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sábado, 28 de febrero de 2009

JEAN AMERY


"Quien ha sufrido la tortura, ya no puede sentir el mundo como su hogar. La ignominia de la destrucción no se puede cancelar". Esto dice Améry en Más allá de la culpa y la expiación.Una vez liberado de Auschwitz consagró lo que le quedaba de vida a intentar explicar lo inexplicable. Varios son los autores que señalan la precariedad de comunicación de los que regresan del horror; ya sea de las guerras o de los campos de exterminio. Jean Amery se siente culpable de ser un superviviente. Tanto que se metamorfosea en otro ser con otro nombre: de Hans Mayer a Jean Améry.Jean Amery no adorna en absoluto sus ensayos y sus textos autobiográficos. Son libros ásperos y que muestran al desnudo la condición humana en unos tiempos tan negros para la humanidad. Habla de la vejez sin concesiones a cualquier ventaja o prestigio. Habla del olvido de la sociedad hacia el dolor.
Al final de su vida escribe un ensayo sobre el suicidio: Levantar la mano sobre uno mismo. En la primavera de 1978 se toma un frasco de barbitúricos y muere en Salzburgo. Cómo se puede uno matar en primavera en la ciudad de Mozart.

Un peso molesto en la parte baja del vientre. Me estoy meando y me encuentro en la sala gigante de una estación de tren plagada de viajeros que van y vienen. Recorro pasillos buscando algún letrero que me anticipe el alivio pero todos son direcciones a ninguna parte que me interese. Entro en un comercio minúsculo y la dependienta, mayor, me mira con la esperanza de haber encontrado por fin un cliente. A pesar de todo me orienta con amabilidad: “al fondo del todo los encontrará usted”.
Ya no puedo más. Voy lo más rápido posible sin que parezca que huyo de algo o de alguien. Entro y una vaharada de olor caliente y húmedo me corta la respiración. Procuro no tocar a nada ni a nadie pero algo me dice que no podré levitar por el piso pegajoso. Hay un montón de tipos esperando en cada urinario y las cabinas de los cagaderos están con las puertas cerradas. Decido esperar y me concentro para poder soportarlo. Me agacho para ver si hay alguna vacía. Miro algunas caras y me asusto por dentro. Más si pienso que puedo asustar a alguien que también espera. Sobran pares de pies por debajo de alguna puerta. Por fin se abre una y orino. Observo que en el suelo, al lado de la taza, hay unos calzoncillos mezclados con meados y con restos de papeles sucios. Miro al frente, a la pared y hay, escrita muy clarita, una nota: “todo” y un número de móvil. Salgo asqueado y evito las miradas de los otros, como si sólo yo tuviera motivos para avergonzarme de ser un hombre, un ser humano.
Salgo hacia el Retiro y me espera justo donde hemos quedado: apoyada en la figura entrañable de Don Pío. Caminamos por las veredas perfumadas y en sombra mientras nos dirigimos al fabuloso tumulto de la feria.

Manuel Acuña era un poeta mejicano estudiante de medicina. Vivió allá por la mitad del siglo XIX. En 1871 se publica El Pasado, título que sonará a más de uno y obtiene un notable éxito.
Estuvo enamorado de una tal Rosario de la Peña, y algo debía tener la buena mujer pues tenía enamorados a varios poetas y escritores. Se juntaban todos en tertulias interminables hablando de poesía, filosofía, bibliografía, etc.
En 1873 consumido por ese amor no correspondido con Rosario, toma potasio de cianuro y se quita la vida. Hay una pequeña estrofa de una de sus poesías que anticipa su triste final; dicen que de sus ojos brotaban lágrimas: (como deben de llorar en la última hora los inmóviles párpados de un muerto).
En su ciudad natal le erigieron una escultura; eso, y algunos libros es lo que dejó para la posteridad a sus veinticuatro años.

entradas de un diario


Pido el día libre. Tengo lo que se dice, un bajón. Necesito pasar el día solo, haciendo mis cosas. Voy a la compra y salgo del centro comercial cargado de bolsas. Es una mañana espléndida de una primavera adelantada. Logro alcanzar las llaves del bolsillo con la punta de los dedos pero se me caen y suelto una maldición mirando al cielo pues tengo que soltar la compra en la acera. Veo una bandada de lo que deben ser patos o flamencos emigrando hacia su destino pero me llama la atención el que no vuelen en línea recta. Están formando círculos en un radio de unos quinientos metros. ¿Se habrán despistado como esos cetáceos que quedan varados en playas desconocidas? ¿Se sentirán amenazados por algo y no se deciden a continuar hacia su destino? Dan nueve, diez vueltas. La gente pasa a mi lado: me miran y miran adonde miro, luego se van. A mí me parece un espectáculo curioso y me quedo a ver en qué acaba la cosa. Del horizonte veo aparecer otra formación de aves. Las que están cerca de mi vertical se disponen en forma de cuña y emprenden el rumbo de las otras. Las veo alejarse a todas juntas, ahora sí, con determinación.

Declaración de intenciones.


Este fue el primer post que escribí sobre este tema en algunos foros. Mi intención es reunir todos aquellos desperdigados por aquí y por allá, así como intentar llevar una especie de diario.

No sabría nada de Gabriel Ferrater si no hubiera leído una entrevista al escritor Justo Navarro con motivo de la publicación de su libro F. hace algunos años. El libro no me proporcionó lo que esperaba, pero descubrí una biografía interesante.
Ferrater era un poeta catalán, traductor, crítico y comentarista literario. Amante y exitoso con las mujeres. Excelente conversador y bebedor; al final de su vida quizá demasiado. Amigo entre otros, de Gil de Biedma, de los hermanos Goytisolo y de Carlos Barral. Fue en su juventud irregular con sus estudios y a pesar de codearse con la intelectualidad excéntrica de su época, sentía cierta envidia hacia ese círculo, pues no dejaba de ser algo provinciano y sin recursos económicos.
¿Y por qué os hablo de este poeta medio desconocido? Bueno, si teníais alguna duda sobre mi pensamiento inquietante, aquí se resolverá definitivamente.
Me llamó la atención un hecho clave en su biografía: su muerte. El poeta nació en 1922 y se suicidó en 1972. ¿Y?, os preguntaréis. Bueno, lo sorprendente de su suicidio es que en 1957, les confesó a sus amigos más íntimos que no llegaría a cumplir los cincuenta años. Dijo que no quería nunca llegar a oler como un anciano. No quería crecer, envejecer, como una suerte de Peter Pan ya maduro. Ese acto, premeditado y esperado, conformó a su biografía de un término redondo; como una obra enteramente de ficción. Planificó su final como una novela.
Os preguntaréis que vaya tema, pero de siempre me ha resultado interesante el vínculo entre escritura y suicidio. ¿Quién no ha pensado alguna vez en el suicidio? Herodoto, el padre de la historia, ya decía que no hay hombre en el mundo que no haya deseado más de una vez no despertar al día siguiente. Y añadía que lo mejor de la existencia es su brevedad, tan lamentada con frecuencia. En fin, eran otros tiempos. Creo recordar que hacia el 96 o 97, se hizo un simposio sobre la cuestión en Madrid y hablaron muchos entendidos entre psicólogos, médicos, escritores... Me llama muchísimo la atención que artistas que han dedicado su vida a crear vida –aun siendo de ficción- sean capaces de acabar con la suya. Os sorprendería saber la cantidad de ellos que existen.
Me gusta pensar en el suicidio. No como un acto real en el que pudiera incurrir algún día, (a pesar de todo, amo la vida) sino como un acto humano de elección trascendental; sublime. Es como tener una puerta disponible para salir. Ya lo dijo una vez Albert Camus: que el problema filosófico más importante era si la vida merece la pena o no vivirla, y escribió el Mito de Sísifo para explicarse.
Sabemos que en las reglas de la vida está implícita la pérdida, la renuncia. En algún momento de la vida las cosas empiezan a ir realmente mal. Sabemos que se van a ir allegados queridos sin los que no concebimos igual el mundo. Que pueden producirse desgracias irreparables, y aun así firmamos vivir hasta el final. Pero hay algunos que agarran el rábano por las hojas y cometen un acto que es el final; la última acción y voluntad en el mundo.
Un libro apasionante sobre el tema es el de Al Alvarez: El Dios Salvaje. Hace un repaso histórico sobre el suicidio. Profundiza sobre escritores como Silvia Plath, Sexton, Pavese... y comenta otros estudios sobre ensayistas del tema como Durkheim, Jhon Donne....
El libro contiene elementos fabulosos como el caso del escritor Robert Burton que se suicidó en una fecha determinada para cumplir con una predicción suya astronómica. O la de un distinguido profesor francés que después de realizar un tratado sobre lo mierdosa que era la vida, donó sus bienes y acabó con la suya. O William Cowper que decía que el suicidio ofrece la ventaja obvia de huir de las agotadoras responsabilidades cotidianas.

Aquí escribimos, y alguien nos contesta o no; y seguimos con nuestros quehaceres y nuestra vida y nuestra rutina. Pero imaginémonos un escritor que consagra su vida a escribir y no encuentra un triste eco a sus letras. Escritores que apuestan su vida a crear y viven en perpetua impotencia. Y vive en la pobreza y amargura más extrema. Thomas Chatterton se envenenó por no poder ganarse la vida escribiendo. O Maiakovski, héroe de la Revolución Rusa, quien dejó una nota (no se lo recomiendo a nadie). O Tadeusz Borowski, quien se gaseó en su casa después de librarse en Auschwitz del Zyklon B. O. Al igual que Primo Levi, que se lanzó por el hueco de una escalera incapaz de olvidar el sufrimiento y la incomprensión humana después de su paso por los campos de concentración y de vagar en un tren por toda Europa después de ser liberado.
El caso de Horacio Quiroga es de los más dramáticos, si cabe: se suicidó su padre, su padrasto, su esposa, su hijo, su hija, y sus grandes amigos Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni.