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miércoles, 27 de mayo de 2009

VIRGINIA WOLF


Debo confesar, con algo de reparo, que no he leído nada de Virginia Woolf a pesar de tener comprados cuatro o cinco libros de ella (Orlando, Las Olas, Al Faro y algún otro más) A veces, cuando termino la lectura de cualquier otro libro, desempolvo alguno de éstos, lo hojeo y lo vuelvo a dejar: ya lo comenzaré más adelante; pienso. Me parecen, a bote pronto, bastante introspectivos. Demasiado problemáticos; farragosos. Siempre me atrae empezar otros más que ésos. Seguramente estaré equivocado y me daré cuenta cuando algún día acometa la lectura de la que se considera una de las mejores escritoras británicas de todos los tiempos. No obstante, creo tener una pequeña idea de quién es esta autora después de ver hace unos años la película Las Horas. Con una sorprendente Nikole Kidman como protagonista, caracterizada como Woolf. En pocas ocasiones se ven casos de actrices adorables, tener que ser maquilladas para no parecer tan atractivas. El padre de Virginia Woolf era escritor de biografías y filósofo y tal vez por esto y por desconfiar del sistema educativo imperante, Woolf nunca fue a la escuela. Al morir su padre, ella y sus hermanos se trasladaron a vivir a Bloomsbury, un barrio de Londres y allí se creó lo que se denominaría el Grupo de Bloomsbury. Estuve en Mayo hospedado en este barrio y efectivamente se huele un ambiente literario refinado y tranquilo con sus parques cuidados y el ladrillo inconfundible de sus casas, los mercaditos de comida casera y sus gentes variopintas.
Con su marido crea una editorial. Sus libros, según he leído de aquí y de allá son recreaciones más o menos poéticas de su yo interior, con una clara tendencia hacia la tristeza y la melancolía. En uno de esos descensos sin freno hacia la depresión, salió de su casa de campo y se acercó a la orilla del río. Se llenó los bolsillos de piedras y se introdujo poco a poco en el agua hasta morir ahogada. Al menos así es como se ve en la película. Tenía 59 años.

martes, 19 de mayo de 2009

Capote, Mishima.



Al final de los estupendos relatos reunidos en forma de libro que es Música para Camaleones, a Capote le preguntan si pensaba mucho en el suicidio: “Desde luego. Como todo el mundo, menos el tonto del pueblo, posiblemente”.
Capote conocía bien a Mishima y en una biografía de éste se cita: “Ah, sí. Pienso mucho en el suicidio. Y conozco muchas personas que seguramente se suicidarán. Truman Capote, por ejemplo”.

Truman Capote era un autor brillante, refinado, dominador de las escenas sociales y gran conversador. De mente rápida. Me ha hecho mucha gracia una anécdota que cuenta en el relato “Vueltas nocturnas. O experiencias sexuales de dos gemelos siameses”; es sobre las ventajas e inconvenientes de ser célebre: Estaba en un bar atestado de gente y cerca de su mesa había un matrimonio de mediana edad, ella me dio bebida y él borracho. En un momento dado la mujer se acerca a su mesa y le pide un autógrafo. El marido, molesto, se levanta y dando tumbos se acerca a la mesa, se baja la bragueta y dice: “ya que está firmando ¿por qué no me firma aquí?”. Véase cómo trabaja un cerebro rápido. Respuesta de Capote: “No sé si cabrá mi firma, pero quizá pueda ponerle mis iniciales”.

Aparte de todo eso era también un gran bebedor y drogadicto. “Soy drogadicto. Soy homosexual. Claro que podría ser todas esas cosas dudosas y, no obstante, ser un santo”. Pero aún no soy un santo; no, señor”.
Murió de sobredosis antes de cumplir 60 años.

miércoles, 13 de mayo de 2009

CESAR PAVESE


En el dietario que es El Oficio de vivir, se menciona a menudo el asunto este del suicidio. Sentía que este mundo no era el suyo.
También se aprecia una añoranza obsesiva por sus años de infancia en el Piamonte donde vuelve una y otra vez en sus escritos.
Parece ser que no tenía ningún éxito con las mujeres y tuvo desencuentros sonados. Se cuenta que estuvo una tarde-noche esperando a una cita que nunca se presentó. Cogió una pulmonía y tres meses la cama. Estuvo a punto de suicidarse, pero falló el tiro. Tampoco tenía el pobre puntería.
Prosiguió sus estudios en filología inglesa y se hizo traductor de Faulkner, Dos Pasos, Melville, Joyce, etc. Tuvo relaciones con una mujer afiliada al partido comunista, y en un registro domiciliario le encontraron documentos que le delataban como tal. Fue encarcelado y exiliado. Vuelve del exilio y comienza a tener éxito con alguno de sus libros.
Conoce a una actriz americana de la que se enamora y cuando están a punto de formalizar la relación, esta viaja a EEUU y se casa con otro.
Me lo puedo imaginar en una tarde, su última tarde, desapacible, en el Hotel Roma, tremendamente solo. Con falta de cariño, llamando a una mujer por teléfono, a una amiga, a otra, y todas dándole largas, unas por unos motivos y otras por otro. La última, según dijo la recepcionista, le soltó que no pensaba ir a verle por ser un cara larga y un aburrido.
Por la noche lo encuentran tumbado en su cama. Pavese se suicida con sobres de somníferos. Lo encontraron echado en la cama, sólo se había quitado los zapatos.
La verdad es que debía estar profundamente abatido. Su última anotación fue: “Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”
Sentía que este mundo no era el suyo... Tenía cuarenta y dos años. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos...

martes, 5 de mayo de 2009

Arthur Koestler


Conocí la existencia de Arthur Koestler a raíz de leer Espartaco. Un libro que es más que una novela histórica al uso. Es también un tratado sobre las revoluciones y sobre el poder. También habla sobre un tema eterno: qué es más preferible, dejarte llevar por la corriente de fuerzas poderosas, a sabiendas de que es injusto o ir en contra y perderlo todo. Espartaco se subleva contra las legiones romanas contando con sesenta esclavos y gladiadores. Y les hizo la vida imposible durante dos años; hasta que fue aplastado y hasta que sembraron calzadas de crucificados. Koestler pensó en este hombre mientras esperaba la muerte en una prisión de Málaga. Le quisieron conmutar la ejecución a cambio de una carta donde reconociera la excelencia de Franco; y se negó. Se cree que fue puesto en libertad en un trueque de rehenes. De todas estas experiencias de la Guerra de España escribió (Testamento Español) y libros sobre la experiencia de un condenado a muerte. Se hizo escritor de lengua inglesa al igual que le sucediera a Conrad.
Koestler nació en Budapest, en 1905. Su padre era húngaro y su madre vienesa. Se educó en Viena y, después de terminar sus estudios llevó, por espacio de dos años, una existencia de aventuras en el Medio Oriente que recorrió prácticamente a pie. Fue corresponsal de algunos periódicos a principios de los años treinta.
Militante del Partido Comunista viajó, a finales de 1930 a la Unión Soviética y realizó una gira por el Asia central y el Artico. Cuando estalla la Guerra Civil española, es enviado como corresponsal de un periódico londinense. Hizo una entrevista al General Queipo del Llano que le valió una reprimenda diplomática y una prohibición a que entraran más corresponsales de izquierda a las zonas controladas por los nacionales.
De militante comunista se pasó a ser de los más críticos del régimen soviético. De estas dos concepciones opuestas de entender el mundo salió su obra más emblemática a decir de muchos: "El Cero y el Infinito", largo tiempo buscada por mí sin éxito, aunque la encontrara a la primera en la feria de Recoletos del año pasado.
En la II Guerra Mundial, Koestler es detenido en el estadio de Roland Garros transformado en campo de prisioneros extranjeros. Es liberado po mediación del estado Inglés e ingresa en la Legión Extranjera Francesa bajo el nombre de Albert Dubert. Es enviado a Africa y escribe libros sobre su experiencia en campos de detención.
Defensor de la eutanasia, y enfermo de leucemia, se suicida junto con su mujer en 1983.

sábado, 2 de mayo de 2009

EL FACTOR HUMANO. JOHN CARLIN.



Acabo de leer un libro maravilloso, emocionante, optimista, en el que, al menos a ratos, he vuelto a confiar en el corazón bondadoso del ser humano. Lo he leído en dos tardes. Bueno, en dos tardes y una noche porque de madrugada, obsesionado y acelerado con las imágenes del estadio de rugby abarrotado, he seguido leyendo hasta el final, exultante como hacía tiempo que no me sentía leyendo un libro.
No soy amante especial del rugby y éste no es un libro sobre el rugby. Es un libro sobre la milagrosa transición política y social de un país, Sudáfrica, a manos de un hombre cuya voluntad y fuerza no pudieron doblegar ni siquiera veintisiete años de reclusión: El preso 46664, Nelson Mandela.
Ya elegido presidente supo que no sólo debía cambiar el resentimiento de los que habían sido segregados durante generaciones sino también la de los blancos, víctimas también de su deformada manera de estar en el mundo. Mendela supo ver que debía inyectar en su sociedad toda la pasión y todo el Factor humano necesario para salvar tantos obstáculos y supo ver que si era capaz de que todo el país sintiera como propio los colores de la selección nacional sudafricana de rugby, tendría mucho ganado. Y lo consiguió.
Es emocionante el pasaje, entre otros, en el que se describe la primera vez que los miembros de la selección –todos blancos menos uno-, grandes como montañas, con lágrimas, entonan el recién estrenado himno, con letra de reivindicación negra, el Nkosi Sikeleli Africa.

http://www.youtube.com/watch?v=H8iZ8jIqrQo&feature=related.

O cómo, la población negra, que hasta entonces había apoyado a las selecciones extranjeras, fue capaz de sentirla como propia.
La final del campeonato del mundo se jugó entre Sudáfrica y Nueva Zelanda, considerada como la más potente que había existido. Y sólo hasta el final no se supo quién podía ganar. Un guión propio de película en el que todos lloraron y se abrazaron, blancos y negros, amigos y enemigos.
La película ya se está rodando. Por cierto ¿Quién podría interpretar mejor el papel en la gran pantalla? Exacto, Morgan Freeman. ¿Y el director? Clint Eastwood. Hasta su estreno, esperaremos.