortable ermita en el desierto, un arca resguardada en tierra firme, en donde pudiera refugiarse del incesante diluvio de la estupidez humana”.

Gilles de Rais, el artista del crimen sádico, que se retiró en su castillo cuando vio que el destino le privaba de su gran amor platónico, Juana de Arco, vengándose así de Dios.

El poeta Friedrich Hölderlin quien enfermo mental se pasó sus últimos treinta y seis años retirado en la casa de un ebanista amigo.

San Juan de Patmos que por “orden divina” se encerró durante años en una habitacición-cueva del Monasterio que lleva su nombre y escribió esa pesadilla que es el Apocalipsis. ¿Cómo se puede escribir una cosa tan infernal desde una cueva donde se divisa un paisaje tan amable? –yo estuve allí y era claustrofóbico-.

Hay un artista que decidió dar la espalda a sus admiradores en la cima de su éxito como pianista: Glenn Gould. Cuando reventaba los teatros de todo el mundo se apartó en su casa concediendo tan solo su tiempo a los ingenieros de sonido para grabar toneladas de buenas interpretaciones de Bach. Nunca me canso ni me cansaré de escuchar su música. La música de Bach tiene mucho de matemática pero Glenn Gould supo insuflarle su espíritu excéntrico y sensible, ayudado por una técnica insuperable.


lunes, 2 de noviembre de 2009

Paul Celan


Celan es otro superviviente, entre comillas, de los campos de exterminio. Era un poeta francés de origen rumano y de lengua alemana. Un poeta judío alemán.
Pudo sortear junto con su familia las detenciones de las SS y la Gestapo hasta 1942. Celan se consiguió esconder en una fábrica de cosméticos pensando que sus padres pudieran reunirse con él, pero cuando fue a buscarlos su casa estaba precintada y sus padres deportados y al poco muertos. Posteriormente fue detenido y confinado en un campo de trabajos forzados hasta el 44.
Nunca pudo sobreponerse al sentimiento de culpa que le produjo el no haber podido salvar a sus padres.
Jose María Pérez Gay, sociólogo y escritor mejicano, le dedica unas palabras claras y certeras sobre este desasosiego: “Nadie puede reprocharse el deseo de olvidar el horror y la muerte. La vida solo es posible si hay olvido. Tal vez haya algo más piadoso para los muertos que el recuerdo: el olvido. El perdón no es sino una ratificación moral del olvido. Paul Celan no pudo olvidar ni perdonarse.”
Al final de su vida se convirtió en un ser solitario, hundido, comido por el remordimiento. Una noche de abril de 1970 Paul Celan se lanzó al río Sena desde el puente de Mirabeu. Un pescador encontró su cadáver. Tenía cincuenta años.